1. La concepción dinámica de la economía 53

PRIMERA PARTE:
CONCEPTO Y MÉTODO

CAPÍTULO II

INSTITUCIONES, PROCESOS DE MERCADO Y CREATIVIDAD EMPRESARIAL

Dada la transcendencia que, en nuestra opinión, tiene para entender la situación actual de los diferentes paradigmas de la Ciencia Económica, así como por su relevancia para analizar económicamente las diferentes instituciones sociales, expondremos en este capítulo la concepción dinámica de la economía basada en el estudio de los procesos de mercado que surgen espontáneamente de las interacciones humanas ejercidas en cada marco institucional.

Con este objetivo, por tanto, vamos a dividir nuestro análisis en tres partes diferenciadas. En la primera, analizaremos la génesis y evolución histórica de la concepción dinámica del mercado; en la segunda, explicaremos sus contenidos teóricos esenciales y, en especial, la teoría dinámica de la coordinación empresarial que se da en los mercados; para terminar, en tercer lugar, estudiando de qué manera el análisis teórico de los procesos de mercado puede aplicarse fructíferamente para potenciar el desarrollo de las distintas y más importantes áreas de la Ciencia Económica.


1. LA CONCEPCIÓN DINÁMICA DE LA ECONOMÍA

Aunque puede considerarse que la moderna concepción dinámica de la Economía nace en 1871, con la publicación del libro de Carl Menger (1840-1921) titulado Principios de Economía Política (Grundsätze der Volkswirthschaftslehre)(70), Menger recoge una tradición del pensamiento ya bastante estudiada (71) que en la Europa continental se remonta a los análisis de los escolásticos españoles de la Escuela de Salamanca (Siglos XVI-XVII) (72), y que antes que ellos podría remontarse incluso hasta la más rancia corriente del pensamiento jurídico clásico romano (73). El joven Menger, desde un principio, se dio cuenta de que la teoría clásica de la determinación de los precios, tal y como la misma había sido elaborada por Adam Smith y sus seguidores anglosajones, dejaba mucho que desear. Sus personales observaciones sobre el funcionamiento del mercado bursátil (durante algún tiempo fue corresponsal de bolsa para el Wiener Zeitung), así como sus propias investigaciones, le llevaron a escribir, a los 31 años de edad, y como nos indica Hayek (74), en un “estado de mórbida excitación”, un libro dedicado a establecer los nuevos principios sobre los que él estimaba habría de reedificarse toda la Ciencia Económica. Estos principios serán, esencialmente, el desarrollo de una Ciencia Económica siempre basada en el ser humano considerado como actor creativo y protagonista de todos los procesos y eventos sociales (subjetivismo), así como la creación en base al subjetivismo y por primera vez en la historia del pensamiento humano, de toda una teoría formal sobre el surgimiento espontáneo y evolución de todas las instituciones sociales (económicas, jurídicas y lingüísticas) entendidas como esquemas pautados de comportamiento.

La concepción de la acción como un conjunto de etapas subjetivas, la teoría subjetiva del valor y la ley de la utilidad marginal

La idea distintiva más original e importante de la aportación de Menger radica, precisamente, en el intento de construir la ciencia económica partiendo del ser humano, actor creativo y protagonista de todos los procesos sociales. Menger considera imprescindible abandonar el “objetivismo” de la escuela clásica anglosajona muy obsesionada por la supuesta existencia de entes externos de tipo objetivo (clases sociales, agregados, factores materiales de producción, etc.), debiendo el científico de la economía situarse, por el contrario, siempre en la perspectiva subjetiva del ser humano que actúa, de manera que dicha perspectiva habrá de influir determinante e inevitablemente en la forma de elaborar todas las teorías económicas, en su contenido científico, y en sus conclusiones y resultados prácticos (75).

Quizá una de las manifestaciones más típicas y originales de este nuevo subjetivismo que propone Menger haya sido su “teoría sobre los bienes económicos de distinto orden”. Para Menger, son “bienes económicos de primer orden” los bienes de consumo, es decir, aquéllos que subjetivamente satisfacen de forma directa e inmediata las necesidades humanas y, por tanto, constituyen en el contexto subjetivo y específico de cada acción el fin último que el actor pretende alcanzar. Para lograr estos fines, bienes de consumo o bienes económicos de primer orden, es preciso haber pasado con carácter previo por una serie de etapas intermedias, que Menger denomina “bienes económicos de orden superior” (segundo, tercero, cuarto, y así sucesivamente), siendo el orden de cada etapa más elevado conforme más alejada se encuentre la misma del bien final de consumo. Esta idea seminal de Menger no es sino la lógica consecuencia de su concepción subjetivista, en la medida en que todo ser humano pretende alcanzar un fin que para él tiene un determinado valor subjetivo, y en función de ese fin y motivado por su valor subjetivo, concibe y emprende un programa de acción constituido por una serie de etapas, que él considera que son necesarias para alcanzar dicho fin, etapas que precisamente adquieren una utilidad subjetiva en función del valor del fin que el actor espera lograr gracias a la utilización de los medios económicos de orden superior que cada una de las mismas representa. Esto es tanto como decir que la utilidad subjetiva de los medios o bienes económicos de orden superior vendrá determinada en última instancia por el valor subjetivo del fin o bien final de consumo que aquellos medios permitan lograr o alcanzar. Así, desde el punto de vista subjetivo del actor, por primera vez en la Ciencia Económica, y gracias a Menger, se teoriza en base a un proceso de acción constituido por una serie de etapas intermedias que emprende, lleva a cabo y trata de culminar el actor hasta lograr el fin o bien final de consumo (bien económico de primer orden) que se propone.

Todo ser humano, por tanto, al actuar pretende alcanzar unos determinados fines que habrá descubierto que son importantes para él. Denominamos valor a la apreciación subjetiva, psíquicamente más o menos intensa, que el actor da a su fin. Medio es todo aquello que el actor subjetivamente cree que es adecuado para lograr el fin. Llamamos utilidad a la apreciación subjetiva que el actor da al medio, en función del valor del fin que el actor piensa que aquel medio le permitirá alcanzar. En este sentido, valor y utilidad son las dos caras de una misma moneda, ya que el valor subjetivo que el actor da al fin que persigue se proyecta al medio que cree útil para lograrlo, precisamente a través del concepto de utilidad.

