I. Villalonga

IGNACIO VILLALONGA: SEMBLANZA DE UN POLÍTICO, BANQUERO Y LIBERAL

Ignacio Villalonga ha sido una de las personalidades más interesantes del panorama bancario español del siglo XX. Aunque su gran vocación fue la política (durante toda su vida militó en las filas del nacionalismo valenciano liberal y democrático) el advenimiento de la dictadura franquista le obligó a dedicar su gran capacidad de acción y energía intelectual al mundo financiero y, en menor medida, a la promoción del liberalismo económico, siendo capaz de culminar en estos campos importantes realizaciones cuya gran influencia ha perdurado hasta hoy.

Ignacio Villalonga Villalba nació en Valencia el 13 de julio de 1895, en el seno de una familia burguesa de gran tradición dedicada al comercio de productos agrícolas. Su padre, José María Villalonga Peris, tuvo una buena posición económica y llegó a ser uno de los directivos más importantes de la Sociedad Valenciana de Tranvías, que con el tiempo se convertiría en la Compañía de Tranvías y Ferrocarriles de Valencia (CTFV) que fue titular de las concesiones de transportes colectivos más importantes de la ciudad de Valencia y de su área periférica hasta el año 1964. Ignacio tuvo dos hermanos, José María, siete años mayor que él, que sucedería a su padre en la Sociedad Valenciana de Tranvías antes de ser asesinado durante la Guerra Civil, y Juan, así como una hermana llamada Marita.

Tras estudiar con los jesuitas, se licenció en Derecho en 1914 en la Universidad bilbaína de Deusto, doctorándose por la Universidad Central de Madrid en 1916 con una tesis titulada Régimen municipal foral valenciano: los jurados y el consejo. Como se ve, los primeros contactos de Villalonga con la tradición foralista y el nacionalismo liberal datan de los años de su juventud universitaria, en los que tuvieron una gran influencia en la formación de su pensamiento valencianista, no sólo el incipiente desarrollo del vasquismo del que fue testigo en sus años de estudiante en Deusto, sino también los debates que sobre este tema tuvieron lugar en el Ateneo de Madrid y la creciente influencia del pensamiento catalanista de Francesc Cambó.

En 1917 Ignacio Villalonga inicia su actividad profesional como abogado en ejercicio abriendo un importante despacho jurídico en la capital valenciana que, gracias a la capacidad personal de nuestro biografiado y a las iniciales recomendaciones de su padre, consiguió desde el primer momento un apreciable éxito. En ese mismo año, Villalonga, siempre muy hábil a la hora de saber rodearse de un equipo de personas de gran valía, integró en su bufete a un joven abogado que, a partir de entonces, habría de convertirse en su mejor amigo y más directo colaborador en todas sus tareas políticas y empresariales, Joaquín Reig Rodríguez. De edad y formación muy parecidas a las de Villalonga, Reig había nacido el 27 de octubre de 1896 y había ingresado muy joven en el cuerpo jurídico del ejército. El tándem Villalonga-Reig pronto compartió las mismas aficiones políticas, primero como miembro de la Joventut Valencianista, y después, a partir de 1918, como fundadores de la Unió Valencianista Regional que nació con el objetivo de lograr para el país valenciano lo mismo que la Lliga Regionalista de Joan Ventosa i Calvell y Francesc Cambó había hecho en Cataluña.

Aunque el posicionamiento político de ambos personajes, Villalonga y Reig, era muy similar no estaba exento de ciertos matices diferenciadores de interés, estando Villalonga, en cierto sentido, más orientado al conservadurismo religioso mientras que Reig se ubicaba en el más genuino centro político, liberal y secularizado (Pérez i Moragón, 2000). En todo caso, tanto uno como otro defendieron con ahínco el objetivo de impulsar el liberalismo político y económico mediante la descentralización autonómica tendente a disminuir los poderes centralistas de Madrid y a devolver a las regiones su plena autonomía financiera y cultural, todo ello en un entorno de libertad de comercio y de circulación de personas y capitales, que ellos consideraban la mejor receta para lograr el desarrollo económico y social de los pueblos así como la relación pacífica y armoniosa entre todas las naciones (Huerta de Soto, 1995). El mismo Villalonga, en agosto de 1918, publicó un importante artículo titulado “Valencianismo político”, en el que definía las líneas maestras de su concepción regionalista con las siguientes palabras: “aspiramos a reconstruir la región valenciana con una Asamblea, soberana en sus asuntos, y con un poder Ejecutivo, responsable ante ella, debiendo el Estado español reintegrarle aquellas funciones propias del organismo regional y que hoy injustamente detenta, y sobre todo una Hacienda propia y bien dotada. Junto con eso, la expresión del espíritu propio y la oficialidad del valenciano en aquellos pueblos que lo hablan” (Cucó, 1971, pp. 135-136).

