4.Las relaciones entre la ética y la eficiencia dinámica.

Introducción

Ya se ha mencionado en el apartado II cómo de acuerdo con el denominado “segundo teorema fundamental de la economía del bienestar”, desarrollado en el marco estático de la teoría neoclásica, eficiencia y ética aparecen como dos dimensiones distintas que pueden combinarse de manera diferente(47) . En efecto, en el contexto de la economía del bienestar se considera que existen múltiples óptimos paretianos (representados por todos y cada uno de los puntos de la curva de posibilidades máximas de producción) cada uno de los cuales podría corresponder a un esquema ético de redistribución de la renta diferente. De manera que, por ejemplo, en la versión de Bergson-Samuelson, una hipotética “función de bienestar social” sería capaz de recoger el esquema redistributivo socialmente aceptable y permitiría determinar el “optimum optimorum” allí donde se diera el punto de intersección entre dicha función de bienestar social y la curva de posibilidades máximas de producción. Este tipo de análisis ha motivado, además, que muchos pensadores crean en la supuesta indeterminación de la teoría a la hora de evaluar un sistema económico, pues consideran que tal evaluación depende en última instancia de juicios de valor que se encuentran más allá del ámbito de la teoría económica.

Pues bien, todo este esquema que hasta ahora se ha aceptado con carácter general se trastoca completamente si se da entrada a la concepción dinámica de la eficiencia económica: en efecto, como vamos a ver, no todos los sistemas éticos de redistribución de la renta son compatibles con la eficiencia dinámica entendida como la creatividad y la coordinación empresarial. Se abre, así, al economista teórico, un interesantísimo campo de investigación que consiste, precisamente, en analizar qué principios de ética social o de justicia distributiva impulsan y son compatibles con los procesos de mercado que caracterizan la eficiencia dinámica.

La ética como condición necesaria y suficiente de la eficiencia dinámica

La mayor parte de los posicionamientos sobre justicia distributiva y ética social que hasta ahora se han mantenido con carácter mayoritario y que han constituido el “fundamento ético” de importantes movimientos políticos y sociales (de naturaleza “socialista” o “socialdemócrata”) tiene su origen o fundamento en la concepción estática de la eficiencia económica. El paradigma de la teoría económica neoclásica hasta ahora dominante se basaba en considerar que la información es algo objetivo y se encuentra dada (bien en términos ciertos o probabilísticos) por lo que se consideraba, por un lado, que es posible efectuar análisis de costes y beneficios sobre la misma y por otro que, como ya se ha indicado, las consideraciones de maximización de la utilidad son totalmente independientes de los aspectos morales, por los que unos y otras pueden combinarse en diferentes proporciones. Además, la concepción estática hasta ahora dominante llevó casi de forma inexorable a concluir que, en cierto sentido, los recursos están dados y son conocidos, por lo que el problema económico de su distribución se consideró distinto e independiente del que plantea la producción de los mismos. En efecto, si los recursos están dados, posee excepcional relevancia el analizar cómo deberán de distribuirse entre los diferentes seres humanos tanto los medios de producción disponibles como el resultado final de los diferentes procesos productivos.

Todo este planteamiento cae por su base en la perspectiva de la nueva concepción dinámica de los procesos de mercado fundamentada en la teoría de la función empresarial y en el concepto de eficiencia dinámica que venimos analizando. Según esta perspectiva, todo ser humano posee una innata capacidad creativa que le permite apreciar y descubrir las oportunidades de ganancia que surgen en su entorno, actuando en consecuencia para aprovecharse de las mismas. Consiste, por tanto, la empresarialidad en la capacidad típicamente humana para crear y descubrir continuamente nuevos fines y medios. De acuerdo con esta concepción, los recursos nunca están dados, sino que tanto los fines como los medios son continuamente ideados y concebidos ex novo por los empresarios, siempre deseosos de alcanzar nuevos objetivos que ellos descubren que tienen un mayor valor. A su vez, esta capacidad creativa de la función empresarial se combina, como ya hemos visto, con la capacidad coordinadora de la misma. Y si los fines, los medios y los recursos no están “dados”, sino que continuamente están creándose de la nada por parte de la acción empresarial de los seres humanos, es evidente que el problema ético fundamental deja de consistir en cómo distribuir equitativamente “lo existente”, pasando a concebirse como la manera más conforme a la naturaleza humana de fomentar la coordinación y la creación empresarial.