La concepción subjetivista de cada proceso de acción humana que debemos a Menger es su más original aportación a la Ciencia Económica y no, como hasta ahora se había creído, su descubrimiento, independiente y en paralelo con Jevons y Walras, de la ley de la utilidad marginal .(76) Y es que la teoría subjetiva del valor y el descubrimiento de la ley de la utilidad marginal no son sino el evidente corolario de la concepción subjetivista del proceso de acción que debemos a Menger y que acabamos de explicar. En efecto, el ser humano actor a lo largo de una serie de etapas valora los medios en función del fin que cree que los mismos le permitirán alcanzar, efectuándose dicha valoración no de manera global, sino en función de las distintas unidades intercambiables de medio específico que sean relevantes en el contexto de cada acción concreta. Siendo esto así, el actor tenderá a valorar cada una de las unidades intercambiables de medio en función del valor que la última de ellas tenga en su escala valorativa, puesto que de perder una unidad o de lograr una unidad más de medio, la correspondiente utilidad que se pierda o gane vendrá dada en función del valor que en la escala valorativa individual tenga el fin que se pueda perder o ganar como consecuencia de esa última unidad (77). Para Menger y sus seguidores, por tanto, la ley de la utilidad marginal nada tiene que ver con la saciedad fisiológica de las necesidades ni con la psicología, sino que es una ley estrictamente praxeológica, es decir, inserta en la propia lógica de toda acción humana.

La teoría económica de las instituciones sociales

La segunda aportación esencial de Menger consiste en haber explicado teóricamente el surgimiento espontáneo y evolutivo de las instituciones sociales a partir de la propia concepción subjetivista de la acción y de la interacción humanas. Así, no es ningún capricho ni casualidad que Menger dedicara sus Principios de Economía Política a uno de los historicistas alemanes más conspicuos, Wilhelm Roscher. Y es que, en la polémica doctrinal entre los partidarios de una concepción evolutiva, histórica y espontánea de las instituciones, representados por Savigny en el campo del derecho y Montesquieu, Hume y Burke en el campo de la filosofía y la ciencia política, frente a los partidarios de la concepción cartesiana estrechamente racionalista (representados por Thibaut en el campo del derecho y por Bentham y los utilitaristas ingleses en el campo de la economía), Menger cree, con su aportación, haber dado el espaldarazo teórico definitivo a los primeros. En efecto, la concepción subjetivista basada en el ser humano actor explica, a través de un proceso evolutivo en el que interactúan innumerables seres humanos, cada uno de ellos provisto de su pequeño acervo exclusivo y privativo de conocimientos subjetivos, experiencias prácticas, anhelos, sensaciones, etc., el surgimiento evolutivo y espontáneo de una serie de comportamientos pautados (instituciones) que en el campo jurídico, económico y lingüístico hacen posible la vida en sociedad. Menger descubre que el surgimiento de las instituciones es el resultado de un proceso social de gran duración temporal constituido por una multiplicidad de acciones humanas y liderado por una serie de seres humanos concretos de carne y hueso que, en sus circunstancias históricas particulares de tiempo y lugar, son capaces de descubrir antes que los demás que logran más fácilmente sus fines realizando determinados comportamientos pautados. Se pone de esta forma en funcionamiento un proceso descentralizado de prueba y error en el que tienden a preponderar los comportamientos que mejor coordinan los desajustes sociales, de manera que a través de un proceso social inconsciente de aprendizaje e imitación, el liderazgo iniciado por los seres humanos más creativos y exitosos en sus acciones se extiende y es seguido por el resto de los miembros de la sociedad a lo largo de sucesivas generaciones. Aunque Menger desarrolla su teoría aplicándola a una institución económica concreta, la del surgimiento y evolución del dinero, también menciona que el mismo esquema teórico esencial puede aplicarse, sin mayores dificultades, a las instituciones jurídicas y también al surgimiento y evolución de lenguaje (78). Se da así la paradójica realidad de que aquellas instituciones que son más importantes y esenciales para la vida del hombre en sociedad (lingüísticas, económicas, legales y morales) no han podido ser creadas deliberadamente por el hombre mismo, por carecer éste de la necesaria capacidad intelectual para asimilar el enorme volumen de información dispersa que las mismas conllevan, sino que han ido surgiendo de forma espontánea y evolutiva del proceso social de interacciones humanas que para Menger y sus seguidores constituye precisamente el campo que ha de ser el objeto de investigación de la Ciencia Económica (79).

Gran frustración debió producirle a Menger el hecho de que su aportación no sólo no fuera entendida por los catedráticos de la escuela historicista alemana, sino que además éstos considerasen que la misma suponía un peligroso desafío al “historicismo” (80). En efecto, en vez de darse cuenta de que la aportación de Menger era el respaldo teórico que necesitaba la concepción institucional y evolucionista de los procesos sociales, consideraron que su carácter de análisis abstracto y teórico era incompatible con el estrecho historicismo que propugnaban. Surgió así el famoso debate sobre los métodos, Methodenstreit (81), que hubo de ocupar las energías intelectuales de Menger durante varias décadas y que ha sido, junto con el debate sobre la imposibilidad del cálculo económico socialista, una de las polémicas más importantes y preñadas de consecuencias en toda la historia del pensamiento económico.(82)

