3.El concepto económico de eficiencia dinámica.

La eficiencia dinámica y la función empresarial

El criterio de eficiencia dinámica está indisolublemente unido al concepto de función empresarial y, de hecho, la plena comprensión del concepto económico de eficiencia dinámica que vamos a presentar exige que, con carácter previo, repasemos, siquiera sea brevemente, cuáles son el concepto y las características básicas de la función empresarial, entendida como la principal impulsora de la creatividad y de la coordinación que surgen espontáneamente en el mercado.

El término “función empresarial” o “empresarialidad” etimológicamente procede del latín in prehendo, que significa “descubrir”, “ver”, “darse cuenta” de algo. En este sentido podemos definir la función empresarial como la capacidad típicamente humana para darse cuenta de las oportunidades de ganancia que surgen en el entorno actuando en consecuencia para aprovecharse de las mismas. La función empresarial implica, por tanto, una especial perspicacia, que el Diccionario de nuestra Real Academia define como la “vista o mirada muy aguda y que alcanza mucho”. También es plenamente aplicable a la idea de empresarialidad que estamos explicando el término especular, que etimológicamente también procede del latín, en este caso del término specula, que se utilizaba para designar a las torres desde las que los vigías podían ver a distancia lo que iba a venir (23).

Las características más importantes del concepto de función empresarial que acabamos de introducir, cara al criterio de eficiencia dinámica que estamos estudiando, son las siguientes:

En primer lugar, la función empresarial siempre genera nueva información, es decir, todo acto empresarial supone el descubrimiento de una información nueva que antes no tenía el actor (una oportunidad de ganancia que previamente había pasado desapercibida). Esta información que constantemente crean los empresarios cuando actúan es subjetiva, práctica (en el sentido de que sólo se crea mediante el ejercicio de la acción empresarial en sus correspondientes contextos), dispersa (pues está diseminada en la mente de todos los seres humanos) y tácita (en el sentido de que es muy difícilmente articulable de manera formalizada).

En segundo lugar, la función empresarial, por su propia naturaleza, es esencialmente creativa. Significa ello que todo desajuste social se plasma en una oportunidad de ganancia que queda latente para ser descubierta por los empresarios. Así, por ejemplo, si B utiliza mal un recurso R que es altamente necesitado por A, es obvio que ello implica la existencia de un desajuste social que da lugar a una oportunidad de ganancia: basta que un empresario C se dé cuenta de ese desajuste, para que compre barato el recurso a B y se lo venda caro a A, obteniendo de esta manera un “beneficio empresarial puro”. Por tanto, cuando un empresario se da cuenta de una oportunidad de ganancia que previamente había pasado desapercibida crea una información en su mente que antes no existía, que resulta, una vez se lleva a cabo el acto empresarial, en la obtención de un beneficio empresarial puro.

En tercer lugar, la función empresarial transmite información. En efecto, si un empresario C compra barato a B un recurso R que tiene en abundancia y mal utiliza, para vendérselo caro a A que lo necesita con urgencia, transmite a A y B la información de que el recurso R está disponible y debe guardarse, y a todo el mercado, en oleadas sucesivas, que alguien está dispuesto a pagar por R un buen precio de mercado (los precios de mercado son señales muy potentes en el sentido de que transmiten mucha información a un coste muy reducido).

En cuarto lugar, la función empresarial es coordinadora. Como consecuencia del acto empresarial que venimos describiendo A y B aprenden a disciplinar o coordinar su comportamiento en función de las necesidades ajenas del otro: en efecto, una vez el desajuste social se ha descubierto y es eliminado, B guarda el recurso R que antes no utilizaba y lo guarda para entregárselo a A que lo necesita con urgencia.

En quinto lugar, la función empresarial es competitiva. El término competencia procede del latín cum petitio que significa concurrencia múltiple de peticiones sobre la misma cosa a la que hay que adjudicar un dueño. La empresarialidad es competitiva precisamente en el sentido de que una vez descubierta o creada la oportunidad de ganancia por un determinado empresario, esa misma oportunidad de ganancia con sus coordenadas específicas de tiempo y lugar ya no puede ser creada, descubierta y aprovechada por otro empresario. Esto hace que el proceso empresarial sea, ante todo, un proceso de rivalidad, netamente competitivo, en el que los empresarios rivalizan unos con otros por descubrir antes que nadie y aprovecharse antes que los demás, de las oportunidades de ganancia que se van generando en su entorno. De ahí que sea muy precisa la definición de competencia dada en el Diccionario de nuestra Real Academia cuando se refiere a la misma como “la rivalidad entre dos o más que aspiran a obtener la misma cosa”. El concepto de competencia que hemos presentado obviamente nada tiene que ver con el denominado “modelo de competencia perfecta”, en el que múltiples oferentes hacen lo mismo y venden el mismo bien al mismo precio, es decir, en el que, paradójicamente, no puede considerarse que nadie compite.

