2.La Formación del criterio de eficiencia estática: un análisis crítico

Antecedentes históricos

El término “eficiencia” procede etimológicamente del latín efficiens que, a su vez viene del verbo latino ex facio que significa “sacar algo de”(2) . Esta idea de la eficiencia como la capacidad de “sacar algo de” aplicada al ámbito económico es anterior al mundo romano y puede remontarse incluso hasta la Grecia clásica en donde se utiliza por primera vez el término “economía” (??????µ?a) para referirse a la administración eficiente de la hacienda o casa familiar. Así, en el Económico, Jenofonte 380 años antes de Jesucristo pone en boca de Sócrates que la economía es “un saber” que “permite a los hombres acrecentar su hacienda”; considerando que la hacienda es “lo mismo que la totalidad de las propiedades”, y definiendo la propiedad como “lo provechoso para la vida de cada cual”(3) . Ahora bien, el propio Jenofonte, tras esta definición tan moderna y subjetivista de la economía, se preocupa en los diálogos subsiguientes de explicar cómo existen dos formas distintas de acrecentar la hacienda, equiparables en última instancia a dos dimensiones diferentes del concepto de eficiencia.

Por un lado, la dimensión que podríamos calificar de “eficiencia estática” y que sería aquella que consiste en la buena gestión de los recursos disponibles (o “dados”) tendente a evitar su despilfarro. Según Jenofonte, esta gestión eficiente se conseguiría, ante todo, manteniendo en buen orden las cosas de la casa (4) , así como supervisando con todo cuidado la administración de sus bienes, vigilándolos y cuidándolos de la mejor manera posible. Jenofonte concluye como resumen del conjunto de habilidades que son precisas para la gestión eficiente de los recursos “dados” con la atinada respuesta atribuida al gran rey bárbaro que “tropezó con un buen caballo, y queriendo engordarle en el más corto plazo, preguntó a uno de los que pasaban por entendidos en caballos qué engorda lo antes posible al caballo. Y se dice que éste respondió: ‘el ojo de su amo’. De igual modo, Sócrates, me parece que en cualquier cosa es el ojo del amo lo que obtiene los mejores resultados”(5) .

Pero junto a esta dimensión del concepto de eficiencia que hemos calificado de estática, Jenofonte da entrada también a una dimensión complementaria de carácter “dinámico”, que consiste en tratar de incrementar la hacienda actuando empresarialmente y comerciando con ella. Se trata, en suma, de aumentar los bienes por vía de la creatividad empresarial, es decir, del comercio y la especulación, más que evitando el despilfarro de los recursos que ya se poseen. Dos son los ejemplos de actividades concretas que Jenofonte presenta para ilustrar este quehacer basado en la creatividad empresarial. Por un lado, el comprar tierras mal cultivadas o yermas, mejorándolas y vendiéndolas después mucho más caras(6) . Otro ejemplo de eficiencia dinámica que permite incrementar la hacienda y allegar nuevos recursos que antes no se poseían es el de aquellos comerciantes que compran trigo allí donde éste es abundante y, por tanto, barato, y lo transportan y venden mucho más caro allí donde por existir sequía o una mala cosecha se ha propagado la escasez y el hambre(7) .

Esta tradición de distinguir claramente entre dos dimensiones distintas del concepto de eficiencia, la estática y la dinámica, continúa incluso hasta la Edad Media. Así, por ejemplo, para San Bernardino de Siena están justificadas las rentas de comerciantes y artesanos en base a su industria y pericula, es decir, por un lado, por la buena y diligente gestión de sus recursos (dados), es decir, comportamiento diligente típicamente orientado a evitar el despilfarro (eficiencia estática), y por otro lado en base a la asunción de los riesgos y peligros (pericula) que se derivan de toda especulación empresarial (eficiencia dinámica) (8).

 

La influencia de la Física Mecánica

Sin embargo, y a pesar de estos esperanzadores antecedentes, a partir del advenimiento de la Edad Moderna el concepto de eficiencia económica paulatinamente se estrecha y reduce, hasta llegar a referirse con carácter exclusivo a la dimensión estática, es decir, al actuar diligente tendente a evitar el despilfarro de los recursos “dados”. En esta evolución reduccionista, que empobrece notablemente el concepto de eficiencia con sus dos dimensiones distintas que ya había articulado Jenofonte, tiene una influencia determinante la forma en que el surgimiento y desarrollo de la física mecánica termina afectando a la evolución del pensamiento económico, especialmente a partir del siglo XIX.