La teoría del capital y del interés

El siguiente impulso más importante desarrollado después de Carl Menger se lo debemos a su más brillante alumno, Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914), que fue catedrático de economía primero en Innsbruck y luego en Viena, llegando a ser varias veces ministro del gobierno del Imperio Austro-Húngaro. Böhm-Bawerk, no sólo contribuyó a la divulgación de la concepción subjetivista que debemos originariamente a Menger sino que, además, expandió notablemente su aplicación al campo de la teoría del capital y del interés (83). Así, debemos a Böhm-Bawerk una obra importante, Capital e Interés, en la que de manera detallada examina críticamente todas las teorías preexistentes hasta la fecha sobre el surgimiento del interés (siendo especialmente agudo su análisis crítico de la teoría marxista de la explotación (84) y de las teorías que consideran que el interés tiene su origen en la productividad marginal del capital), elaborando además toda una nueva teoría sobre el surgimiento del interés basada en la realidad subjetiva de la preferencia temporal. En efecto, dado que el ser humano cuando actúa, a igualdad de circunstancias, pretende lograr temporalmente sus fines cuanto antes, sólo estará dispuesto a posponer la consecución de los mismos en el tiempo si es que con ello piensa que podrá lograr fines de más valor. O dicho de manera más sencilla, es una categoría inserta en la lógica de la mente de todo ser humano el hecho de que, a igualdad de circunstancias, toda persona pretende lograr sus fines cuanto antes, es decir, que prefiere los bienes presentes a los bienes futuros. De manera que sólo estará dispuesta a posponer la consecución de sus fines en el tiempo si es que con ello piensa lograr un valor diferencial mayor que es el que, en última instancia, explica el surgimiento, como precio de mercado de los bienes presentes en función de los bienes futuros, de la tasa social de preferencia temporal o interés. Aunque la aportación de Böhm-Bawerk no es completamente perfecta, y al final, casi sin darse cuenta, cayó parcialmente para explicar el interés en las redes de la errónea teoría de la productividad del capital que tan brillantemente había criticado en un principio, debemos, sin embargo, a Böhm-Bawerk el haber puesto los cimientos esenciales de una teoría del capital que después sería depurada de sus imperfecciones, completada y llevada hasta sus últimas consecuencias lógicas por autores como Frank A. Fetter (85) y Ludwig von Mises (86).

El coste como concepto subjetivo

Otro seguidor importante de Menger al que a menudo se menciona es Friedrich von Wieser (1851-1926), cuñado de Böhm-Bawerk y también catedrático, primero en Praga y luego en Viena. Aunque debemos a Wieser algunas aportaciones de interés, entre las cuales sobresale el desarrollo de la concepción mengeriano-subjetivista del coste, como el valor subjetivo que el actor da a aquellos fines a los que renuncia al actuar (concepto de coste de oportunidad), sin embargo, diversas investigaciones han puesto de manifiesto que Wieser era un teórico más influido por la Escuela de Lausana que por el propio Menger (87).

Siempre que el actor se da cuenta de que desea un cierto fin y descubre y selecciona unos determinados medios para alcanzar ese fin, simultáneamente renuncia a lograr otros fines distintos que para él ex-ante tienen un valor menor, y que cree que podrían alcanzarse utilizando alternativamente esos mismos medios a su disposición. Denominamos coste al valor subjetivo que el actor da a los fines a los que renuncia cuando decide seguir y emprender un determinado curso de acción. Es decir, la acción siempre implica renuncia; el valor que el actor da a lo que renuncia es su coste, y éste consiste en esencia en una valoración, estimación o juicio netamente subjetivo y prospectivo que ha de ser descubierto empresarialmente en cada circunstancia particular de tiempo y lugar por los actores implicados en cada acción. No existen, por tanto, costes objetivos que determinen el valor de los fines, sino que la realidad es justo la contraria: los costes como valores subjetivos se asumen (y, por tanto, vienen determinados) en función del valor subjetivo que los fines que realmente se persiguen (bienes finales de consumo) tienen para el actor. Para Menger y Wieser son los precios de los bienes finales de consumo, como plasmación en el mercado de las valoraciones subjetivas, los que determinan los costes en los que se está dispuesto a incurrir para producirlos, y no al revés.

La aplicación de la teoría de la utilidad marginal al dinero: la teoría del crédito y de los ciclos económicos

El alumno más brillante de Böhm-Bawerk fue Ludwig von Mises (1881-1973).(88) Mises pronto se hizo notar como el mejor de los alumnos que participaron en el seminario de Böhm-Bawerk antes de la Primera Guerra Mundial, y en 1912 publicó la primera edición de su primer libro importante de economía, La Teoría del Dinero y del Crédito (89). En esta obra Mises da un gran paso adelante y hace avanzar el subjetivismo de Menger aplicándolo al campo del dinero, fundamentando su valor en base a la teoría de la utilidad marginal. Además, Mises por primera vez soluciona el problema, aparentemente insoluble, del denominado “círculo austriaco”, consistente en el razonamiento circular que hasta entonces se pensó que existía en relación con la aplicación de la teoría de la utilidad marginal al dinero. En efecto, el precio o poder adquisitivo del dinero viene determinado por su oferta y demanda; la demanda de dinero a su vez la efectúan los seres humanos, no en base a la utilidad directa que el mismo proporciona, sino en función, precisamente, de su poder adquisitivo. Pues bien, Mises resuelve este aparente razonamiento circular mediante el teorema regresivo del dinero. De acuerdo con este teorema, la demanda viene determinada no por el poder adquisitivo de hoy (lo cual daría lugar al mencionado razonamiento circular), sino por el conocimiento que se formó el actor sobre el poder adquisitivo que el dinero tuvo ayer. A su vez, el poder adquisitivo de ayer vino determinado por una demanda de dinero que se forma en base al conocimiento que se tenía respecto de su poder adquisitivo de anteayer; y así sucesivamente hasta llegar a aquel momento de la historia en el que, por primera vez, un determinado bien comenzó a añadir a su mera “demanda industrial” una demanda adicional como medio de intercambio. Se trata, en suma, del mismo proceso teórico descubierto por Menger del surgimiento espontáneo del dinero, pero aplicado hacia atrás en el tiempo (90).