Por tanto, en el campo de la ética social se llega a la conclusión fundamental de que la concepción del ser humano como un actor creativo y coordinador, implica aceptar con carácter axiomático el principio de que todo ser humano tiene derecho a apropiarse de los resultados de su creatividad empresarial. Es decir, que la apropiación privada de los frutos de aquello que crean y descubren los empresarios es un principio de derecho natural porque, si el actor no pudiera apropiarse de lo que crea o descubre, entonces se bloquearía su capacidad de detectar oportunidades de ganancia y desaparecería el incentivo que tiene para llevar a cabo sus acciones. Además, el principio expuesto es universal en el sentido de que puede ser aplicado a todos los seres humanos en todas las circunstancias de tiempo y lugar concebibles.

Este principio ético que acabamos de enunciar, y que es la base de la fundamentación ética de toda economía de mercado, posee además otras importantes ventajas características. En primer lugar, destaca la gran atracción intuitiva que el mismo tiene para todos: parece obvio que si alguien crea algo de la nada, tiene derecho a apropiarse de ello, pues no perjudica a nadie(48) (antes de que creara no existía aquello que creó, por lo que su creación no perjudica a nadie y, como mínimo, beneficia al actor creativo, si es que no beneficia también a otros muchos seres humanos). En segundo lugar, el principio enunciado es un principio ético de validez universal muy relacionado con el principio tradicional del derecho romano relativo a la apropiación originaria de recursos que previamente no son de nadie (occupatio rei nullius), y que además permite resolver el paradójico problema planteado por la denominada “condición de Locke”, según la cuál el límite a la apropiación originaria de los recursos radica en dejar un “número” suficiente de los mismos para otros seres humanos. Y es que el principio basado en la creatividad que se acaba de enunciar hace innecesaria la “condición de Locke”: cualquier resultado de la creatividad humana no existía antes de ser descubierto o creado empresarialmente, por lo que su apropiación no puede perjudicar a nadie. La concepción de Locke, por tanto, sólo tiene sentido en un entorno estático en el que se presuponga que los recursos ya existen (están “dados”), no varían, y hay que distribuirlos entre un número predeterminado de seres humanos.

Concibiendo la economía como un proceso dinámico de tipo empresarial, el principio ético que ha de regular las interacciones sociales se basa en considerar que la sociedad más justa será aquella que de manera más enérgica promueva la creatividad empresarial de todos los seres humanos que la compongan, para lo cual es imprescindible que cada uno de ellos pueda tener la seguridad a priori de que podrá apropiarse de los resultados de su creatividad empresarial y de que éstos no le serán expropiados total o parcialmente por nadie, y menos aún por las autoridades públicas.

Por otro lado, debe concluirse que el principio básico de ética social que hemos enunciado basado en la propiedad privada de todo aquello que se crea y descubre empresarialmente y, por tanto, en el intercambio voluntario de todos los bienes y servicios, es simultáneamente la condición necesaria y suficiente de la eficiencia dinámica. Es una condición necesaria puesto que si no se respeta la propiedad privada de los frutos de cada acción humana se bloquea el incentivo más importante para crear y descubrir oportunidades de ganancia y la fuente fundamental de creatividad y coordinación que impulsa la eficiencia dinámica del sistema (es decir, el movimiento hacia la derecha de la correspondiente curva de posibilidades máximas de producción). Pero la ética de la propiedad privada no sólo es la condición necesaria de la eficiencia dinámica sino que es también su condición suficiente. Y es que dado el impulso vital que caracteriza a todos los seres humanos, un entorno de libertad en el que no se les coaccione y que respete su propiedad privada es condición suficiente para que se desenvuelva el proceso empresarial de creatividad y coordinación que caracteriza a la eficiencia dinámica.

Bloquear en cualquier grado la acción humana libre menoscabando el derecho de propiedad de aquello que crean los seres humanos cuando actúan empresarialmente, no sólo es dinámicamente ineficiente, pues bloquea la creatividad y la capacidad coordinadora de los seres humanos, sino que además es esencialmente inmoral pues tal coacción impide que el actor desarrolle lo que por naturaleza le es más propio, a saber, su innata capacidad para crear y concebir nuevos fines y medios actuando en consecuencia para tratar de lograr sus objetivos. En la medida en que la coacción del estado impida la acción humana de tipo empresarial, se limitará su capacidad creativa y no se descubrirá ni surgirá la información o conocimiento que es necesario para coordinar la sociedad. De ahí que el socialismo y, en general, el intervencionismo económico del estado no sólo sea dinámicamente ineficiente sino además éticamente reprobable(49) .