Como se ve, el ideario político de Villalonga para el país valenciano estaba muy próximo al concepto de “Administración única” y plenamente descentralizada del que gozan algunos territorios forales españoles, como por ejemplo el de Navarra, y puede considerarse que para el caso concreto de la Comunidad Valenciana ya se ha alcanzado, al menos parcialmente, con su actual Estatuto de Autonomía.

El pronunciamiento del general Primo de Rivera en 1923 suspendió durante siete años las actividades de la Unió Valencianista Regional, de la que Villalonga era presidente, lo que le obligó, como luego veremos, a dedicar durante ese período una parte proporcionalmente mayor de su tiempo a las actividades empresariales. Sin embargo, a partir de 1930, Villalonga relanza la Unió Valencianista consiguiendo en las elecciones municipales de 1931 colocar a Joaquín Reig como concejal de su partido en el Ayuntamiento de Valencia. Aunque de convicciones monárquicas, tanto Villalonga como Reig supieron mantenerse fieles al nuevo régimen republicano que nació de estas elecciones y, a partir de 1932, retomaron con gran entusiasmo la defensa del valencianismo liberal, costeando entre ambos un semanario, El Camí, que hasta 1934 habría de servirles como principal portavoz y foro de sus ideas liberales y nacionalistas. No obstante lo anterior, en 1933, y con motivo de las elecciones generales del 19 de noviembre, Villalonga decide abandonar la Unió Valencianista Regional para integrarse en la CEDA a través de la Derecha Regional Agraria de Castellón, obteniendo su acta de diputado por esta provincia y perteneciendo a las comisiones de Hacienda, Presupuestos y Obras Públicas del Congreso de los Diputados durante los dos años siguientes. Villalonga justificó este cambio en su estrategia política con las siguientes palabras: “Hay que reconocer que la política desatentada, insensata, sectaria y demagógica de las Cortes y de los gabinetes republicanos al servicio del Socialismo, ha removido todos los grandes problemas, ha herido las fibras más sensibles de la conciencia católica y aun de la opinión laboral del país, ha lastimado los intereses más vitales de los españoles y ante eso, es lógico que se revuelva airada la gente con afán primario de defensa y no se detenga en las zonas más templadas de un partido de centro como Unió Valencianista. Ante esta situación, como a mí personalmente tan sólo me separaba de Derecha Regional Valenciana una cuestión de táctica política y acepto por lo demás los postulados todos de su programa en el orden religioso, en el social y en el político, he considerado, después de una madura reflexión y del debido asesoramiento, que mi deber me imponía el aceptar la disciplina de Derecha Regional Valenciana sin condición alguna y con la doble satisfacción de que al dar este paso no tengo que rectificar ninguno de los ideales que he profesado toda mi vida, ni renunciar a ninguna de mis amistades y afinidades políticas” (Pérez i Moragón, 1997, p. 30). A pesar de que el abandono de Villalonga supuso la liquidación de la Unió Valencianista Regional, Reig y otros de sus dirigentes de mayor talante centrista no se pasaron a la CEDA. Y así Joaquín Reig, y sin que esto supusiera menoscabo alguno en sus buenas relaciones de amistad y profesionales con Ignacio Villalonga, aceptó ir en las listas electorales de la Lliga, siendo también elegido diputado, y coincidiendo, por tanto, en las Cortes con el propio Villalonga durante los dos años siguientes. Es curioso señalar cómo, durante este periodo, y tras los hechos de octubre de 1934 que determinaron la suspensión del Estatut de Catalunya, el Gobierno de la República nombró a Villalonga Presidente de la Generalitat de Catalunya y Gobernador General con fecha 25 de noviembre de 1935. Por azares del destino su gobierno, que estaba constituido por diversas personalidades de la Lliga, la CEDA, y el Partido Radical, tan sólo duró tres semanas, hasta el 14 de diciembre de 1935. De nuevo Villalonga volverá a presentarse como candidato en las elecciones generales de 1936, dedicándose en cuerpo y alma al trabajo agotador y en gran medida frustrante que era propio de todo político que como él ejerciera de liberal y de derechas en una época revolucionaria. En efecto, como el mismo Villalonga confesó “a pesar de mi vocación, de mi pasión política, el resultado, por causas ajenas a mi voluntad fue decepcionante (…). Trabajé con todo entusiasmo y con el vigor que me daba mi madura juventud a veces doce y catorce horas diarias, pero la violencia de las luchas políticas, la inadaptación de los españoles a las normas del juego parlamentario, la falta de ideales en muchos, la esterilidad de las discusiones parlamentarias, el desorden público y la inestabilidad de los gobiernos esterilizaban toda labor seria” (Tortella Casares, 2000).