Por último, en sexto lugar, el proceso empresarial jamás se detiene ni agota. Aunque podría pensarse que el proceso social impulsado por la empresarialidad podría llegar a una situación de equilibrio, es decir, a detenerse o agotarse una vez que se descubrieran y aprovecharan por los empresarios todas las oportunidades de ganancia en las que se plasman los desajustes sociales (y, de hecho, tal “estado final de reposo” es el que con carácter prioritario se considera como único objeto de estudio que merece la pena investigar por parte de la mayoría de los miembros de nuestra profesión), no cabe considerar que el proceso empresarial de coordinación jamás se detenga o agote. Y es que el acto empresarial, a la vez que coordina, crea nueva información que a su vez modifica en el mercado la percepción general de fines y medios de los actores implicados, lo cual da lugar a la aparición de nuevos desajustes, que a su vez tienden a ser descubiertos y coordinados empresarialmente, y así sucesivamente a lo largo de un proceso que jamás se detiene, de expansión sin límite del conocimiento y los recursos, apoyado sobre un volumen de población siempre creciente, y que tiende a ser tan coordinado como sea humanamente posible en cada circunstancia histórica (“Big Bang social coordinado”).

Explicadas las características esenciales del proceso empresarial nos encontramos ya en disposición de poder entender mejor el concepto económico de eficiencia dinámica que vamos a presentar, así como la posición de los diferentes autores que en la historia del pensamiento económico han venido aproximándose al mismo.

El concepto económico de eficiencia dinámica: creatividad y coordinación

En un sentido dinámico, puede afirmarse que, por ejemplo, un ser humano, una empresa, una institución, o todo un sistema económico, serán tanto más eficientes conforme más y mejor impulsen la creatividad y la coordinación empresarial, tal y como las acabamos de explicar.

En esta perspectiva dinámica, lo verdaderamente importante no es tanto el evitar el despilfarro de unos medios que se consideran conocidos y “dados” (objetivo que, recordemos, era el prioritario en la perspectiva de la eficiencia estática) como el descubrir y crear continuamente nuevos fines y medios, impulsando la coordinación y asumiendo que en todo proceso empresarial siempre surgirán nuevos desajustes por lo que un cierto despilfarro es inevitable y consustancial a toda economía de mercado.

En este sentido, puede considerarse que la dimensión dinámica de la eficiencia es la más relevante pues, de hecho, aunque un sistema económico no se encuentre en la frontera de posibilidades máximas de producción, es posible que todos sus agentes salgan ganando si es que la creatividad empresarial mueve constantemente la curva hacia fuera aumentando, así, las posibilidades de todos gracias a un flujo continuo de creatividad de nuevos fines y medios que, hasta su descubrimiento empresarial, previamente ni siquiera habían podido ser concebidos por nadie.

Por otro lado, y esto es muy relevante, puede considerarse que la dimensión dinámica engloba a la dimensión estática de la eficiencia económica, pues precisamente es la misma fuerza de la función empresarial que induce la eficiencia dinámica cuando crea y descubre nuevas oportunidades de ganancia, la que logra el máximo grado de eficiencia estática que sea humanamente posible en cada momento, al coordinar los desajustes preexistentes (aunque dado el flujo inacabable de nuevos desajustes nunca pueda concebirse, como ya hemos indicado, que sea posible alcanzar el óptimo paretiano en una economía real de mercado y que, por tanto, se elimine totalmente el posible despilfarro de los recursos existentes).

A continuación vamos a comentar las aportaciones de diversos autores que se han aproximado en una u otra perspectiva al concepto de eficiencia dinámica que acabamos de exponer. No es de extrañar que muchos de estos autores estén muy influidos por la tradición de la Escuela Austriaca de Economía que, si por algo se caracteriza, es precisamente por el acento que pone en la concepción dinámica del mercado y en el papel protagonista que en sus procesos tiene la función empresarial. En este sentido, deberían de darse por reproducidos aquí los trabajos más importantes de Mises y Hayek sobre el mercado entendido como un proceso dinámico impulsado por la empresarialidad (Mises) y sobre la competencia entendida como un proceso de descubrimiento (Hayek)(24) .