En efecto, con el advenimiento de la modernidad, la Física sustituye a la Astronomía como “ciencia por antonomasia”, y termina construyéndose en base al concepto de “energía”, concepto abstracto del que todos los físicos hablan y discuten aunque no se pongan muy de acuerdo sobre lo que exactamente sea la energía, salvo cuando observan sus efectos en forma de fuerza o movimiento(9) . En este sentido la “ley de la conservación de la energía”, llega a adquirir un papel protagonista en el desenvolvimiento de la Física, y a nuestros efectos no debe pasar por alto su carácter esencialmente estático (“la energía ni se crea ni se destruye tan sólo se transforma…”). Posteriormente la segunda ley de la termodinámica enuncia que en todo proceso físico hay una parte de energía que se despilfarra, por ejemplo en forma de calor que se disipa, por lo que los sistemas físicos no serían reversibles. Ambas leyes protagonizan el gran desenvolvimiento de la Física a lo largo del siglo XIX y explican el porqué la mayoría de los científicos conciben los fenómenos físicos casi exclusivamente en términos de “energía”. Además, la principal aplicación práctica de la ciencia física se plasma en el desarrollo de la Ingeniería Mecánica, construida exclusivamente en base al concepto (estático) de eficiencia energética, que se define por los ingenieros como la “minimización en el despilfarro de energía”. Un ejemplo muy ilustrativo es el de la máquina de vapor, que se convierte en el bien de capital más típico en la Revolución Industrial. La máquina de vapor sirve para transformar calor en movimiento y levantamiento de pesos, siendo el objetivo de todo buen ingeniero mecánico el lograr el máximo de eficiencia (estática), entendida como el máximo de movimiento con el mínimo de consumo o despilfarro de energía.

Esta concepción reduccionista de la eficiencia (estática) termina señoreándose también del lenguaje coloquial. Así, en inglés, el Webster’s Dictionary califica de “eficiente” a toda acción “que minimiza el despilfarro”(10) . En castellano la idea de eficiencia está íntimamente relacionada con la capacidad de conseguir un efecto o rendimiento determinado, definiendo el Diccionario de la Lengua Española el término rendimiento como la “proporción entre el producto o resultado obtenido y los medios utilizados”(11) (se supone que, uno y otros dados o conocidos).

Ahora bien, quizás en este momento lo más importante sea resaltar la negativa influencia que la concepción estática de la eficiencia energética ha tenido sobre el desarrollo de la Ciencia Económica. Así, Hans Mayer(12) y Philip Mirowski han señalado cómo la economía neoclásica se desarrolla como una copia de la física mecánica del siglo XIX, con unidad de técnica formal, sustituyendo el concepto de energía por el de utilidad y aplicando los mismos principios de conservación, maximización del resultado y minimización del despilfarro(13) . El autor más conocido y característico que ilustra mejor esta influencia de la física sobre la ciencia económica es Leon Walras. En su artículo “Económica y mecánica”, publicado en 1909, argumenta que la ciencia físico-matemática y sus Elementos de economía teórica pura utilizan idénticas fórmulas matemáticas, insistiendo en el paralelismo existente entre los conceptos de fuerza y rareté (considerados como vectores por Walras) por un lado, y los de energía y utilidad (considerados por Walras como cantidades escalares) por otro lado(14) .