El inicio de la Guerra Civil el 18 de julio de 1936 pilló a Ignacio Villalonga de vacaciones en Navarra. Durante el conflicto Villalonga, hombre al fin y al cabo de orden, apoyó a las fuerzas del General Franco, dedicando buena parte de su actividad a mantener los suministros de petróleo para la zona nacional desde su puesto como presidente de CEPSA. En todo caso, la terminación de la guerra en abril de 1939 supuso para Villalonga el fin de su carrera política. Y a partir de los años de la posguerra, aunque fue miembro del Consejo Privado de Don Juan y nunca ocultó su talante liberal y democrático y su antipatía con el régimen autoritario y autárquico que terminó consolidándose, las circunstancias le obligaron a dedicar, con cuarenta y cinco años recién cumplidos, todos sus esfuerzos al mundo económico y financiero. Si Villalonga, a pesar de sus éxitos empresariales, fue o no plenamente feliz durante el período en que su carrera política se vio definitivamente truncada es una incógnita que probablemente nunca se desvelará.

Su gran amigo, el periodista Manuel Aznar, le hizo en relación con este tema el siguiente augurio: “Tú te entregarás a la banca; y triunfarás; pero tu vocación principal es otra: tú eres político (…) A quienes te conocemos nos será fácil advertir que tu felicidad terrenal suprema no se ha cumplido; porque tus anhelos mayores son políticos; y mientras no se cumplan, te encontrarás un poco fuera de ti mismo” (Aznar, 1973).

Villalonga y el mundo empresarial.

A pesar del carácter predominante de la vocación política de Villalonga, su relación con el mundo empresarial comenzó relativamente pronto. En efecto, ya en el año 1927 fue elegido miembro de la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Valencia, de la que fue nombrado presidente poco después. Igualmente, formó parte del Consejo Superior de Cámaras de Comercio de España y, en 1932, ocupó también la presidencia de la Junta de Obras del Puerto de Valencia.

Pero quizás el hecho más importante en la carrera de Villalonga como empresario y banquero, se produjo en el año 1927 cuando accedió al Consejo de Administración del Banco de Valencia. El hecho surgió, como ocurre en muchas ocasiones, por pura casualidad, a raíz de una conferencia que sobre “Aspectos de la Economía Valenciana” Villalonga pronunció el 30 de abril de 1927. En esta conferencia Villalonga puso de manifiesto la ausencia de una banca verdaderamente valenciana que pudiera apoyar al empresariado de la región, postulando la creación de un banco valenciano “fuerte, comercial y de negocios, que sería el exponente de la capacidad de nuestros capitalistas”. Uno de los asistentes al acto, el industrial Vicente Noguera Bonora (1891-1936) quedó muy impresionado con estas palabras y, en su calidad de presidente del Banco de Valencia, invitó a Villalonga a integrarse en su Consejo de Administración, inicialmente como consejero secretario o “secretario de actas” como entonces era costumbre. De esta manera, Villalonga pasó a ser miembro de un Consejo de Administración constituido, aparte de Noguera (presidente) y Casanova Llopis (vicepresidente), por los vocales Hernández Lázaro, Janini y Mosquera, Simó Marín, Romaní Alarcó, Galindo Gómez, Boluda Martínez, Navarro Pérez, y Mayans y de Sequeda, Conde de Trigona y cuñado de Carmen Jaúdenes, con la que Villalonga había contraído matrimonio en el año 1924. Muy pronto, la gran valía y capacidad de gestión de Villalonga, siempre ayudado por Joaquín Reig, empezaron a sobresalir en el Banco de Valencia, lográndose una serie de operaciones que, patrocinadas por ambos, fueron muy afortunadas para el banco.

Entre ellas destaca la operación que se efectuó en 1933, por la cual el Banco de Valencia, siguiendo el consejo de Villalonga, adquirió una participación de control en el Banco Internacional de Industria y Comercio. Villalonga se hizo entonces cargo de la representación de los intereses del Banco de Valencia en el Consejo del Banco Internacional de Industria y Comercio y, lo que a la larga fue aun más importante, pasó a ser miembro del Consejo de Administración de la Compañía Española de Petróleos (CEPSA), en la que este último banco tenía una participación estratégica. A la sazón, CEPSA, que había sido fundada en 1929 por Carceller, Figueras-Dotti, Ferrandis Luna y Recasens, era propietaria de una refinería de petróleos que se había construido en Tenerife y atravesaba serias dificultades como consecuencia de la caída en la demanda de petróleo derivada del advenimiento de la Gran Depresión en ese mismo año. De nuevo la impronta de Villalonga dejó notarse enseguida también en la gestión de CEPSA que, no sólo logró afrontar con éxito las dificultades del período recesivo sino que además, y como ya se ha indicado, una vez iniciada la Guerra Civil fue el instrumento fundamental que, gracias a los buenos oficios de Villalonga, que había sido nombrado presidente de la entidad en 1936, garantizó los suministros de gasolina a las fuerzas del General Franco.