Israel M. Kirzner y el concepto de eficiencia dinámica

Kirzner es el gran pensador contemporáneo sobre la función empresarial cuyo análisis ha desarrollado in extenso siguiendo el liderazgo iniciado por Mises y Hayek. Ha de considerársele también como uno de los teóricos más relevantes que ha estudiado el concepto económico de eficiencia dinámica que define como “la capacidad para impulsar la perspicacia y el descubrimiento empresarial de un conocimiento que previamente no se concebía que se podía adquirir”. Según Kirzner, el acto empresarial es eminentemente coordinador, entendiendo la coordinación social no en su sentido estático o paretiano, sino en su sentido dinámico, es decir, “como un proceso en el que los participantes del mercado se dan cuenta de oportunidades de ganancia mutuamente beneficiosas que, una vez aprovechadas, ajustan múltiples errores previos”(25) .

Además, Kirzner se ha cuidado de señalar que el criterio de eficiencia dinámica que propone, basado en la creatividad y en la coordinación empresarial, está libre de todo juicio de valor, por lo que es plenamente wertfrei: en efecto, quien desee impulsar la coordinación sabe que ha de favorecer y fomentar la función empresarial libre; quien, por el contrario, valore más los desajustes y conflictos sociales, deberá poner todo tipo de trabas a la función empresarial(26) . La teoría económica, por sí sola, no puede calificar como bueno o malo uno u otro fin, si bien indudablemente ayuda a que los seres humanos vean más claramente las alternativas éticas y puedan tomar más fácilmente una posición moral coherente.

La eficiencia dinámica tal y como Kirzner la concibe, es inmune al resto de las críticas que acabamos de exponer en relación con los diferentes criterios de eficiencia estática que hasta ahora han preponderado. Finalmente, Kirzner señala cómo, desde el punto de vista analítico, la dimensión dinámica es especialmente útil para efectuar análisis comparativos de las distintas instituciones y de las diferentes alternativas de legislación. Y es que el análisis de la eficiencia dinámica permite efectuar una evaluación y llevar a cabo una toma de posición mucho más clara y en múltiples ocasiones muy distinta de la que habitualmente se deduce del simple análisis efectuado exclusivamente en términos de eficiencia estática (27)

Murray N. Rothbard y el mito de la eficiencia estática. El intento de síntesis de Roy E. Cordato

Las aportaciones de Rothbard en el campo del análisis de la eficiencia dinámica son también importantes. Por un lado este autor ha insistido en que el ideal de “eficiencia estática”, estudiado con carácter dominante por los teóricos de la economía del bienestar, no es sino un mito pues exige para su manejo operativo un marco dado de fines y medios que nunca puede llegar a existir, ni mucho menos a conocerse, en una realidad social constantemente cambiante. Además, Rothbard es quizás el autor que más claramente ha expuesto la conexión que existe entre la concepción dinámica de la eficiencia económica y el ámbito de la ética. Rothbard considera imprescindible, dado el desconocimiento respecto de los fines, medios y funciones de utilidad que existen en la realidad, establecer con carácter previo el marco ético adecuado que impulse la eficiencia dinámica. Este marco está constituido por el conjunto de normas que regulan el derecho de propiedad y hacen posible el intercambio voluntario en el que los diferentes agentes económicos siempre demuestran cuáles son sus preferencias verdaderas. Para Rothbard sólo los principios éticos pueden servir como criterio de eficiencia a la hora de tomar decisiones (28) .

Roy E. Cordato, en un libro interesante, ha analizado desde el punto de vista de la economía del bienestar las principales aportaciones de los economistas austriacos en general y las de Mises, Rothbard, Hayek y Kirzner, en particular, llegando a la conclusión de que lo importante en el mercado, más que lograr resultados “óptimos” (objetivo de la dimensión estática de la eficiencia), es que prepondere un marco institucional adecuado que favorezca el descubrimiento empresarial y la coordinación. La política económica ha de orientarse a identificar y remover las trabas artificiales que dificultan los intercambios voluntarios y el proceso empresarial (29). El intento de Cordato es especialmente meritorio en la medida en que tiene por objetivo abrir las ventanas de la ya rancia economía del bienestar, hasta ahora anclada en presupuestos exclusivamente estáticos, a la concepción subjetivista y dinámica del mercado que, con carácter prioritario, ha sido hasta ahora desarrollada casi exclusivamente bajo el liderazgo de los teóricos de la Escuela Austriaca.