En suma, la influencia de la física mecánica hace que desaparezca la dimensión creadora y especulativa que desde sus orígenes tenía el concepto de eficiencia económica, quedando tan sólo la dimensión reduccionista y estática de dicho concepto centrada exclusivamente en el objetivo de minimizar el despilfarro de unos recursos económicos que se consideran conocidos y dados(15). Así, y por vía de ejemplo, puede recordarse la definición que de la voz “eficiencia asignativa” da The New Palgrave Dictionary of Economics, debida a Stanley Reiter, y que dice que es la “maximización de la satisfacción de necesidades sometida a restricciones de recursos y tecnología” dados . Que el artículo dedicado a la eficiencia económica del que sin duda alguna es el diccionario más importante de nuestra disciplina no mencione en forma alguna la dimensión dinámica del concepto de eficiencia económica es tan ilustrativo como desalentador. Especialmente teniendo en cuenta que en la vida real ni los recursos ni la tecnología están “dados”, sino que pueden variar y de hecho varían continuamente como resultado de la creatividad empresarial. Y si varían es obvio que existe toda una dimensión del concepto de eficiencia (la dimensión dinámica) que es de rancio abolengo (pues, como ya hemos visto, puede remontarse incluso hasta Jenofonte) y sólo puede olvidarse con un alto coste para el análisis económico de la realidad.

El concepto reduccionista de eficiencia estática tiene también un gran impacto en el mundo de la organización empresarial desde principios del siglo XX con el surgimiento del Taylorismo. En efecto, Frederick W. Taylor en su conocido libro The Principles of Scientific Management (1911) propugna que en todas las industrias se establezca un departamento de “eficiencia productiva” cuyos objetivos serían: primero, controlar a los trabajadores; segundo, medir sus tiempos de trabajo; y tercero, evitar todo tipo de despilfarro(16) . De hecho, este concepto reduccionista de la eficiencia estática se convierte en una especie de ídolo al que parece que hay que sacrificarlo todo, extendiéndose esta obsesión (que quizás podría calificarse mejor como “culto”) por la eficiencia estática incluso al ámbito de la ideología política.

Un ejemplo interesante de este fenómeno es el representado por el matrimonio de socialistas fabianos compuesto por Sydney y Beatriz Webb que, escandalizados ante los “despilfarros” que observan en el sistema capitalista, se deciden a fundar la London School of Economics con el objetivo de impulsar la reforma del sistema económico para eliminar el despilfarro y hacerlo “eficiente”. Posteriormente, los Webb no dejarían de ocultar su gran admiración por la “eficiencia” que creen observar en la Rusia soviética, hasta el punto de que Beatriz manifestó que “llegó a enamorarse del comunismo soviético”. Otro autor destacado que cayó en las redes de la concepción estática de la eficiencia económica es el propio John Maynard Keynes que en su introducción a la versión alemana de la Teoría General publicada en 1936 indica expresamente como sus prescripciones de política económica “son más fácilmente adaptables a las condiciones de un estado totalitario”. Keynes además alabó sin reservas el libro Soviet Communism que los Webb habían publicado en 1933 (17).

 

El concepto estático de eficiencia y la “economía del bienestar”

La evolución descrita en el epígrafe anterior culmina a partir de los años 20 y 30 del siglo pasado en los que el concepto estático de eficiencia económica se convierte en el centro focal de investigación(18) en torno al cual se desarrolla toda una nueva disciplina que termina denominándose “economía del bienestar” y que se elabora en base a una serie de enfoques alternativos. Así, según el enfoque pigouviano la eficiencia máxima del sistema económico se alcanzaría cuando se igualasen las utilidades marginales de todos los factores, para lo cual sería preciso redistribuir la renta hasta que la última unidad monetaria de cada actor le proporcionase a cada uno la misma utilidad marginal. Pigou culmina así la tradición del estrecho utilitarismo que se había iniciado con Jeremías Bentham y que después sería continuada por los marginalistas ingenuos (Sax, Sidgwick, etc.). Obviamente el enfoque de Pigou implica efectuar comparaciones interpersonales de utilidad e introducir juicios de valor metacientíficos por lo que fue pronto sustituido con carácter general por el alternativo enfoque paretiano.