El caso es que, terminada la Guerra Civil, Villalonga ya se había labrado una bien merecida fama de buen gestor capaz de rehabilitar y de impulsar empresas bancarias e industriales llevándolas hacia el éxito. Esto explica por qué en mayo de 1940, y mientras los consejeros del Banco de Valencia se esforzaban en reorganizar la entidad tras el conflicto bélico, el Consejo de Administración del Banco Central, entonces sumido en una profunda crisis, decidiera como última salida, y a instancias de su presidente Manuel Rodríguez Acosta, ofrecer a Ignacio Villalonga el puesto de consejero delegado, encargándole de la completa reorganización y salvación del banco. Al aceptar, Villalonga fue muy consciente del gran riesgo personal que asumían él y su familia, llegando incluso a comentar a los suyos que “voy a apartar lo imprescindible para que, si las cosas van mal, vosotras podáis comer; y el resto de nuestros bienes los voy a invertir en un banco que está prácticamente en quiebra” (Tortella Casares, 2000). Pero, en todo caso, Villalonga, con cuarenta y cinco años recién cumplidos y en la mejor etapa de su vida no dejó de aceptar este desafío, asegurándose, eso sí, siempre fiel a su concepción del trabajo en equipo, la colaboración de destacados elementos del Banco de Valencia, encabezados por Joaquín Reig que pasó a ser jefe de la Asesoría Jurídica y consejero del Banco Central.

La situación que Villalonga y Reig se encontraron al llegar al Banco Central fue mucho peor de lo que hubieran podido imaginarse. De hecho, llegaron a desanimar a sus amigos financieros de Valencia que intuyendo el éxito allí donde Villalonga iba, manifestaron su deseo de invertir en el Banco Central. Y es que, durante los primeros años, Villalonga se vio obligado a llevar a cabo una gestión draconiana basada en la reducción de costes y en el abandono de las empresas poco rentables en las que estaba implicado el banco. Sin embargo, el esfuerzo tenaz y la habilidad de Villalonga y de su equipo para emprender nuevos proyectos empresariales con gran rigor y dedicación, hizo que en pocos años el Banco Central no sólo se viera completamente saneado sino que además se convirtiera en uno de los más solventes y poderosos de nuestro país. De acuerdo con Gabriel Tortella Casares, la gestión de Villalonga en el Banco Central se basó en los siguientes cuatro principios: “primero, la reorganización del banco como empresa; segundo, la liquidación de los asuntos antiguos que se habían demostrado dificultosos o inviables; tercero, la inteligente adaptación a las circunstancias, es decir, el aprovechamiento del entorno inflacionista para: a) saldar las deudas del Banco Central; b) expansionar la actividad crediticia y c) crear un potente grupo industrial por medio de la consolidación de las antiguas empresas del Banco Central que eran rentables, las adquisiciones y absorciones de nuevas empresas, y el fomento de una red de contactos amistosos y comerciales; y cuarto, una extremada prudencia en las etapas iniciales de su gestión, que le permitieron el rápido saneamiento de una entidad cuya situación era realmente peligrosa” (Tortella Casares, 2000). En suma, la gestión de Villalonga al frente del Banco Central fue un completo éxito y en la Junta del 4 de marzo de 1944 fue elegido presidente de la entidad tras la dimisión de Rodríguez Acosta. A partir de entonces rigió sin trabas los destinos del banco hasta poco antes de su muerte, siempre con la colaboración inestimable de su vicepresidente Joaquín Reig Rodríguez.

La teoría económica ha puesto de manifiesto por qué en el sistema bancario que ha preponderado en los tiempos modernos, basado en un coeficiente de reserva fraccionaria, existe una tendencia irresistible a que los bancos privados se fusionen entre sí. De esta manera, no sólo logran una mejor gestión de sus reservas de liquidez, sino que además pueden potenciar su expansión crediticia, al minorarse el riesgo de insolvencia conforme aumenta la participación en el mercado bancario total. De hecho, cabría concebir una situación límite en la que todos los bancos privados se hubieran fusionado en uno sólo que tendría, por tanto, una capacidad de expandir el crédito prácticamente ilimitada, puesto que al ser todos los ciudadanos forzosamente clientes de ese hipotético único banco, no habría posibilidad alguna de que a través de la correspondiente cámara de compensación interbancaria se pusiera en peligro su liquidez en ninguna ocasión. Por otro lado, la teoría del capital evidencia de qué manera la expansión crediticia orquestada por el banco central y protagonizada por el entramado de bancos privados que de él dependen y que actúan con un coeficiente de caja fraccionario, tiende a inducir sistemáticamente graves errores de inversión, al enviar a los empresarios de manera general la señal errónea de que existe más capital disponible del realmente ahorrado por los agentes económicos. Surgen así de manera recurrente etapas sucesivas de auge artificial y recesión económica en las que tradicionalmente se ponen de manifiesto los errores de inversión cometidos y una parte importante de la cartera de préstamos de los bancos pierde gran parte de su valor, resintiéndose y poniéndose al límite, como consecuencia, la solvencia de éstos (Huerta de Soto, 1998).