Precisamente son éstas las consideraciones que explican por qué el socialismo no sólo es un error intelectual, pues imposibilita que los seres humanos generen la información que el órgano director necesita para coordinar la sociedad vía mandatos coactivos, sino que, como ya hemos dicho, va contra la naturaleza del ser humano y es éticamente inadmisible. Es decir, el análisis hasta ahora realizado tiene la virtualidad de poner de manifiesto que el sistema socialista e intervencionista es inmoral, pues se basa en impedir por la fuerza que los distintos seres humanos se apropien de los resultados de su propia creatividad empresarial. De esta manera, el socialismo no sólo se manifiesta como algo teóricamente imposible y dinámicamente ineficiente, sino también y a la vez como un sistema social esencialmente inmoral, pues va en contra de la más íntima naturaleza del ser humano al impedir que éste se realice actuando con libertad y apropiándose de los resultados de su propia creatividad empresarial(50) .

Según nuestro análisis, por tanto, no hay nada más (dinámicamente) eficiente que la Justicia (rectamente entendida). Es decir, desde la concepción del mercado como un proceso dinámico, la eficiencia dinámica entendida como coordinación y creatividad surge del comportamiento de los seres humanos efectuado siguiendo unas específicas normas pautadas de tipo moral (en torno al respeto a la vida, la propiedad privada y cumplimiento de los contratos), de manera que el ejercicio de la acción humana sometida a estos principios éticos da lugar a un proceso social dinámicamente eficiente tal y como lo venimos definiendo en este trabajo. Y en esta óptica se hace ahora evidente por qué desde un punto de vista dinámico la eficiencia no es compatible con diversos esquemas de equidad o justicia (como erróneamente mantenía el segundo teorema fundamental de la economía del bienestar), sino que surge única y exclusivamente de uno de ellos (aquél que se basa en el respeto a la propiedad privada y a la función empresarial). Por eso, la oposición entre las dimensiones de eficiencia y justicia es falsa y errónea. Lo justo no puede ser ineficiente ni lo eficiente injusto. Y es que, en la perspectiva del análisis dinámico, justicia y eficiencia no son sino las dos caras de una misma moneda, lo cual, por otro lado, confirma el orden integrado y coherente que existe en el universo social. De esta manera, nuestro análisis en términos de eficiencia dinámica, no sólo nos permite descubrir qué principios éticos son los que la hacen posible, sino que además, y esto es incluso aún más importante a la vez que ambicioso, permite dar un tratamiento objetivo y científicamente unificado de todos los problemas sociales (51) .


Los principios de la moral personal y la eficiencia dinámica

Hasta ahora nos hemos referido a los principios más importantes de la ética social que constituyen el marco que hace posible la eficiencia dinámica. Fuera de este marco se encuentran los principios de la moral personal más íntima cuya influencia sobre la eficiencia dinámica hasta ahora ha sido raramente estudiada y que, en todo caso, se considera que forman parte de un ámbito distinto y separado del que constituyen los principios de la ética social. Sin embargo, no creemos que esta separación esté, en forma alguna, justificada. De hecho, existen una serie de principios éticos y morales de gran importancia cara a la eficiencia dinámica de los procesos sociales en relación con los cuales se da la siguiente paradójica situación: su falta de cumplimiento a nivel individual tiene un altísimo coste en términos de eficiencia dinámica pero, por otro lado, tratar de imponerlos utilizando la fuerza coactiva de los poderes públicos, genera también graves ineficiencias desde el punto de vista dinámico. De ahí la gran trascendencia que tienen determinadas instituciones sociales a la hora de transmitir e impulsar la observancia de estos principios de moral personal que, por su propia naturaleza, no pueden imponerse por la fuerza pero que, a su vez, son de gran importancia para hacer posible la eficiencia dinámica de la sociedad. Así, por ejemplo, a través de la religión y de la familia estos principios se internalizan por los diferentes seres humanos, que así aprenden a cumplirlos de forma habitual y a transmitirlos de generación en generación(52). Los principios relativos a la moral sexual, a la creación y mantenimiento indefinido de la institución familiar, a la fidelidad entre los cónyuges y al cuidado de los hijos, al control de los instintos atávicos y, en concreto, a la superación y control de la envidia malsana, etc., son todos ellos de una importancia capital para que el proceso social de creatividad y coordinación se desenvuelva sin dificultades y pueda impulsar al máximo la eficiencia dinámica en la sociedad.