Joseph Alois Schumpeter y el “proceso de destrucción creadora”

Quizás uno de los autores popularmente más conocidos a la hora de aplicar una peculiar concepción de la dimensión dinámica al análisis de la eficiencia económica sea Joseph Alois Schumpeter. Schumpeter inicia su programa de investigación en este ámbito ya en 1911 cuando publica la primera edición alemana de su Teoría del desenvolvimiento económico (30) . En este libro Schumpeter ya se refiere, siguiendo una línea de investigación netamente austriaca, al empresario innovador, que para Schumpeter es aquel que concibe y descubre nuevos bienes, combinaciones de bienes, fuentes de aprovisionamiento, introduce innovaciones tecnológicas y continuamente crea nuevos mercados y amplía los ya existentes. Treinta años después, en 1942, Schumpeter continúa esta misma línea de investigación en su libro Capitalismo, socialismo y democracia, especialmente en sus capítulos 7 y 8. Este último capítulo incluso se titula por el autor “El proceso de destrucción creadora”, y en él se explica el proceso de evolución económica que ha dado lugar al desarrollo del capitalismo, introduciéndose ya la tensión inherente a las dos dimensiones del concepto de eficiencia, la dinámica y la estática. Schumpeter es muy crítico con el concepto tradicional de eficiencia estática utilizado por la economía neoclásica y concluye que “la competencia perfecta no sólo es imposible, sino inferior, y carece de todo título para ser presentada como modelo de eficiencia ideal ”(31).

Nuestra principal crítica a Schumpeter es que siga considerando que el punto básico de referencia del análisis económico debe ser el modelo de equilibrio pues cree que el mundo económico, si no fuera por los empresarios, se encontraría “normalmente” en una situación de flujo rutinario. Schumpeter concibe, pues, que el empresario no es sino un elemento exclusivamente distorsionador o desequilibrador. Es decir, tan solo se fija en una de las facetas del proceso empresarial, en aquella que ha denominado con la expresión ya consagrada de “proceso de destrucción creadora”. Schumpeter ignora que, según ya hemos expuesto en apartados anteriores, el centro focal de investigación del análisis económico ha de ser el proceso dinámico empresarial y no el modelo de equilibrio. Y es que el proceso de mercado real impulsado por la empresarialidad posee, con carácter simultáneo, no sólo una capacidad de “destrucción creadora”, que es a la que con carácter exclusivo se refiere Schumpeter, sino también una capacidad eminentemente coordinadora, que tiende a llevar el proceso social hacia un equilibrio que, sin embargo, nunca se alcanza puesto que en su camino de coordinación surgen continuamente nuevos desajustes. Para Schumpeter el proceso empresarial es una especie de fuerza explosiva que como resultado de la creatividad empresarial distorsiona el orden preexistente, sin darse cuenta de que la misma fuerza que impulsa la destrucción creadora tiende a coordinar el sistema haciendo que el “big bang” social sea tan armonioso como sea posible en cada circunstancia histórica. Por tanto, frente a Schumpeter, que considera al empresario como un elemento exclusivamente desequilibrador, el enfoque de eficiencia dinámica que estamos proponiendo parte de considerar a la empresarialidad como una fuerza impulsora, simultáneamente creativa y coordinadora, que continuamente hace avanzar el mercado y la civilización.

El concepto de Eficiencia-X de Harvey Leibenstein

Harvey Leibenstein introdujo por primera vez el concepto de eficiencia-X en su artículo “Allocative efficiency vs. X-efficiency” publicado en 1966 (32) . En este trabajo Leibenstein concibe la ineficiencia-X como el grado de ineficiencia que surge en el mercado como consecuencia del carácter incompleto que tienen muchos de los contratos que regulan las relaciones empresariales, sobre todo porque no precisan bien las tareas que cada uno debe realizar. También señala como fuentes de ineficiencia la presión psicológica a que se ven sometidos los diferentes agentes económicos, y el peso de los hábitos, inercias y rutinas que hacen que muchas labores cuyo resultado podría mejorarse permanezcan indefinidamente en una situación de ineficiencia.

Es de resaltar, ante todo, el carácter bastante equívoco del concepto de ineficiencia-X que propuso Leibenstein, al menos en sus primeras formulaciones. Parece como si Leibenstein hubiera intuido una idea importante (que existe una ineficiencia que pasa desapercibida en los modelos de equilibrio) que, sin embargo, no es capaz de articular con total claridad. Ello dio pie a que, diez años después Stigler (1976), en un artículo irónicamente titulado “The Existence of X-Efficiency ”(33), contestara a Leibenstein que, en todo caso, la cantidad de ignorancia e inercia que pueda existir en el mercado será siempre óptima, pues el esfuerzo destinado a tratar de superarlas se detendrá justo cuando el coste marginal derivado de las mismas empiece a superar al ingreso marginal esperado. Kirzner salió posteriormente en apoyo de Leibenstein argumentando que, al menos, siempre existirá una importante fuente de ineficiencia-X: aquella consistente en el error empresarial genuino, que surge precisamente cuando a alguien le pasa desapercibida una oportunidad de ganancia en el mercado, que queda así latente para ser descubierta y aprovechada en el futuro por otros empresarios (34) .