Aunque es seguro que Villalonga no conocería plenamente todos estos elementos analíticos de la moderna teoría del capital, del crédito bancario y de los ciclos económicos, y como banquero privado a nivel individual no pudiera llegar a ser plenamente consciente de los procesos financieros macroeconómicos en los que se veía implicado, su gran viveza e intuición empresarial le llevó a adoptar una estrategia plenamente coincidente con los mismos. En efecto, bajo la égida de Villalonga el Banco Central reforzó su política de fusiones y adquisiciones de otras firmas bancarias, con lo que su participación en el mercado bancario español no dejó de aumentar hasta convertirse en uno de los cinco grandes bancos de nuestro país. Así, a partir de los años 40 el Banco Central absorbió la Casa Rodríguez Acosta, el Banco de Crédito de Zaragoza, el Banco Hispano Colonial y los famosos bancos catalanes Comercial de Barcelona (heredero del viejo Banco de Barcelona), Banca Marsans y Banca Arnús. También muy importante fue la absorción del Banco Internacional de Industria y Comercio con la que, el Banco Central, aparte de una muy interesante cartera de inversiones, adquirió los servicios de un joven ejecutivo que, con el tiempo, llegaría a ser su último presidente: Alfonso Escámez. En general todas estas absorciones se efectuaron en un contexto en el que los bancos absorbidos se encontraban, por las razones teóricas indicadas más arriba, en una difícil situación económica y de liquidez, por lo que la absorción era bienvenida y se efectuaba de mutuo acuerdo por ambas partes.

En lo que se refiere a la importante participación del Banco Central en el mundo industrial, Villalonga, si bien utilizó sistemáticamente la gran capacidad financiadora del banco para expandir sus inversiones en la economía real, siempre procuró impulsar sus proyectos industriales con un gran rigor en la gestión anteponiendo, ante todo, la solvencia y el resultado de la cuenta de pérdidas y ganancias, con el objetivo de lograr que todas las industrias en las que participaba tuvieran garantizada su viabilidad en la medida de lo posible. De esta manera, en las sucesivas recesiones que inexorablemente llegaban, sus empresas se encontraban en una situación marginalmente más favorable y, al menos en teoría, nunca habrían de llegar a producir graves problemas al Banco Central. Tres fueron los pilares básicos sobre los que se apoyó el grupo industrial de la entidad dirigida por Villalonga que pasamos a comentar con más detalle a continuación.

El primer pilar es el constituido por la Compañía Española de Petróleos, S.A. (CEPSA) a cuya presidencia accedió Villalonga en 1936, gracias a la participación indirecta de control que sobre esta entidad adquirió el Banco de Valencia antes de la Guerra Civil española. CEPSA pasó años de graves dificultades tras su fundación no sólo por la disminución en la demanda de productos energéticos que se derivó de la Gran Depresión de 1929 y de los años fuertemente recesivos que siguieron, sino también por los efectos sucesivos de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial que generaron graves problemas de transportes, un importante encarecimiento de los fletes y una evidente escasez de petróleo entre otros múltiples trastornos. Sin embargo, terminada la Segunda Guerra Mundial, las cosas empezaron a mejorar. El gran desarrollo del comercio internacional, junto con la estratégica situación geográfica de la refinería de CEPSA en Tenerife (especialmente a la hora de asegurar el suministro de crudo a las compañías navieras y a las líneas aéreas) hicieron posible, junto con la gestión siempre rigurosa de Villalonga y Reig, que CEPSA comenzara a prosperar y se convirtiera en una de las “joyas de la Corona” del grupo del Banco Central, así como en una de las mayores fuentes de divisas para la balanza de pagos española, pues la mayor parte de sus productos se exportaban y cobraban en dólares.

El segundo pilar importante del grupo industrial del Banco Central fue el constituido por la empresa Dragados y Construcciones, S.A., que había sido fundada el 5 de abril de 1941. Dragados también atravesó una situación crítica durante sus primeros años de vida estando a punto de suspender pagos, por lo que su principal acreedor, el Banco Central, no tuvo más remedio que hacerse cargo de su gestión. Para solucionar este dificilísimo trance Villalonga confió la presidencia de la constructora a su más íntimo colaborador Joaquín Reig que, desde un primer momento, supo organizar un equipo de gran valía que fue capaz de poner en números negros a Dragados y Construcciones en pocos años. Este equipo estaba encabezado por el tándem constituido por los ingenieros de caminos Luis Sánchez Guerra, que había sido el Gobernador General que había mantenido Guinea leal a la República durante toda la Guerra Civil, y Antonio Durán que había sido alférez provisional luchando en el bando nacional al lado de Franco. A pesar de que las opiniones y antecedentes políticos de ambos directivos de Dragados se encontraban en las antípodas, la “química” profesional y personal funcionó, y la empresa experimentó un notable desarrollo siempre bajo la presidencia de Joaquín Reig, siendo consejero delegado Luis Sánchez Guerra y director general Antonio Durán. De esta manera, Dragados fue escalando poco a poco puestos en el sector de la construcción española hasta convertirse en su líder indiscutible por tamaño y seriedad, posicionamiento que aún hoy en día en gran medida mantiene.