En la Europa continental La Teoría del Dinero y del Crédito pronto se convirtió en una obra estándar en el campo monetario e incluyó también, si bien de manera incipiente, el desarrollo de una notable teoría de los ciclos económicos, que con el tiempo vendría a ser conocida con el nombre de “Teoría del Crédito Circulatorio” o “Teoría Austriaca del Ciclo Económico”(91). En efecto, Mises, aplicando las teorías monetarias de la Currency School a las teorías subjetivistas del capital e interés de Böhm-Bawerk, se dio cuenta de que la concesión expansiva de créditos sin respaldo de ahorro efectivo a que daba lugar la institución bancaria basada en un coeficiente de reserva fraccionaria y dirigida por un banco central, no sólo generaba un crecimiento cíclico y descontrolado de la oferta monetaria, sino que también, al plasmarse en la creación de créditos a tipos de interés artificialmente reducidos, inexorablemente daba lugar a un “alargamiento” ficticio e insostenible de los procesos productivos, que tendían así a hacerse de forma indebida excesivamente intensivos en capital. La amplificación de todo proceso de inflación fiduciaria mediante la expansión crediticia, tarde o temprano, de manera espontánea e ineludible habrá de revertirse, dando lugar a una crisis o recesión económica en la que los errores de inversión se pondrán de manifiesto y surgirá el paro masivo y la necesidad de liquidar y reasignar todos los recursos erróneamente invertidos. El desarrollo por Mises de la teoría del ciclo hizo que, por primera vez, se integraran plenamente los aspectos micro y macro de la teoría económica, y que se dispusiera de un instrumental analítico capaz de explicar los fenómenos recurrentes de auge y depresión que afectaban al mercado intervenido. No es de extrañar, por tanto, que Mises fuera el principal impulsor de la creación del Instituto Austriaco de Coyuntura Económica, al frente del cual estuvo como director en un primer momento F.A. Hayek, y que este Instituto fuera el único capaz de predecir el advenimiento de la Gran Depresión de 1929, como inexorable resultado de los desmanes monetarios y crediticios de los “felices” años 20 que siguieron a la Primera Guerra Mundial (92). Además, es preciso señalar que Mises y después Hayek depuraron sus teorías sobre los ciclos en paralelo con su análisis sobre la imposibilidad teórica de la planificación que comentaremos a continuación, y de hecho la teoría del crédito circulatorio no es sino una aplicación particular de los efectos descoordinadores que la intervención institucional de los gobiernos en los campos fiscal, crediticio y monetario tiene (intra e intertemporalmente) sobre la estructura productiva.

El análisis económico sobre la planificación

La tercera gran aportación de Mises fue su teoría sobre la imposibilidad del cálculo económico socialista. Para Mises, tal imposibilidad, desde la óptica del subjetivismo mengeriano, era algo evidente(93). En efecto, si la fuente de todas las voliciones, valoraciones y conocimientos se encuentra en la capacidad creativa del ser humano actor, todo sistema que se base en el ejercicio institucionalizado de la coacción violenta contra el libre humano actuar, como es el caso del socialismo, impedirá el surgimiento de la información necesaria para coordinar la sociedad. Mises se dio cuenta de que el cálculo económico, entendido como todo juicio estimativo en términos de valor sobre el resultado de los distintos cursos o alternativas de acción que se abren al actor, exigía disponer de una información de primera mano y devenía imposible en un sistema como el socialista, que se basa en la coacción e impide, en mayor o menor medida, el libre intercambio voluntario (en el que se plasman, descubren y crean las valoraciones individuales) y el dinero entendido como medio de intercambio comúnmente aceptado. Por tanto, concluye Mises, allí donde no exista libertad de mercado, precios monetarios de mercado libre y/o dinero, no es posible que se efectúe cálculo económico “racional” alguno, entendiendo por “racional” el cálculo efectuado disponiendo de la información necesaria (no arbitraria) para llevarlo a cabo (94). Las ideas esenciales de Mises sobre el socialismo fueron ampliadas en su gran tratado crítico sobre este sistema social publicado en 1922 con el título de Die Gemeinwirtschaft: Untersuchungen über den Sozialismus, posteriormente traducido al inglés, al castellano y al francés (95). El Socialismo de Mises fue una obra que alcanzó una extraordinaria popularidad en la Europa continental y que tuvo, entre otras consecuencias, el resultado de hacer que teóricos de la talla de F.A. Hayek, inicialmente un socialista fabiano, Wilhelm Röpke y Lionel Robbins, cambiasen de opinión a partir de entonces y se convirtieran al liberalismo (96). Además, esta obra fue el detonante de la segunda gran polémica en la que se han visto implicados los seguidores de Menger, la polémica sobre la imposibilidad del cálculo económico socialista. Hace algunos años tuve la oportunidad de estudiar y reevaluar (97) los principales aspectos de esta polémica que, sin duda alguna, y tal y como por fin hoy se reconoce de manera generalizada incluso por los antiguos teóricos socialistas (98), fue ganada por Mises, Hayek y sus seguidores, y se encuentra entre las polémicas más interesantes y preñadas de consecuencias para la Ciencia Económica.

La teoría de la función empresarial

La consideración del ser humano como protagonista esencial e ineludible de todo proceso social constituye la esencia de la cuarta aportación de Mises al campo de la Ciencia Económica. En efecto, Mises se da cuenta de que la economía, que en un principio había surgido centrada en torno a un tipo ideal histórico en el sentido de Max Weber, el homo economicus, gracias a la concepción subjetivista iniciada por Menger, se generalizaba y convertía en toda una teoría general de la acción humana (praxeología)(99). Las características esenciales de la acción humana son estudiadas con detalle en la obra más importante de Mises, su tratado de economía titulado, precisamente, La Acción Humana y cuya primera versión en alemán apareció en 1940 (100). Mises considera que toda acción tiene un componente empresarial y especulativo, desarrollando una teoría de la función empresarial, entendida como la capacidad del ser humano para crear y darse cuenta de las oportunidades subjetivas de ganancia que surgen en su entorno actuando en consecuencia para aprovecharlas. Esta teoría de la función empresarial ha sido desarrollada en las dos últimas décadas por uno de los alumnos más brillantes de Mises, Israel M. Kirzner (1930-), actualmente catedrático de economía en la Universidad de Nueva York (101). La capacidad empresarial del ser humano, no sólo explica su constante búsqueda y creación de nueva información respecto de los fines y los medios, sino que es la clave para entender el surgimiento y evolución de las instituciones y la tendencia coordinadora que surge en el mercado de forma espontánea y continua cuando no se le interviene. Su adecuada comprensión es tan importante para entender la esencia del paradigma austriaco y la propia viabilidad de la teoría económica como ciencia que más adelante dedicaremos todo un apartado a analizarla con más detalle.