Según el enfoque paretiano, un sistema económico se encuentra en una situación de eficiencia si no es posible mejorar a alguien sin empeorar a otro. Este enfoque, aunque sigue siendo esencialmente estático, evitó aparentemente la necesidad de efectuar comparaciones interpersonales de utilidad y abrió el camino para que diversos cultivadores de la economía del bienestar (Lerner, etc.) articulasen el denominado “primer teorema de la economía del bienestar”, según el cual el sistema de competencia perfecta consigue una asignación eficiente en sentido paretiano. El paso siguiente consistió en identificar una serie de “fallos de mercado” que supuestamente generarían ineficiencias (en sentido estático) al alejar el sistema económico del modelo de “competencia perfecta” (así se habla, en un primer momento, de los casos de monopolio y los efectos externos, para después analizar situaciones más sofisticadas de ineficiencia estática como pueden ser las de información asimétrica, riesgo moral o moral hazard, mercados incompletos, etc.). Paralelamente, y con carácter alternativo, se propone el enfoque de Kaldor-Hicks, mediante el cual se introduce el principio analítico de la “compensación potencial”: la situación II se considera más eficiente que la I si aquellos que ganan pueden compensar a los que pierden (Kaldor); o si los que pierden con la II no pueden “sobornar” para que no hagan el cambio a los que ganan con el paso de la I a la II (Hicks)(19) .

Posteriormente, se articula el “segundo teorema fundamental de la economía del bienestar”, según el cual la eficiencia paretiana sería compatible con diversos estados de dotaciones iniciales. Este teorema implica considerar que los criterios de eficiencia y equidad son aislables y pueden combinarse en diferentes proporciones. Bergson y Samuelson, por su parte, introducen la “función de bienestar social” que, aunque cae de nuevo en las comparaciones interpersonales de utilidad, permitiría eliminar la indeterminación del punto de eficiencia máxima entre todos los que son paretoeficientes y que constituyen la curva de posibilidades máximas de producción. Sin embargo, más tarde Arrow demostraría que es imposible obtener una función de bienestar social que satisfaga una serie de condiciones de coherencia bastante razonables (“tercer teorema fundamental de la economía del bienestar”). Y otro Premio Nobel de Economía, Amartya K. Sen también demostrará, en la misma línea, que es imposible concebir una función de bienestar social que simultáneamente cumpla el óptimo de Pareto y los criterios tradicionales del liberalismo, básicamente porque no se pueden “agregar” los rankings individuales de utilidad ordinal, por lo que no es posible dar solución a través de la función del bienestar social a todas las preferencias individuales(20) .

 

Críticas a la Economía del bienestar y a su concepto de eficiencia estática

Obviamente no podemos referirnos con detalle a todas las críticas que se han expuesto en contra de los diferentes criterios de eficiencia estática que han surgido en el ámbito de la economía del bienestar. Estos enfoques ya han sido analizados críticamente en una amplia literatura que aquí no podemos reproducir. No obstante realizaremos un resumen de las críticas más comunes, sobre todo con la finalidad de contrastarlas con la que, en nuestra opinión, es con mucho la crítica más importante y que ha permanecido hasta ahora prácticamente relegada al olvido.

Así, en primer lugar, los diferentes criterios de eficiencia estática realizados al amparo de la economía del bienestar implican la introducción más o menos subrepticia de juicios de valor que carecen de objetividad científica. Esto es evidente, como ya se ha indicado, en el caso de los enfoques de Pigou y de la función de bienestar social, pues ambos exigen efectuar, para tener un contenido operativo, comparaciones interpersonales de utilidad, científicamente ilegítimas según el consenso alcanzado por la mayoría de los economistas desde Lionel Robbins. Es más, tampoco está del todo claro que puedan efectuarse comparaciones de utilidad por parte de un mismo individuo y en relación consigo mismo si es que se refieren a momentos distintos del tiempo y en el contexto de acciones diferentes, pues en este caso, y aun tratándose de la misma persona, se estaría intentando comparar dimensiones en muchos casos distintas y heterogéneas, difícilmente comparables entre sí. Por otro lado, incluso el enfoque paretiano, y a pesar de las apariencias, tampoco se podría considerar completamente neutro desde el punto de vista de las comparaciones interpersonales de juicios de valor: un envidioso, por ejemplo, podría sentirse realmente peor si es que se produjera una mejora paretiana (en la que alguien saliese ganando sin empeorar “aparentemente” a nadie salvo, por supuesto, al propio envidioso).