El tercer pilar del grupo industrial del Banco Central estuvo constituido por sus inversiones en empresas eléctricas. Aquí jugó un papel protagonista otro estrecho colaborador de Ignacio Villalonga, el ingeniero industrial y consejero del Banco Central Juan Antonio Bravo y Díaz Cañedo. Bravo, que también era miembro del Consejo Privado de Don Juan, durante un período de confinamiento en su Asturias natal al que había sido obligado por el general Franco, concibió y fue pionero de la introducción en nuestro país de los sistemas de generación de electricidad a 220.000 voltios que permitían y hacían económicamente factible su transporte a largas distancias, utilizando tecnologías desarrolladas por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y después comercializadas por la casa suiza Brown Bovery. Fruto de la colaboración de Bravo y Díaz Cañedo con Villalonga en este campo fueron la sucesiva fundación de las empresas Saltos del Nansa, S.A. y Saltos del Sil, S.A., cuyos principales embalses fueron inaugurados por el propio Franco en San Esteban (Sil) en septiembre de 1956. Además, en el montaje de la central eléctrica de San Esteban participó muy activamente Luis Reig, el hijo menor de Joaquín Reig, joven ingeniero industrial que se hizo cargo de la dirección técnica, y que con el tiempo tendría un papel preponderante en el impulso del liberalismo económico español que ha continuado hasta hoy.

Es cierto que no todas las empresas del grupo industrial del Banco Central fueron igualmente prósperas. Aparte de las ya mencionadas y que, sin duda alguna eran los buques insignia del grupo, otras muchas fueron menos afortunadas y se vieron muy afectadas, hasta el punto de no lograr sobrevivir en algunas ocasiones, tras la grave recesión inflacionaria que se produjo en los años setenta y, en especial, a partir del fallecimiento de Villalonga en 1973. Empresas como Material para Ferrocarriles y Construcciones (MACOSA), la Sociedad española de Construcción Naval, o la Sociedad Minero-Siderúrgica de Ponferrada pueden incluirse entre este segundo grupo de empresas que, desarrolladas al aliento del apoyo financiero del Banco Central, terminarían desapareciendo o siendo fuertemente reestructuradas por falta de la necesaria viabilidad económica.

La Fundación Ignacio Villalonga.

En el año 1949 se publicó en Estados Unidos la primera edición en inglés del tratado monumental del gran economista liberal austriaco Ludwig von Mises con el título de La acción humana: Tratado de Economía. Esta obra fue objeto de una laudatoria recensión por parte del columnista especializado en temas económicos de la revista Newsweek Henry Hazlitt que terminaba su artículo señalando que “si existe un único libro capaz de invertir la corriente hacia el estatismo, el socialismo y el totalitarismo que ha caracterizado los últimos años, ese libro es La acción humana”. Esta recensión fue leída por Joaquín Reig Albiol, hijo mayor de Joaquín Reig Rodríguez que, tras leer su tesis doctoral en Derecho sobre el contenido del tratado de economía de Mises habría de convertirse, junto a su ya citado hermano Luis, en uno de los más enérgicos defensores de la economía de mercado en nuestro país. Joaquín y Luis Reig han sido además los miembros españoles más activos de la Mont Pelerin Society, sociedad de economistas y filósofos liberales fundada tras la Segunda Guerra Mundial por el que después sería premio Nobel de Economía en 1974 Friedrich A. Hayek. Las discusiones teóricas en el hogar de los Reig, encontraron un campo abonado en el viejo nacionalismo liberal que de siempre había defendido el patriarca de la familia y terminaron llegando también a los oídos de Ignacio Villalonga que, además de simpatizante con las mismas ideas, recelaba cada más del intervencionismo del estado español en materia económica y del deseo de Suances y otros ministros franquistas por impulsar el Instituto Nacional de Industria financiando, con el dinero de todos los españoles, proyectos empresariales de muy dudosa viabilidad económica, que además ahogaban y entraban en flagrante y desleal competencia con los proyectos empresariales desarrollados por el sector privado (tal y como sucedió en los casos, por ejemplo, de REPSOL y CAMPSA respecto de CEPSA).