La metodología apriorístico-deductiva

Ya desde la Methodenstreit, los problemas de tipo metodológico y epistemológico fueron tratados con gran extensión por el propio Menger y sus seguidores. Entre estos destaca Mises, cuya aportación en este campo se encuentra entre las más interesantes de este economista austriaco. Efectivamente, para Mises, el hecho de que el científico “observador” no pueda hacerse con la información práctica que constantemente están creando y descubriendo de manera descentralizada los actores-empresarios “observados” explica la enorme dificultad de efectuar contrastaciones empíricas en nuestro campo.(102) Además, la inexistencia de hechos objetivos directamente observables en el mundo exterior, que se deriva de la circunstancia de que, de acuerdo con el subjetivismo, los objetos de investigación en economía no son sino las ideas que otros tienen sobre lo que persiguen y hacen,(103) que nunca son directamente observables, sino tan sólo interpretables en términos históricos, junto con el carácter constantemente variable y complejísimo de los acontecimientos sociales, en los que no existen parámetros ni constantes, sino que todo son variables, dificultan el objetivo tradicional de la econometría, y hacen poco viable el programa metodológico positivista en cualquiera de sus versiones (desde el verificacionismo más ingenuo al falsacionismo popperiano más sofisticado).

Para Mises, la concepción dinámica y subjetivista de la Economía, y en consonancia con la posición ya adoptada al respecto por Menger en la polémica sobre los métodos (Methodenstreit), hace inevitable que la metodología de la Ciencia Económica haya de ser apriorística y deductiva. Se trata, en suma, de construir todo un arsenal lógico-deductivo a partir de unos conocimientos autoevidentes (axiomas, tal como el propio concepto subjetivo de acción humana con sus elementos esenciales) que nadie puede discutir sin autocontradecirse. Arsenal teórico que es imprescindible para interpretar adecuadamente ese magma aparentemente inconexo de fenómenos históricos que nos inunda en el mundo social, y para elaborar una historia hacia el pasado, o una prospección de eventos hacia el futuro (papel del empresario) con un mínimo de coherencia. Se entiende ahora la gran importancia que Mises asigna a la historia, a su relación con la teoría y al papel del historiador, así como que haya definido al empresario como todo “aquél que mira al futuro con ojos de historiador”.(104)


La esencia de la metodología apriorística y deductiva parte de considerar inútil la pretensión de recurrir a los métodos tradicionales de las Ciencias Naturales para explicar el comportamiento o acción humana (“cientismo”).(105) El estudio de la acción humana ha de efectuarse siguiendo la concepción subjetivista y el denominado “individualismo metodológico”.(106) De acuerdo con este método, se parte de unos axiomas o principios de comportamiento autoevidentes. El origen de estos axiomas estaría en la estructura lógica de la mente humana, de acuerdo con Mises, o bien se derivarían de la introspección o íntima experiencia general y personal de cada ser humano, de acuerdo con Robbins o Rothbard.(107) Estos axiomas permiten interpretar ya en alguna medida la realidad histórica del hombre, y mediante la correspondiente cadena de razonamientos lógico-deductivos en la que se introducen los supuestos de la experiencia histórica que se consideran relevantes, se va construyendo toda una ciencia de la acción humana (denominada por Mises praxeología)

La Ciencia Económica, de acuerdo con esta concepción, tiene como objetivo interpretar y comprender los hechos que se dan en la realidad, centrando sus investigaciones en aquellos tipos de acciones humanas que se han dado en el pasado o que se estima pudieran surgir en el futuro. Sin embargo, esta referencia a la experiencia en forma alguna disminuye el carácter apriorístico y deductivo de la economía. De acuerdo con esta concepción, la experiencia única y exclusivamente se utiliza para dirigir la curiosidad del investigador hacia determinados problemas (aquéllos que en cada circunstancia histórica se consideren más relevantes). Nos dice qué es lo que se debe investigar, pero no dice la forma metodológica con la que debemos proceder para buscar nuestro conocimiento. De manera que no puede conocerse fenómeno alguno de la realidad si es que ésta no es interpretada previamente con los conceptos y teoremas de la acción humana obtenidos por procedimientos metodológicos (apriorístico-deductivos) distintos a los empiristas; además, solamente el pensamiento y en forma alguna la experiencia puede dirigir la investigación hacia aquellas hipotéticas clases de acciones humanas y de fenómenos que, sin haberse dado nunca en el pasado, puede concebirse, por algún motivo, que es posible que surjan en el mundo futuro real.

Para Mises, el más importante de los axiomas sobre los que se construye la Ciencia Económica es la propia categoría de la acción humana: es decir, los hombres descubren, crean y eligen, por tanteo, sus fines y buscan medios adecuados para conseguirlos, todo ello según sus individuales escalas de valor. Otro axioma nos dice que los medios, siendo escasos, se dedicarán primero a la consecución de los fines más altamente valorados y sólo después a la satisfacción de otros menos urgentemente sentidos (ley de la utilidad marginal decreciente, que ya hemos comentado con anterioridad). En tercer lugar, que entre dos bienes de idénticas características, disponibles en momentos distintos del tiempo, siempre se preferirá el bien más prontamente disponible (ley de la preferencia temporal). Otros elementos esenciales del concepto o categoría de la acción humana son que la acción siempre es prospectiva, se desarrolla en el tiempo, entendido en su concepción subjetivista, que el tiempo es un recurso escaso, y que las personas actúan con la finalidad de pasar de un estado a otro que imaginan les proporcionará más satisfacción, por lo que constantemente crean nuevo conocimiento y tienden a desechar la información que no les sea relevante. Basados en razonamientos lógico-deductivos y partiendo de estos axiomas, los defensores del apriorismo deductivo construyen la teoría económica, centrada en los problemas que se dan en la vida real, introduciendo en forma de supuestos en el lugar adecuado de la correspondiente cadena de razonamientos lógico-deductivos, aquellos hechos de la experiencia que interesan. Como antes hemos dicho, para interpretar estos hechos, es necesario previamente tener algún conocimiento teórico sobre la acción humana y sus implicaciones. Así, los hechos de la experiencia, conocidos e interpretados a la luz que proporciona la teoría de la acción humana, son utilizados posteriormente por ésta en forma de supuestos para construir teoremas relevantes para la vida real más complejos, y así sucesivamente en un proceso que jamás se detiene de continua extensión y profundización en el desarrollo de la Ciencia Económica.(108)

Por tanto, para Mises y sus seguidores, partiendo de los principios intelectuales incluidos en la categoría de la acción humana, y por meras deducciones lógicas en las cuales se introducen en los momentos adecuados aquellos hechos de la experiencia (supuestos) que nuestro conocimiento de la acción humana permite interpretar previamente, se construye una Ciencia Económica en conexión con la realidad que hace posible interpretar dicha realidad y que tan sólo utiliza en su formación conceptos apriorísticos, razonamientos lógico-deductivos e interpretaciones teóricas de la realidad (supuestos de la teoría).