La inobservancia individual de los principios morales siempre, por una u otra vía, termina generando altísimos costes en términos humanos que afectan no sólo personalmente al incumplidor, sino también a un grupo numeroso de terceras personas, relacionadas directa o indirectamente con él, pudiendo incluso llegar a bloquear en gran medida la propia eficiencia dinámica de todo el sistema social. Mucho más grave es la generalización de los comportamientos inmorales a través de procesos sistemáticos de corrupción moral que pueden llegar a paralizar completamente el proceso social sano y eficiente. El estudio, por tanto, en la perspectiva de la teoría económica de la eficiencia dinámica, del papel que cumplen los principios de la moral personal y las diferentes instituciones sociales que a nivel social hacen posible e impulsan su cumplimiento y mantenimiento, abre un importantísimo campo de investigación para los estudiosos que esperamos tenga una importancia determinante en el futuro.

Un ámbito que, por vía de ejemplo, puede llegar a ilustrar la posibilidad e importancia de efectuar un análisis en términos de eficiencia dinámica sobre los principios de la moral personal, puede ser el relativo al tipo de comportamiento que los cónyuges han de tratar de mantener y desarrollar, con esfuerzo y constancia, para sacar adelante sus respectivos matrimonios y hacer perdurar la institución familiar, todo ello en beneficio de sí mismos y, principalmente, de sus hijos. Y es que si, por ejemplo, por parte del padre de familia, se generalizan comportamientos en los que prepondere el deseo, más o menos frívolo, de tener siempre una acompañante joven y atractiva por encima de cualquier otra consideración, muy posiblemente terminará divorciándose de su mujer, precisamente cuando ésta haya alcanzado una edad ya madura y sus hijos sean relativamente mayores. Si se generalizan este tipo de comportamientos, muy posiblemente las mujeres empezaran a considerar antes de decidirse a contraer matrimonio y crear una familia, el alto riesgo de verse abandonadas, justo después de haber dedicado largos años a la crianza de los hijos, y precisamente cuando su edad y capacidad se encuentra ya mermada en el mercado laboral. Como resultado de todo ello, no sólo se destruirá un mayor número de matrimonios y familias sino que, además, y esto es aún más grave, disminuirá el ritmo de nuevos matrimonios y familias, se tenderá a producir un alargamiento de la soltería por parte de las mujeres con la finalidad de asegurar sus carreras profesionales y medios de vida independiente redundando, todo ello, en una drástica disminución de la tasa de natalidad. En ausencia de movimientos migratorios que puedan paliar la disminución de la natalidad y el consiguiente envejecimiento de la población, se resentirá el proceso social de creatividad y coordinación empresarial que alimenta la eficiencia dinámica. El avance de la civilización y el desarrollo económico y social exigen un volumen siempre creciente de población que sea capaz de soportar, entre un número de seres humanos cada vez mayor, el volumen en constante aumento de conocimiento social que genera la creatividad empresarial. Y es que, en última instancia, la eficiencia dinámica depende de la creatividad y capacidad de coordinación de los seres humanos que, a igualdad de circunstancias, tenderá a aumentar conforme crezca el número de éstos, lo cual sólo se hace posible si se mantiene un marco moral determinado de normas sobre las relaciones familiares.