Es decir, el argumento básico de Kirzner en relación con la eficiencia-X es el de que, reconociendo que ésta no existe, por definición, en un entorno de equilibrio y plena información (éste, y no otro, era el argumento claramente irrelevante de Stigler), la única posibilidad de que el concepto de eficiencia-X pueda mantenerse con un sentido analítico y operativo, consiste en identificarlo con el concepto de eficiencia dinámica que hemos expuesto, idea ésta que, en última instancia, parece que ha terminado siendo aceptada por el propio Leibenstein. Y es curioso constatar cómo “el padre de la criatura”, Harvey Leibenstein, se ha visto forzado a admitir que su concepto de eficiencia-X, tan confusa y vagamente definido en un principio, sólo mantiene un (elevado) grado de relevancia, depurándose de sus vaguedades y equívocos iniciales, si es que tiende a identificarse con el concepto de eficiencia dinámica tal y como ya lo hemos definido en el presente trabajo(35) .

El concepto de “eficiencia adaptativa” de Douglas C. North

El Premio Nobel de Economía Douglas C. North ha criticado el concepto paretiano de eficiencia meramente asignativa que utilizan con carácter predominante los economistas neoclásicos, ofreciendo como alternativa el concepto de eficiencia adaptativa que define como “la capacidad de la sociedad para adquirir conocimiento, aprender, inducir la innovación, fomentar la creatividad y la asunción de riesgos, y resolver cuellos de botella a lo largo del tiempo”(36) .

Como se ve, North menciona en esta definición una serie de características que son plenamente coincidentes con las que ya se han analizado como propias del concepto de eficiencia dinámica: la adquisición de conocimiento, la creatividad, la innovación, etc. Además, y esto quizás sea lo más característico de North, este autor se fija especialmente en el marco institucional de normas que fomentan la creatividad y la capacidad de adaptarse de las diferentes sociedades, poniendo como modelos históricos de flexibilidad y capacidad de adaptación a las sociedades europea y norteamericana.

Nuestra principal crítica a Douglas C. North es que no menciona expresamente a la función empresarial como la fuerza protagonista que impulsa todos los procesos de mercado. Es decir, North se centra casi exclusivamente en analizar la capacidad de las sociedades en general para adaptarse a los cambios y shocks “externos” que les afectan y supuestamente siempre proceden de fuera y, precisamente por ello, propone utilizar el término de “eficiencia adaptativa”. El enfoque de North es, por tanto, mucho más reactivo que proactivo. En efecto, North parece no darse cuenta que es precisamente el impulso empresarial que caracteriza a la eficiencia dinámica y a su capacidad coordinadora el que, también y simultáneamente, induce los cambios o shocks (por tanto no externos sino endógenos) que generan los problemas ante los que deben de adaptarse las diferentes sociedades.

Es evidente, por tanto, que North cae en el extremo contrario al de Schumpeter. Es decir, mientras Schumpeter se fijaba con carácter exclusivo en la dimensión de la creatividad empresarial y en su capacidad destructora (proceso de “destrucción creadora”), North se fija en la otra dimensión, es decir, en la capacidad adaptativa o coordinadora de la función empresarial, olvidándose, por completo, de la faceta simultáneamente creadora que siempre tiene la misma. En este sentido puede considerarse que la teoría de la eficiencia dinámica impulsada por la empresarialidad que se ha presentado en este trabajo combina adecuadamente las dos dimensiones (la creativa y la coordinadora), que de forma separada, excluyente y reduccionista han estudiado parcialmente Schumpeter y North.

El concepto de eficiencia dinámica y la teoría de los costes de transacción de Ronald H. Coase

Parece ahora pertinente efectuar algunos comentarios sobre las relaciones que puedan existir entre el concepto de eficiencia dinámica que hemos explicado y la teoría de los costes de transacción que tiene su origen en Ronald H. Coase, y que tanto predicamento ha alcanzado en muchos ámbitos del análisis económico, especialmente del derecho y de las instituciones (37) .