En segundo lugar, los distintos enfoques de la economía del bienestar adolecen del importante defecto de suponer que los rankings individuales de utilidad y las diferentes alternativas que se abren a cada actor están “dados”, es decir, son conocidos y no cambian. O expresado de otra manera, en ellos se supone siempre que existen “funciones de utilidad”, y que éstas son constantes y se conocen. Este supuesto es especialmente restrictivo y criticable en el caso del enfoque pigouviano, cuya propuesta normativa de redistribuir la renta, no sólo implica efectuar comparaciones interpersonales de utilidad, sino que además, su implementación práctica no sólo implicaría un cambio radical en las correspondientes “funciones de utilidad” sino que, y esto es aún mucho más importante como luego veremos, afectaría completamente al proceso empresarial de coordinación.

En tercer lugar, los criterios de eficiencia estática siguen muy influidos por el concepto de eficiencia técnica procedente del campo de la física mecánica. Y ello a pesar de todos los esfuerzos realizados por muy distinguidos economistas (Robbins, Lipsey, Alchian y Allen, etc.) por tratar de distinguir de una vez por todas entre la eficiencia técnica o tecnológica y la eficiencia económica . Así, se ha argumentado que mientras la eficiencia técnica o tecnológica consistiría en minimizar la utilización de inputs en términos físicos (por ejemplo, toneladas de carbón, barriles de petróleo, etc.) para lograr un determinado resultado, la eficiencia económica consistiría en lo mismo, es decir, en la minimización de la utilización de inputs pero no en términos físicos sino en términos de coste (es decir, unidades de input multiplicadas por su precio de mercado). Ahora bien, si se supone, como se supone en todos los criterios de eficiencia estática mencionados, que las tecnologías y los precios de mercado están “dados”, es decir, que se conocen y no varían, entonces es evidente que el modus operandi de la eficiencia económica (21) (en su versión estática) y el de la eficiencia técnica serían idénticos: ambos consistirían en una mera operación matemática de maximización sometida a restricciones conocidas. Puede concluirse, por tanto, que en el contexto de la economía del bienestar existe una plena similitud formal entre el concepto de eficiencia técnica y el concepto estático de eficiencia económica. O expresado de otra forma: la concepción estática de la economía reduce el concepto de eficiencia económica a un mero problema técnico de maximización, que en todo caso podría solucionarse con un simple ordenador al que se le introdujeran los datos que siempre se suponen conocidos en los modelos de eficiencia estática (22).

Sin embargo, y a pesar de la relevancia de las anteriores consideraciones críticas, las mismas no tocan de lleno a la que nosotros consideramos que constituye la Crítica Fundamental que debe efectuarse a los diferentes criterios de eficiencia propuestos en el ámbito de la economía del bienestar. Y es que éstos tan sólo se fijan en uno de los dos aspectos que tiene el concepto de eficiencia económica. Es decir, se centran exclusivamente en la dimensión estática de la eficiencia económica, en la que se supone, en primer lugar, que los recursos están dados y no cambian y, en segundo lugar, que el problema económico fundamental consiste en evitar el despilfarro de los mismos, sin tener en cuenta para nada, a la hora de enjuiciar, por ejemplo, una empresa, una institución social o todo un sistema económico, su Eficiencia Dinámica, entendida como la capacidad para impulsar, por un lado, la creatividad empresarial y, por otro lado, la coordinación, es decir, la capacidad empresarial para buscar, descubrir y superar los diferentes desajustes sociales.

Y es que, en nuestra opinión, lo verdaderamente relevante, más que llevar el sistema hacia la frontera de posibilidades máximas de producción (considerando “dada” la correspondiente curva), consiste en aplicar sistemáticamente el criterio de eficiencia dinámica, que es aquél que se fija en la capacidad del sistema para “mover” continuamente hacia la derecha la curva de posibilidades máximas de producción. De ahí la importancia de completar y superar los tradicionales criterios estáticos de eficiencia económica con un criterio alternativo que sea capaz de recoger la dimensión dinámica que tiene todo sistema económico. En el apartado siguiente vamos a estudiar, con más detalle, el criterio de eficiencia dinámica que estamos proponiendo.