Es fácil entender cómo, en este contexto de las relaciones familiares, los principios de la moral personal tienen una importancia determinante cara a la eficiencia dinámica. Y sin embargo, de forma simultánea, y tan sólo en apariencia paradójicamente, hay que descartar que tales principios puedan imponerse por la fuerza coactiva del estado de forma similar a como se defienden, por ejemplo, las normas jurídicas que son propias del derecho penal. En efecto, estas normas sobre todo se refieren a la prohibición de determinados comportamientos que implican el ejercicio criminal de la violencia o el engaño en contra de los seres humanos es decir, la violencia o amenaza de violencia física, o la obtención criminal de determinados resultados mediante el engaño o el fraude. Por contra, la imposición coactiva de los principios de la moral personal daría lugar también a gravísimos resultados de ineficiencia dinámica: las relaciones personales de tipo familiar, por ejemplo, forman parte del ámbito de la más estrecha intimidad del ser humano, en relación con la cual es prácticamente imposible que una tercera persona pueda hacerse con toda la información que es necesaria para juzgar con conocimiento de causa ni, muchísimo menos, para poner remedio a los posibles problemas, si es que las partes implicadas no tienen el suficiente interés o deseo de solucionarlos. Elevar, en lo que a sus posibilidades de imposición por la fuerza se refiere, al mismo rango de las normas jurídicas, todo el marco de principios de la moral personal, sólo daría lugar al establecimiento de una sociedad cerrada e inquisitorial en la que prácticamente desaparecería toda la libertad individual sobre la que descansa la función empresarial que es la única capaz de inducir la eficiencia dinámica en todo proceso social.

Las anteriores consideraciones evidencian la importancia de que se desarrollen procedimientos alternativos y no coactivos de control social que permitan el conocimiento, internalización y cumplimiento de las normas más íntimas de la moral personal. Entre ellos los sentimientos y principios religiosos, a su vez también adquiridos desde la primera edad en el ámbito familiar, cumplen un papel esencial (junto con la propia presión social de los otros miembros de la comunidad y la familia). Estos principios religiosos orientan la acción de los seres humanos, los ayudan a controlar sus impulsos más atávicos y, en suma, sirven también de guía que ayuda a decidir a la hora de seleccionar aquellas personas con las cuales decidamos tener una relación más íntima e, incluso, pasar juntos el resto de nuestra vida constituyendo una familia. Personas que, a igualdad de circunstancias, habrán de ser tanto más valoradas conforme sus principios morales parezcan ser más robustos y duraderos (53) .


El surgimiento evolutivo de los principios éticos: condicionamientos institucionales de la eficiencia dinámica

En otro lugar he definido el concepto de institución como “todo esquema pautado de conducta o comportamiento(54) ” y, en este sentido, del análisis efectuado hasta ahora es fácil deducir que el proceso social de creación y coordinación en que consiste la eficiencia dinámica, ha de ser pautado, es decir, ha de estar sometido a la ética y al derecho o, si se prefiere, a una serie de principios morales y de normas jurídicas.

En efecto, como ya se vio en su lugar, el acto empresarial básico consiste en comprar barato y vender caro, aprovechando una oportunidad de ganancia y coordinando así el comportamiento inicialmente desajustado de los agentes sociales. Este acto se frustraría o no se llevaría a cabo, si no se dieran garantías de que cada parte interviniente en el mismo fuera a cumplir sus compromisos; o si existiese, por ejemplo, algún vicio en el consentimiento de alguno de los contratantes, o si éstos lo dieran como resultado de fraudes o engaños, bien a la hora del pago, o de entregar la cosa con la calidad prometida. Por eso, principios básicos de tipo jurídico como el respeto a la vida, la posesión pacíficamente adquirida, el cumplimiento de los contratos y, en general, de las normas jurídicas que han evolucionado consuetudinariamente y que constituyen el derecho civil y penal dan lugar al armazón o pre-requisito institucional básico que hace posible la eficiencia dinámica. Otro tanto puede decirse de los principios de la moral personal que ya se han comentado en el apartado anterior y, en general, del derecho natural a la propiedad privada y de sus implicaciones, que integran el requisito de ética social fundamental en que se basa toda la eficiencia dinámica.

El hecho de que estos principios hayan surgido de manera evolutiva no obsta para que quepa reconocer que los mismos están insertos en la naturaleza del ser humano. O expresado de otra forma, la naturaleza del ser humano se plasma de forma evolutiva y éste, posteriormente, y a través de su análisis racional, es capaz de depurar los principios que evolutivamente van surgiendo de sus vicios lógicos y contradicciones, reforzándolos y aplicándolos a través de una labor de exégesis a las nuevas áreas y desafíos que van surgiendo en el devenir social. Por eso, todo análisis científico de la eficiencia social en su dimensión dinámica, ha de partir de reconocer que su elaboración nunca puede efectuarse en un vacío institucional o, dicho de otra manera, que el análisis teórico de la eficiencia dinámica es inseparable del estudio del marco institucional en el que se llevan a cabo los comportamientos empresariales. Por ello hay que ser especialmente críticos de la teoría económica del nirwana hasta ahora desarrollada por los economistas neoclásicos de la economía del bienestar que, con carácter mayoritario, se empeñan en enjuiciar los procesos reales de mercado en un completo vacío institucional, es decir, de espaldas a la realidad de las interacciones humanas, tal y como las mismas se dan en el mundo que nos rodea.