Quizás la diferencia esencial entre ambos enfoques sea la señalada por Israel Kirzner. Para este autor, el obstáculo básico que dificulta la eficiencia dinámica no lo plantean los costes de transacción, sino lo que él denomina el “error empresarial puro o genuino”, que es aquel que surge en el mercado cuando falta la suficiente perspicacia empresarial(38) . O expresado de otra forma, aunque pudiéramos concebir un hipotético nirvana(39) o “mundo ideal con costes de transacción cero”, tal sistema no lograría el ideal de eficiencia dinámica si, por culpa de errores empresariales puros o genuinos, quedaran múltiples oportunidades de ganancia sin descubrir, crear y aprovechar. Y es que, en última instancia, y a pesar de las apariencias, el enfoque de los costes de transacción sigue adoleciendo de muchas de las carencias que ya analizamos en relación con la dimensión estática de la eficiencia. En concreto, efectuar un análisis de comparativa institucional centrándose en los diferentes costes de transacción de cada institución, implica el suponer que éstos están dados y son conocidos, y que es incluso posible efectuar un rediseño institucional que permita modificar los costes de transacción de cada situación dada. Sin embargo, todo el marco de costes de transacción que se tome como referencia en el análisis puede cambiar de forma radical e imprevista si, como consecuencia de un acto de pura creatividad empresarial, se descubren nuevas alternativas, posibilidades de producción y, en general, nuevas soluciones a los problemas que, hasta ese momento, previamente habían pasado completamente desapercibidas a los empresarios.

Por eso, y en la óptica de la eficiencia dinámica, tal y como veremos con detalle más adelante, al basarse ésta en la creatividad y en la coordinación empresarial, nunca puede ser irrelevante la distribución inicial de derechos de propiedad (incluso, como erróneamente supone el Teorema de Coase, en el caso extremo de que los costes de transacción sean nulos). Y es que la distribución de derechos de propiedad, enmarcada en el esquema ético que hace posible la eficiencia dinámica y que analizaremos después, es precisamente la que determina, en cada circunstancia específica de tiempo y lugar, quién sentirá los incentivos concretos que son necesarios para despertar el acto empresarial, con su doble dimensión creativa y coordinadora. O expresado de otra manera, en la óptica de la eficiencia dinámica basada en la función empresarial el denominado Teorema de Coase, con independencia de cuál sea la interpretación concreta que al mismo se dé, es científicamente falso pues ni siquiera en un supuesto esquema institucional con costes de transacción cero la distribución de derechos de propiedad será irrelevante cara a alcanzar el objetivo de la eficiencia dinámica(40) .

El concepto de eficiencia dinámica en los libros de texto de Economía

La dimensión dinámica del concepto de eficiencia económica es prácticamente ignorada por la mayoría de los libros de texto de nuestra disciplina. Esto, a su vez, es una ilustración más de la obsesión que por la estática comparativa y el modelo de equilibrio hasta ahora ha preponderado en la Ciencia Económica y, por tanto, de la urgencia de impulsar un cambio de paradigma que dé entrada al análisis dinámico de los mercados y al concepto de eficiencia dinámica.

En una muestra de veinte manuales, seleccionados de entre los más conocidos en lengua inglesa y española en el ámbito de la economía, tan sólo en cuatro de ellos se menciona explícitamente al concepto de eficiencia dinámica. Y en la mayoría de estas honrosas excepciones el tratamiento del concepto es muy limitado y no se integra de una manera coherente en un análisis global que permita evaluar en términos de eficiencia dinámica las diferentes instituciones y alternativas que se estudian en los capítulos correspondientes a cada libro de texto. A continuación mencionaremos los tratamientos de la eficiencia dinámica que hemos encontrado más interesantes(41) .

El libro de texto de Gwartney y Stroup, Economics: Private and Public Choice(42) , aunque no incorpora explícitamente el término de “eficiencia dinámica”, sí que explica que el mundo está en constante cambio como resultado de la creatividad empresarial y del proceso de rivalidad competitiva que desarrollan los empresarios, todo lo cual, según sus autores, obliga a que los economistas revisen las nociones tradicionales de eficiencia estática.

Mucho más explícitos en su análisis de la eficiencia dinámica son Dolan y Lindsay especialmente a la hora de diferenciar entre la eficiencia estática y la eficiencia dinámica que definen como “la capacidad de un sistema económico para trasladar hacia la derecha la curva de posibilidades máximas de producción”. Por contra, la eficiencia estática sería “la capacidad de un sistema económico para estar o situarse sobre la curva de posibilidades máximas de producción”. Además Dolan y Lindsay (43), se refieren a las aportaciones pioneras de Schumpeter en el ámbito de la eficiencia dinámica y consideran que la innovación y los descubrimientos tecnológicos son los principales impulsores de la misma, aun cuando no dejan de mencionar a la capacidad creativa de la función empresarial como aportación esencial de los teóricos procedentes de la Escuela Austriaca. Es más, los autores de este manual llegan a estimar cuáles han podido ser, desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, las eventuales pérdidas de eficiencia estática que hayan podido afectar a la economía norteamericana y que cifran en una media del 2,5 por ciento del producto interior bruto norteamericano, manifestando que, en su opinión, estas pérdidas han sido más que sobradamente compensadas por las ganancias de eficiencia dinámica que se han experimentado durante ese mismo período como resultado de la creatividad y la fuerza coordinadora de los empresarios norteamericanos.