De especial importancia para la concepción dinámica y subjetivista es la distinción entre teoría e historia. Y es que, de acuerdo con Mises, las ciencias de la acción humana estarían compuestas de dos grandes ramas: la Praxeología y la Historia. Siguiendo la tradición más puramente aristotélica una, la teoría económica (o praxeología), estudiaría la forma de los procesos de interacción humana; otra, la historia, se ocuparía de la materia concreta en que se plasman las interacciones humanas. Una y otra, forma y materia, teoría e historia, son igualmente importantes para adquirir un conocimiento adecuado de la realidad económica. Para Menger y Mises los dos errores más graves de la Ciencia Social son: primero, no distinguir adecuadamente entre Teoría e Historia; y segundo, el intentar extraer leyes teóricas, es decir, formales, de la historia (es decir, de la materia). En estos errores cayeron los historicistas alemanes (Schmoller, etc.) que se opusieron a Menger en la Methodenstreit, y también los positivistas más ingenuos del siglo XX.

La historia es la colección y estudio sistemático de los hechos de la experiencia que se refieren a las acciones humanas del pasado. La historia sólo puede construirse si se interpretan los hechos del pasado utilizando como instrumento las herramientas lógico-deductivas que proporciona la teoría general de la acción humana o praxeología. Sin embargo, no basta con la utilización de la teoría económica para construir la historia e interpretar los hechos del pasado. Es necesario, además, utilizar como conexión entre la teoría y los diferentes hechos observables del mundo exterior un elemento adicional que se conoce con el nombre de “comprensión timológica” (109). Mises denomina comprensión timológica a aquel conocimiento experimental y, por tanto, histórico, sobre el contenido de los juicios de valor humanos, las acciones que suelen ser determinadas por los mismos, así como las respuestas y reacciones de determinados tipos de personas. La historia, de acuerdo con esta concepción, se construye interpretando los hechos del pasado en base a la teoría (praxeología), pero utilizando en todo caso la comprensión timológica como conexión entre una teoría puramente apriorística y unos hechos que no son directamente observables en la realidad y que sólo se interpretan gracias a tal teoría. Esto hace que la historia se convierta, en la mayoría de los casos, en un difícil arte, (110)en el que no basta con conocer la teoría e interpretar los hechos del pasado, sino que además, hay que discriminar y seleccionarlos adecuadamente.

Puede considerarse que esta forma de interpretar la historia es similar a la interpretación de hechos del futuro, que ha de realizar, en general, cada hombre al actuar, y los empresarios en particular. Es decir, el hombre en su vida diaria actúa como actúan los historiadores, pero en relación con los hechos futuros, siempre que se ve forzado a planear su acción y actuar teniendo en cuenta determinadas creencias sobre como van a evolucionar los acontecimientos. Con la finalidad de realizar tales predicciones concretas, el hombre de a pie usa como instrumento sus conocimientos teóricos, interpretando con los mismos los hechos de la realidad inmediata que sólo él plenamente conoce (conocimiento privativo, subjetivo y disperso), utilizando siempre la comprensión timológica, es decir, su conocimiento sobre las circunstancias particulares del caso en que se encuentra, para predecir la evolución de los acontecimientos y planear de esta forma su acción cara al futuro. La incertidumbre en que se encuentra el hombre al actuar en relación con los hechos futuros es, por tanto, muy grande y sólo se puede minimizar, sin llegar nunca a anularla, si se posee unos buenos conocimientos praxeológicos y una profunda experiencia sobre los juicios de valor y motivaciones que llevan a los hombres a realizar determinadas acciones y a mostrar determinados comportamientos (es decir, una adecuada comprensión timológica), junto con unas buenas dosis de perspicacia empresarial. Corresponde, pues, al actor en general, y al empresario en particular, el realizar las predicciones sobre la evolución futura y concreta de los acontecimientos, utilizando para ello sus conocimientos teóricos y su experiencia. Pero el científico de la economía, de acuerdo con Mises y Hayek, de ninguna manera como tal científico puede efectuar predicciones específicas con unas coordenadas concretas de tiempo y lugar, es decir, predicciones de naturaleza cuantitativa, geográfica y temporal determinadas. Pues para ello necesitaría disponer de la información práctica que continuamente van generando los seres humanos observados, lo cual no es posible desde el punto de vista teórico. Si el economista se empeña como científico en llevar a cabo este tipo de predicciones específicas, abandonará de inmediato el campo científico de la economía para trasladarse al campo humano y empresarial de la predicción.

Según Mises, la validación de los conocimientos científicos en economía se efectúa, básicamente, intentando depurar los razonamientos lógico-deductivos de las falacias o vicios que puedan incluir en cada uno de los eslabones del proceso de desarrollo lógico-deductivo de la teoría. Por este motivo, el economista, de acuerdo con Mises, puede y debe “realizar su trabajo desde su sillón”, al igual que el lógico o el matemático. Y es que, y a pesar de las apariencias, la parte cualitativamente más difícil y, por tanto, de más valor en el desarrollo de nuestra ciencia, es la que consiste en el desarrollo y concepción de nuevas teorías y principios, y no en la recopilación y manejo de los datos estadísticos.