Se abre así, por tanto, un inmenso campo de investigación para el teórico especializado en economía aplicada, y que consistiría en la revisión y re-evaluación de todas y cada una de las instituciones sociales (económicas, jurídicas, morales, éticas e incluso lingüísticas) analizando el papel y la capacidad de cada una de ellas cara a impulsar la eficiencia dinámica del sistema económico. En otro lugar he explicado por qué el teórico, en esta labor, ha de ser especialmente riguroso y prudente, sobre todo porque analiza realidades sociales evolutivas muy complejas que conllevan un enorme volumen de experiencia e información, conforman la naturaleza humana y muchas veces son difícilmente comprensibles con el instrumental conceptual del analista(55) .

En el siguiente y último apartado de este trabajo vamos a exponer algunos ejemplos de aplicación práctica que ilustran, si quiera sea indiciariamente, por dónde creemos que podrá evolucionar el análisis económico de las instituciones sociales en el futuro si es que se aplica de manera coherente el concepto dinámico de la eficiencia económica que hemos expuesto.



Jesús Huerta de Soto
Catedrático de Economía Política
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

“Sólo podrá reproducirse total o parcialmente el contenido de este trabajo citando expresamente a su autor y al medio en donde fue originalmente publicado (indicado, en su caso, en la sección de bibliografía del Curriculum vitae). A quienes incumplan esta condición les serán aplicados las leyes civiles y penales que correspondan, a parte de las procedentes indemnizaciones por daños y perjuicios”.

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(47) Como ya hemos visto, a una conclusión semejante puede llegarse a partir del Teorema de Coase.

(48) Salvo en el caso de nuestro ejemplo del envidioso patológico y antisocial.

(49) Véase Huerta de Soto (2001) (b).

(50) El ímpetu de la creatividad empresarial también se manifiesta en el ámbito de la ayuda al prójimo necesitado y de la previa búsqueda y detección sistemática de situaciones de necesidad ajena. De manera que la intervención coactiva del estado, a través de los mecanismos propios del denominado estado del bienestar, neutraliza y, en gran medida, imposibilita el ejercicio de la búsqueda empresarial de situaciones perentorias de necesidad humana y de ayuda a los prójimos (y “lejanos”) que se encuentran en dificultades, ahogando así los naturales anhelos de solidaridad humana y bloqueando las acciones tendentes a ayudar a aquellos necesitados a través de la colaboración voluntaria y espontánea que tanta importancia tiene para la mayoría de los seres humanos. Este aspecto ha sido resaltado, entre otros, por Juan Pablo II en su Centesimus Annus: en el centenario de la Rerum Novarum, PPC, Madrid 1991, capítulo 4, epígrafe 49, p. 92.

(51) Un análisis más detallado de las anteriores consideraciones puede leerse en Huerta de Soto (2002), pp. 193-219.

(52) El papel de estas instituciones (familia, religión) cara a internalizar y convertir en habitual el cumplimiento de las normas más generales de ética social (relativas al derecho de propiedad) también es imprescindible. Toda la fuerza coactiva del estado sería insuficiente para hacer cumplir las normas más básicas de cooperación social sin la ayuda de este tipo de instituciones.

(53)Unas arraigadas convicciones religiosas y un comportamiento coherente con las mismas actúan como una especie de “certificado de garantía” sobre el cumplimiento futuro de las obligaciones familiares, lo cual disminuye (aunque no elimina) la incertidumbre inherente en toda decisión matrimonial y la posible frustración de expectativas, impulsando, con todo ello, el ajuste y la coordinación que hacen posible una sociedad próspera dinámicamente eficiente.

(54) Huerta de Soto (2001), pp. 69, nota 37.

(55) Huerta de Soto (1994), pp. 105-109.