En 1998 Wolfgang Kasper y Manfred E. Streit publicaron un importante manual dedicado al estudio del análisis económico institucional. En este libro, sus autores definen la eficiencia dinámica como “la capacidad para adaptarse, responder y generar nuevo conocimiento ”(44). Como se ve, el manual de Kasper y Streit se aproxima mucho a la teoría de la eficiencia dinámica que hemos expuesto más arriba. Además, y siguiendo a Demsetz, estos autores critican el “enfoque del nirvana” propio de la metodología neoclásica y que consiste en comparar la realidad con la utopía de la eficiencia estática. Kasper y Streit concluyen que gran parte de los denominados “fallos del mercado” no son tales desde el punto de vista dinámico porque, o bien sirven para impulsar la creatividad y la introducción de nuevas tecnologías (tal sería el caso de los “monopolios”), o bien constituyen la más íntima característica de los mercados reales (como ocurriría en los casos de “información asimétrica”, moral hazard no asegurable inherente a todo acto empresarial, etc.). Por eso, según estos autores, el analista ha de comparar la realidad institucional no con modelos ideales irrealizables (como hasta ahora han hecho los teóricos de la economía del bienestar) sino con alternativas institucionales que sean factibles y sirvan para impulsar la creatividad y capacidad coordinadora de la empresarialidad. Vemos, por tanto, como Kasper y Streit, completan las intuiciones de Demsetz con la teoría hayekiana sobre el surgimiento y creación del conocimiento que continuamente descubren los empresarios en los procesos de mercado.

O’ Driscoll y Rizzo, en la misma línea, explican en su libro The Economics of Time and Ignorance, que no se debe criticar, como a menudo hacen los economistas neoclásicos, el proceso real de mercado por no estar sobre el límite de la curva de posibilidades máximas de producción, es decir, por no ser estáticamente eficiente debido a la existencia de supuestos “fallos” de mercado. Y es que, según estos autores, tal crítica supone que pueda llegar a conocerse una información que sólo genera el propio proceso real de mercado y que, por tanto, si se conociera a priori haría tal proceso innecesario y redundante. Es decir, nadie puede conocer la curva de posibilidades máximas de producción porque ni siquiera está dada, sino que continuamente está trastocándose y moviéndose hacia la derecha como resultado de la creatividad empresarial. Criticar al mercado por no encontrarse sobre un límite que nadie conoce y que continuamente está cambiando no sólo es un grave error desde el punto de vista metodológico, sino que además puede llevar al desatino de justificar determinadas políticas de intervencionismo económico que terminen por dificultar el proceso real de mercado que, precisamente, es el principal impulsor del continuo aumento cuantitativo y cualitativo de las posibilidades de la frontera de producción(45) .

Finalmente, no querríamos terminar esta revisión de los manuales que han tratado, si bien sea someramente, el concepto de eficiencia dinámica, sin referirnos al curioso caso del libro de texto de Wonacott y Wonacott, que se empeña en definir el concepto de “eficiencia dinámica”, en términos estrictamente “estáticos”, es decir, como “el ritmo óptimo de los cambios”. Cuál sea el ritmo de referencia que se utilice para considerar si un sistema económico se está aproximando o no al “óptimo” es algo que queda sin explicitar. Según estos autores, es el modelo de competencia perfecta el que promueve la eficiencia dinámica, en la medida en que fuerza a las empresas a adoptar rápidamente nuevas tecnologías, señalando que existe un cierto debate respecto de si es la competencia o el monopolio el sistema que más impulsa la creación y descubrimiento de nuevas tecnologías. En todo caso el tratamiento que Wonacott y Wonacott dan a la eficiencia dinámica no sólo se encuentra totalmente condicionado por su visión estática de la economía, sino que además es muy confuso (y desconcertante) pues parece como si el párrafo correspondiente se incorporase en el libro de texto para cubrir un tema que se considera de relevancia, pero sin fundamentarlo en ningún análisis dinámico sobre los procesos reales de mercado impulsados por la empresarialidad que se dan en la vida real (46) .