 

 

Jesús Huerta de Soto
Catedrático de Economía Política
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

“Sólo podrá reproducirse total o parcialmente el contenido de este trabajo citando expresamente a su autor y al medio en donde fue originalmente publicado (indicado, en su caso, en la sección de bibliografía del Curriculum vitae). A quienes incumplan esta condición les serán aplicados las leyes civiles y penales que correspondan, a parte de las procedentes indemnizaciones por daños y perjuicios”. ______________________________________

 

(2) Blánquez (1998), p. 567, 2ª acepción.

(3) Jenofonte (1966), p. 316
.
(4) “Nada hay tan útil, mujer, ni tan bello para los hombres como el orden”. Jenofonte (1966), p. 338.

(5) Ibidem, p.380.

(6)“El método más eficaz para hacer dinero con la agricultura, siempre que se sea capaz de tener diligencia y se trabaje la tierra con ahínco, lo puso en práctica mi padre y me lo enseñó. En modo alguno permitía comprar un terreno bien cultivado; aconsejaba comprar, por el contrario, aquél que por la desidia o la incapacidad de sus propietarios estuviera yermo o desplantado. Decía, en efecto, que los terrenos bien cultivados cuestan mucho dinero y no pueden mejorarse… Y nada queda más mejorado que un campo convertido, de yermo, en productivo. Ten por cierto, Sócrates, que conseguimos que muchos terrenos alcanzaran una cotización mucho más alta que su valor originario”. Jenofonte (1966), p. 426.

(7)“Los comerciantes, en efecto, poseídos de una fervorosa pasión por el trigo, doquiera más abunde, allí navegan en su busca, surcando el mar Egeo, el ponto Euxino y el mar de Sicilia. Acto seguido cogen la mayor cantidad posible y lo transportan a través del mar, cargándole incluso en el mismo barco en que ellos navegan. Y cuando se ven en precisión de dinero, no se deshacen de él en cualquier lugar y a la buena ventura, sino que, doquiera que tenga el trigo un valor más alto y de mayor estima goce, allí lo llevan para entregarlo a sus habitantes”. Jenofonte, (1966) p. 428.

(8) Rothbard (1999), p. 114.

(9) De hecho, el término “energía” etimológicamente también procede del griego y significa “acción vigorosa”.

(10) “Marked by ability to choose and use the most effective and least wasteful means of doing a task or accomplishing a purpose”, Webster’s Third New International Dictionary, Encyclopedia Britannica, Chicago y Londres 1981, Vol. I, p. 725 (las cursivas son mías).

(12) Mayer (1994).

(13) Mirowski (1989). Posteriormente, Mirowski (2002) ha refinado aún más su análisis crítico sobre el mecanicismo de la escuela neoclásica, que él califica de “Cyborg incursion into economics”.

(14) “Aussi a-ton déjà signalé celles des forces et des raretés comme vecteurs, d’une part, et celles des énergies et des utilités comme quantités scalaires, d’autre part”, Walras, “Economique et Mécanique”, Bulletin de la Société Vaudoise de Sciences Naturelles, nº 45, p. 318 (citado por Mirowski, ob. cit., p. 220).

(15) The New Palgrave Dictionary of Economics, John Eatwell, Murray Milgate y Peter Newman (eds.), Macmillan, Londres 1987, vol. II, pág. 107.

(16) Taylor (1967) p. 69.

(17) Are more easily adapted to the conditions of a totalitarian state”, Keynes (1973), vol. VII, p. XXVI; y vol. XXVIII, pp. 333-334. Keynes igualmente se hizo eco de aquellas afirmaciones de los intelectuales que quedaron obnubilados por los triunfos económicos de la Unión Soviética (“he ido al futuro y funciona”). Véase también Ralph Raico (1997).

(18) Ver pág. 8 en adelante.

(19) Sobre la imposibilidad práctica, en todo caso, de aplicar el criterio de Kaldor-Hicks, debe consultarse el artículo de Stringham (2001), pp. 41-50.

(20) Véase el resumen sobre el estado de la cuestión de Gámir (1996).

(21) Robbins (1972), pp. 36-37; Lipsey (1973), pp. 222-224; Alchian y Allen (1964), pp. 435-437.

(22) Posteriormente a haber escrito este artículo me he dado cuenta de que Buchanan sugiere la misma idea en Buchanan (1979), p. 25.