Una visión semejante a este enfoque es la mantenida por Robbins.(111) Robbins afirma que el análisis económico consiste en deducciones derivadas de postulados. Los postulados más importantes son hechos casi universales de la experiencia que surgen de la actividad humana que tiene un aspecto económico; el resto lo constituyen supuestos de naturaleza más limitada y descansan en las características generales de las situaciones particulares o tipos de situaciones para cuya explicación ha de saberse la teoría. Sin embargo, la concepción de Robbins es muy estrecha, puesto que, como hemos visto en nuestro análisis de la evolución de las diferentes definiciones de la Ciencia Económica, da por supuesto que ésta consiste en una mera técnica maximizadora en la que se trata de extraer el máximo de fines dados, a partir de unos medios también conocidos, concepción que deja fuera del análisis al verdadero protagonista del proceso social: el ser humano que utiliza su capacidad empresarial creativa para descubrir nuevos fines y medios coordinando, de forma espontánea, la sociedad.

Con independencia de las aportaciones de von Mises, Hayek y Robbins, un grupo cada vez más numeroso de jóvenes economistas está trabajando en la tradición de la concepción subjetivista y dinámica en lo que a método se refiere. Entre ellos, merece la pena destacar los trabajos metodológicos de Kirzner (112) , Rothbard (113 ) ,Egger (114) , Rizzo (115) , O’Driscoll(116) y, en general, los profesores de economía de influencia subjetivista de las universidades de Nueva York, George Mason, Auburn y Las Vegas en Estados Unidos, así como sus colegas en otras universidades de dentro y de fuera de América, que comentaremos más adelante (117).

Además, la crisis del positivismo está generalizando el interés de los economistas por la epistemología tradicional apriorístico-deductivas. En este sentido, son interesantes los trabajos de Wiseman y Caldwell, entre otros. Estos autores han puesto de manifiesto que la crítica efectuada a la metodología lógico-deductiva ha sido en muchos casos injustificadamente dura (118) (Samuelson llegó incluso al exceso de afirmar que la existencia de esta corriente “le hacía temblar por la reputación” de los economistas )(119), y peca a menudo por su carácter parcial y dogmático, puesto que, frente al “proyectil” que lanzan los subjetivistas, el Programa dominante de Investigación Científica sólo ha sabido oponer un desprecio cerrado y miope, dejando sin responder a los argumentos teóricos recibidos, en una torpe actitud estrictamente defensiva que le pone claramente en evidencia.

La utilización de la estadística en economía

La estadística y, en general, los métodos de recopilación y tratamiento de información empírica son de gran valor para la investigación histórica y para la economía aplicada. (120) Sin embargo, para los cultivadores de la concepción dinámica de la economía la estadística no es muy útil para el desarrollo de la teoría económica y ello por las siguientes razones:

En primer lugar, la estadística sólo permite recopilar información del pasado, y nunca información que todavía no ha sido creada o descubierta empresarialmente por los actores económicos (porque tal información aún no existe). En segundo lugar, la estadística tan sólo proporciona información sobre algunos elementos de los resultados de los procesos sociales que se dan en la realidad, pero no proporciona información sobre la estructura formal de dichos procesos, cuyo conocimiento constituye precisamente el objeto de investigación de la teoría económica; o dicho de otra forma, la estadística no puede proporcionar conocimientos estrictamente teóricos (en creer esto consistió, precisamente, el error en que cayeron los historicistas de la escuela alemana del Siglo XIX y los positivistas ingenuos del siglo XX). En tercer lugar, como puso de manifiesto Hayek (121) en su discurso de investidura como Premio Nobel, en muchas ocasiones los agregados que son medibles estadísticamente carecen de sentido teórico, y viceversa, muchos conceptos con un sentido teórico transcendental no son fácilmente medibles ni permiten un adecuado tratamiento estadístico.

Por ejemplo, muchos agregados de naturaleza macroeconómica que se miden estadísticamente, como la renta nacional, la formación bruta de capital, etc., utilizan para su estimación y determinación precios de mercado, que no son precios de equilibrio, sino siempre precios históricos de desequilibrio, por lo que los bienes, servicios y precios considerados incorporan innumerables incoherencias y desajustes, que son resultado de la existencia en todo estado de desequilibrio de planes contradictorios entre los agentes económicos. Esto hace que los agregados estadísticos carezcan de sentido o tengan un sentido muy distinto al que generalmente se les atribuye por parte del vulgo e incluso de los especialistas. En efecto, si se han construido por error veinte mil apartamentos en la costa, en los que se han empleado una gran cantidad de recursos escasos humanos y materiales (cemento, hierro, etc.) que eran mucho más urgentemente necesitados en otros lugares; y simultáneamente se han emprendido proyectos de turismo y diversión que son incompatibles con los mencionados apartamentos, el incluir unos y otros como formando parte del mismo concepto de renta nacional es un error teórico que quita significación estadística a los correspondientes agregados. De la misma manera la extinta Unión Soviética aparecía estadísticamente como el mayor productor del mundo de patatas y tractores; y, sin embargo, gran parte de las patatas “producidas” no llegaban al consumidor, y muchos tractores yacían oxidándose sin ser utilizados (122).

Y en cuarto y último lugar, la economía teórica, en suma, siempre trata sobre procesos espontáneos de coordinación y transmisión del conocimiento disperso entre los seres humanos, conocimientos que, al consistir en ideas en constante creación, no pueden ser medidos ni recogidos estadísticamente.

Habiendo establecido, por tanto, que la estadística, como mucho, puede tener la función de ayudar al historiador en su difícil arte de recopilar, seleccionar y tratar información relevante del pasado histórico, pero que no proporciona conocimientos estrictamente teóricos, pasamos a continuación a discutir las limitaciones que el análisis matemático tiene en el campo de la economía.

La utilización de las matemáticas en economía

El uso indiscriminado de las matemáticas en economía, que hoy en día se ha hecho tan común en la mayor parte de las más prestigiosas revistas científicas y en muchos libros sobre la materia, conlleva riesgos que hacen que el teórico constantemente deba replantearse si el uso del lenguaje matemático compensa o no sus posibles costes.

En primer lugar, hay que reconocer que los economistas matemáticos normalmente hacen sus razonamientos económicos y llegan a sus conclusiones utilizando la lógica verbal, y sólo después traducen unos y otros al lenguaje matemático, generalmente porque les parece que sus trabajos son así de más valor “científico” y, en todo caso, más respetables. En esta postura hay mucho del tradicional complejo de inferioridad frente a las ciencias naturales que subyace en el subconsciente de muchos científicos sociales, y ante el cual ya nos puso en guardia Machlup.(123) Es evidente que, cuando se actúa sólo por estas razones, se está violando, al menos, el importante principio de economía intelectual de Ockham, según el cual hay que procurar evitar la innecesaria multiplicación de entes (124).