Como conclusión de este breve repaso por la literatura científica de más difusión didáctica puede afirmarse que, al margen de las aisladas excepciones ya citadas, queda aún un camino muy largo por recorrer para que los economistas acepten con carácter general y empiecen a utilizar sistemáticamente el concepto y las implicaciones de la dimensión dinámica de la eficiencia económica. Cuando esto ocurra, y en todo análisis de economía aplicada no dejen de incluirse las consideraciones sobre la eficiencia dinámica, el análisis de la concepción dinámica de la eficiencia económica terminará filtrándose a los libros de texto, y su estudio pasará a ser considerado como un contenido estándar de tratamiento imprescindible en todos los manuales que estudien los alumnos de economía de todo el mundo.

Jesús Huerta de Soto
Catedrático de Economía Política
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

“Sólo podrá reproducirse total o parcialmente el contenido de este trabajo citando expresamente a su autor y al medio en donde fue originalmente publicado (indicado, en su caso, en la sección de bibliografía del Curriculum vitae). A quienes incumplan esta condición les serán aplicados las leyes civiles y penales que correspondan, a parte de las procedentes indemnizaciones por daños y perjuicios”.

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(23) Sobre la teoría de la función empresarial y sus más importantes elementos y características puede consultarse Huerta de Soto (2001) (b), capítulo 2.

(24)Huerta de Soto (2001) (a), capítulos 5 y 6
.
(25)Kirzner (1997), p. 67.

(26)Kirzner, (1998), pp. 187-200.

(27)Israel M. Kirzner (1997), p. 64.

(28)Rothbard (1979), p. 95; y Rothbard (1997), pp. 211-254.

(29)Cordato (1992).

(30)Schumpeter (1944), especialmente p. 135 y ss.

(31)Schumpeter (1971), capítulo 8, p. 149. La cita en inglés de Schumpeter es la siguiente: “Perfect competition is not only impossible but inferior and has no title to being set up us a model of ideal efficiency”, Capitalism, Socialism and Democracy, Harper Perennial, Nueva York, 1976, pág. 106 (primera edición publicada por Harper and Brothers en 1942). Blaug (1998), p. 7 ha utilizado expresamente el término “eficiencia dinámica” para referirse al punto de vista de Schumpeter.

(32)Leibenstein (1966), pp. 392 a 415.

(33)Stigler (1976), pp. 213-216.

(34)Kirzner (1979), pp. 120-136.

(35)Sobre la eficiencia-X puede consultarse además el libro de Frantz (1988).

(36)North (1990), pp. 80-82, 99 y 136; y North (1999), pp. 17-18. La mejor evaluación crítica de North, desde el punto de vista austriaco, ha sido escrita por Stromberg, (2002), pp. 101-137.

(37)Véase, por ejemplo, entre los tratamientos más recientes el de Zerbe (2001).

(38)Kirzner (1973) pp. 225-234. Existe una traducción española publicada en su segunda edición por Unión Editorial en 1998 con el título de Competencia y empresarialidad, Madrid 1998, pp. 237-246.

(39)Harold Demsetz ha criticado el Nirwana approach de muchos economistas neoclásicos (Arrow, etc.) que se empeñan en comparar instituciones reales con instituciones ideales que jamás pueden darse en la realidad, pues los costes de transacción que implicaría el llevar el sistema real al “nirvana” serían imposibles de superar. El esquema de Demsetz, aunque nos parezca un meritorio paso adelante en el realismo del análisis, no es sin embargo completamente adecuado pues sigue ignorando que el problema esencial, más que de costes de transacción, es de naturaleza netamente empresarial. Véase Demsetz (1989), capítulo 1, pp. 3-24.

(40)La tesis coaseana sobre la irrelevancia de la distribución de los derechos de propiedad (con costes de transacción cero) ha sido calificada por Gary North como de “Don Corleone theory of property rights” y es radicalmente contradictoria con el enfoque de las relaciones entre la ética y la eficiencia dinámica que exponemos en este trabajo. Véase North (2002), pp. 75-100.

(41)La muestra utilizada de manuales incluye libros de texto tan conocidos como los de Samuelson, Lipsey, Friedman (Milton), Fridman (David), Stiglitz, Kreps, Fisher-Dornbusch-Schmalense, Mankiw, Wonacott y Wonacott, Alchian y Allen, Sloman, Boulding, Bresciani-Turroni, Gwartney y Stroup, Dolan y Lindsay, Barre, Kasper y Streit, Hardwick-Khal-Langmead, Gimeno y Guirola, González Paz, Mochón y O’ Driscoll y Rizzo.

(42)Gwartney y Stroup (1983), especialmente pp. 416-419.

(43)Dolan y Lindsay (1988), pp. 489-692.

(44)Kasper y Streit (1998), p. 58.

(45)O’ Driscoll y Rizzo (1998), especialmente pp. 88 y ss.

(46)Wonacott y Wonacott (1986), p. 492.