Por eso, cuando el 9 de diciembre de 1956 el Ayuntamiento de Valencia, a instancias de su alcalde Tomás Trenor, segundo Marqués del Turia, le concedió la medalla de oro de su ciudad natal, en un acto homenaje al que asistieron miles de invitados, Ignacio Villalonga anunció la creación de una fundación que habría de llevar su nombre y que estaría dedicada toda ella a publicar una Biblioteca de Estudios Económicos, a la que dotó con 700.000 pesetas, y que tendría como finalidad impulsar el conocimiento en nuestro país de “las doctrinas económicas que ofrecen como base la empresa privada, la iniciativa individual y el mercado libre de trabas frente a las tesis propugnadas por los teóricos de las soluciones socialistas y planificadoras en cuanto resulten dañosas a todos los miembros de la colectividad”. Tanto el contenido del acta fundacional como las ideas esenciales incluidas en la misma fueron redactadas por Joaquín Reig Rodríguez que sería designado patrono de la institución, aparte del mismo Villalonga que la presidía, su hijo José Ignacio Villalonga y Jaúdenes, Antonio Noguera Jiménez, el economista Jesús Prados Arrarte, Adolf Pizcueta, Juan Antonio Bravo y Díaz Cañedo y Joan Esterlich. Se inicia por tanto, a partir de 1957, y con carácter pionero en nuestro país, la publicación de una serie de libros de economía dedicados todos ellos al estudio y defensa de la libre empresa y la economía de mercado. El ya mencionado hijo mayor de Reig, Joaquín Reig Albiol, sería el encargado de prologar y hacer las notas y estudios introductorios para cada uno de los libros que publicaba la Fundación, siendo él mismo el traductor de alguna de las obras más importantes, incluyendo la primera edición en dos volúmenes, publicada por la propia Fundación Ignacio Villalonga, del ya citado tratado de economía de Mises que apareció en español en 1960 con el título de La acción humana. De esta manera, y a lo largo de un período de ocho años, fueron publicándose los siguientes volúmenes: La mentalidad anticapitalista, de Ludwig von Mises (1957); Bienestar para todos, de Ludwig Erhard (1957); La ciencia de la economía en una sola lección, de Henry Hazlitt (1958); Organización e integración económica internacional, de Wilhelm Röpke (1959); La ciencia económica ante la “inutilidad” del socialismo, de M. Eastman, L. von Mises, H. Hazlitt y W. L. Chamberlain (1959); La acción humana, de Ludwig von Mises (1960); Los fundamentos de la libertad, de F. A. Hayek (1961), y El gran descubrimiento, de Henry Hazlitt (1964) año en el cual los editores de la Biblioteca de Estudios Económicos consideraron que “se había dado cima a la tarea de ofrecer a los lectores de habla española el esfuerzo llevado a cabo por un notable elenco de economistas cuya labor tanto habría de influir en los investigadores y estudiosos evidenciando los errores en los que se debaten los teóricos del marxismo, los sugestionados por las falacias keynesianas y los seres bien intencionados que confían en el estado-providencia”.

No puede exagerarse el importante papel que tuvo la Biblioteca de Estudios Económicos de la Fundación Ignacio Villalonga en la España económica de aquellos años, que se debatía por desembarazarse de la autarquía e intervencionismo de la posguerra civil y que de manera titubeante se planteaba la iniciación de un plan de estabilización a imagen y semejanza del llevado a cabo por Erhard en la Alemania Federal después de la Segunda Guerra Mundial. Que los libros mencionados pudieran publicarse en nuestro país, en un entorno cultural caracterizado por una censura asfixiante y por su alto grado de intervencionismo y de desconfianza hacia todo lo que sonara a libertad económica, es altamente meritorio. Además el proyecto editorial comenzado por Ignacio Villalonga habría de tener continuidad pocos años después cuando a partir de su fallecimiento en 1973 se funda Unión Editorial que, impulsada igualmente por los hermanos Joaquín y Luis Reig Albiol, y bajo la dirección inestimable de Juan Marcos de la Fuente, ha venido publicando en nuestro país de manera incansable durante los últimos veinticinco años las principales obras que han aparecido en el mundo dedicadas al impulso de la economía de mercado, el estado de derecho y el liberalismo económico, proyecto editorial que ha tenido una gran influencia sobre la clase intelectual y política española y que, en gran medida, es responsable del cambio de opinión a favor de la economía de mercado que ha venido experimentándose en nuestro país en las últimas décadas (Pascual y Vicente, 1980). Es más, pronto se formó un grupo de jóvenes economistas que, aglutinados en torno a Joaquín y Luis Reig, constituyeron un seminario de teoría económica especializado sobre todo en la Escuela Austriaca de la economía liberal, y que tenía lugar todos los jueves por la tarde en el domicilio de Luis Reig en Madrid. Julio Pascual Vicente ha resumido la importancia que ha tenido este seminario en el pensamiento liberal de España de la siguiente manera: “En casa de Luis Reig, nos hemos venido reuniendo durante muchos años un grupo de unos treinta o cuarenta que, puntualmente todos los jueves, discutíamos un papel elaborado cada vez por uno. Recuerdo ahora, entre los más asiduos, a Lucas Beltrán, a Jesús Huerta de Soto, a Enrique de la Lama Noriega, a Juan Marcos de la Fuente-director de Unión Editorial proyecto de difusión de las “nuevas” ideas que pusimos en marcha a principios de los años 70-; después aparecerían en escena, por cuenta propia, Antonio Argandoña y Pedro Schwartz, que venía de su larga estancia en Londres con las nuevas ideas en la cabeza. Y Rafael Martos, Evaristo Amat, Luis Guzmán, Luis Moreno, y tantos otros buenos amigos, unos académicos y otros no, pero todos ellos economistas en el más originario sentido del término. Y más tarde aparecería José Luis Oller, estudioso de la escuela austriaca y nuevo director de Política Económica de la Generalidad. Y otros preparados economistas con las mismas inquietudes que siento no poder mencionar aquí. El Instituto de Economía de Mercado, la Unión Editorial, la Asociación para la Economía de las Instituciones y la Liga para la Defensa del Individuo serán más tarde los principales focos de investigación o de difusión. Al conjunto alguien lo bautizaría como escuela crítica de economía de Madrid” (Julio Pascual, 1980). Como se ve, la influencia que a la larga tuvieron los esfuerzos de Villalonga creando su Fundación sobre el mundo intelectual y académico español fue muy importante, especialmente a la hora de consolidar el reconocimiento de la economía de mercado en la nueva Constitución española y de impulsar el liberalismo económico en nuestro país tras el restablecimiento de la democracia.

Conclusión.

Ignacio Villalonga no pudo ser testigo de todas las beneficiosas consecuencias últimas que tuvieron sus iniciativas en el campo de la cultura económica. A partir del año 1966 su salud empezó a decaer, sufriendo un derrame cerebral en 1969 que le impidió en gran medida retomar su plena actividad empresarial y financiera. Aunque mantuvo su cargo de presidente del Banco Central, sus principales responsabilidades fueron asumidas a partir de esa fecha por su máximo colaborador Joaquín Reig Rodríguez que, además de vicepresidente del Banco Central, era presidente del Banco de Valencia, de CEPSA y de Dragados y Construcciones. Durante esos años llegaron a ser legendarios los discursos de Reig en las respectivas juntas generales de accionistas que, en identidad de criterio con los objetivos de la Fundación Ignacio Villalonga, dedicaban gran parte de su espacio a comentar desde la óptica liberal los acontecimientos del momento aprovechando siempre la oportunidad para exponer a los accionistas y al público en general, el punto de vista más favorable para la economía de mercado, el estado de derecho y el liberalismo económico.

Retirado en un sanatorio de Benicássim, Ignacio Villalonga falleció el 13 de noviembre de 1973 dejando viuda y ocho hijos. En el ámbito personal, Villalonga siempre fue un hombre muy austero en sus costumbres y ordenado en sus hábitos al que no le gustaba nada la vida social. Durante toda su vida fue muy religioso y practicante, rezando cada día el rosario y manteniendo en los distintos domicilios que tuvo en propiedad una sala como oratorio. Amante del buen comer y de la cocina tradicional valenciana pasaba largas temporadas en sus fincas agrícolas siendo muy aficionado a montar a caballo, afición que traspasó posteriormente a su hija Marita, que llegó a ser además de consejera del Banco Central propietaria de la cuadra Rosales, muy conocida entre los amantes de la equitación. Villalonga fue durante toda su vida muy leal a sus amigos, especialmente a José Galindo y, sobre todo, a Joaquín Reig, con el que paseaba a diario por el madrileño parque del Retiro, comentando todos los temas de la actualidad económica y política así como discutiendo las diferentes vicisitudes de las empresas que mutuamente gestionaban. En todo caso, Villalonga mantuvo sus principios políticos hasta el final de su vida, negándose a aceptar la cartera de Hacienda que en varias ocasiones le ofreció el General Franco, así como un título nobiliario que el anterior Jefe del Estado quiso concederle con motivo de la ya citada realización de las obras de los Saltos del Sil, título que Villalonga se negó a aceptar porque siempre consideró que tan sólo la Corona de España estaba legitimada para conceder tales honores.

Nota: agradezco a los hermanos Clotilde y Luis Reig Albiol toda la información y documentos que me han proporcionado para la elaboración de esta semblanza de Ignacio Villalonga.

Bibliografía:

Aznar, Manuel (1973). “Diálogo con Ignacio Villalonga en los caminos de Vinaroz”, La Vanguardia, número de 18 de noviembre de 1973.

Cucó, Alfons (1971). El Valencianisme politic: 1874-1936, editorial Lavínia, Valencia.

Huerta de Soto, Jesús (1995). “A theory of liberal nationalism”, Il politico, Universidad de Pavía, número de octubre-diciembre de 1995, págs. 583-598.

Huerta de Soto, Jesús (1998). Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, Unión Editorial, Madrid.

Pascual y Vicente, Julio (1980). “Los nuevos economistas españoles y el día en que perdí la inocencia”, El País, número del jueves 17 de enero de 1980, pág. 38.

Pérez i Moragón, Francesc (1996). “Ignacio Villalonga: una aproximación biográfica”, incluido en Régimen municipal foral valenciano: los jurados y el consejo, editado por el Banco de Valencia, Valencia 1997, págs. 23-41.

Pérez i Moragón, Francesc (2000). “El Valencianisme Liberal”, El País, edición valenciana, 8 de junio de 2000.

Tortella Casares, Gabriel (2000). “Ignacio Villalonga Villalba: 1895-1973”, publicado en Los 100 empresarios españoles del siglo XX, obra dirigida por Eugenio Torres, con prólogo de Gabriel Tortella, Lid Editorial Empresarial, Madrid.

Jesús Huerta de Soto
Catedrático de Economía Política
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

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