En segundo lugar, a menudo se argumenta que es necesario utilizar el lenguaje matemático porque es más preciso que el lenguaje verbal. Sin embargo, el matemático Karl Menger, hijo del famoso economista fundador de la Escuela Austriaca, ha argumentado que el lenguaje verbal es siempre más general y flexible, pero en forma alguna es menos preciso, que el propio lenguaje matemático (125).

En tercer lugar, en matemáticas los pasos intermedios no tienen per se sentido económico, sino tan sólo tienen un sentido meramente operacional y automático. Por el contrario, en el razonamiento económico, el sentido más importante es, precisamente, el de los pasos intermedios, por lo que ha de efectuarse un continuo esfuerzo para depurarlos de vicios lógicos y mantenerlos siempre en contacto con la realidad económica que se pretende estudiar, de manera que jamás pierdan su correcto sentido teórico (126) .

Las matemáticas pueden ser, por tanto, peligrosas si no se utilizan con cuidado en nuestra ciencia y se convierten en un velo que oculte y no permita identificar cuáles son los errores de estricta lógica económica que se cometen en los mencionados pasos intermedios. Y es que éstos pueden gozar de una impecable lógica matemática y, sin embargo, perder con la mera operativa matemática su correcto sentido estrictamente económico. Por tanto, es muy fácil llegar mediante el automatismo de las operaciones matemáticas a conclusiones económicamente erróneas, sin que el teórico se dé cuenta de ello y que, por venir aparentemente avaladas por la “garantía” que supone el haber realizado correctamente las operaciones matemáticas intermedias, se piense que las conclusiones o resultados obtenidos por fuerza hayan de darse en la realidad económica. Diversos ejemplos de estos errores a que puede dar lugar la utilización de las matemáticas se encuentran en la historia del desarrollo de la teoría económica. Así, por ejemplo, el denominado “teorema del exceso de capacidad” en la teoría de la competencia imperfecta, y que no es sino una conclusión estrictamente geométrica, a la que se llega dado que en la función de costes medios se supone una determinada forma curvilínea que, por fuerza, ha de ser tangente con la curva de demanda siempre a la izquierda del punto mínimo de los costes medios. La conclusión es “impecable” desde el punto de vista geométrico, pero repugna la lógica económica más elemental pensar que los empresarios vayan a mantener, a sabiendas y con carácter indefinido, un exceso de capacidad en perjuicio propio. Además, si la curva de costes medios tuviera una forma distinta, por ejemplo rectilínea con vértice en el punto mínimo de costes medios, no se da la conclusión del teorema del exceso de capacidad.(127)

Otro ejemplo que podemos mencionar del peligro del automatismo operacional de las matemáticas en economía, es la teoría del multiplicador keynesiano de la inversión. En efecto, se basa éste en una operación puramente mecánica que oculta fenómenos y procesos económicos de interés que se dan en la práctica (quién invierte primero, quién después; qué pasa con los precios relativos de los bienes de consumo y de inversión en el proceso; qué sucede con la estructura productiva real; en qué casos se invierte bien o mal, etc.).(128)

En cuarto lugar, la utilización de las matemáticas facilita caer en el razonamiento circular, o de mutua determinación, que no es capaz de explicar e impide analizar cuál es el origen y la dirección de los fenómenos económicos. Esto sucede, por ejemplo, cuando se utiliza el análisis funcional, dado que toda función de la forma y = f(x) puede reescribirse a la inversa en la forma x = g(y). De manera que utilizando exclusivamente el análisis funcional no llega a estar completamente claro si son las cantidades las que se determinan en función de los precios, q = f(p), o son los precios los que se determinan en función de las cantidades, p = g(q). O si el interés viene determinado por la preferencia por la liquidez o viceversa, la preferencia por la liquidez viene determinada por el interés. Estas preguntas que tanto desconciertan a los alumnos (y también a algunos profesores) surgen cuando se considera que los fenómenos económicos resultan exclusivamente de funciones o curvas que surgen en un vacío institucional, y no de la acción concreta de los seres humanos ejercida en un contexto histórico determinado. Y es que las funciones son muy útiles en el mundo de la ciencia natural, en donde hay relaciones constantes y parámetros medibles y no se conoce la causa última de los fenómenos. Pero son de más difícil y peligrosa aplicación en el campo de la ciencia social, en donde todo son variables y sí se conoce cuál es la causa última de los fenómenos económicos (la acción humana), por lo que la utilización poco escrupulosa del análisis funcional corre el peligro de poner un velo que impida al teórico llegar a conocer el origen y dirección de los fenómenos que estudia. Por eso, lo ideal sería que en nuestra disciplina las explicaciones fueran de tipo genético-causal, más que funcional, es decir, efectuadas en términos de fines, medios y procesos en los que se conozca el origen o fuente de todos los fenómenos (la acción humana individual), de manera que, a partir de ahí, puedan construirse unidireccionalmente todas las teorías económicas.

En quinto lugar, el economista matemático casi sin darse cuenta se ve obligado a centrarse en el estudio del modelo de equilibrio, en el que se presupone que toda la información necesaria para construirlo se encuentra “dada” (bien sea en términos ciertos o probabilísticos) tanto para los observados como para el observador. Es decir, el economista matemático se ve ineludiblemente forzado a presuponer que el problema económico fundamental de estudiar cómo surge la información y cómo ésta se transmite coordinando los procesos sociales, ya ha sido resuelto con carácter previo. Y es que el mundo del equilibrio es el más fácilmente matematizable, dado que los procesos dinámicos de transmisión de información, que constituyen un objeto esencial de estudio de la economía, sólo admiten el flexible tratamiento de la lógica verbal, pero no una formulación y operativa matemáticas que, como hemos visto, no permiten incorporar a cada paso intermedio nueva información de gran relevancia que no existe mientras no sea creada por los actores y que sólo surge de una manera secuencial y no simultánea. Como tan concisamente ha expresado Hans Mayer: “In essence, there is an immanent, more or less disguised, fiction at the heart of mathematical equilibrium theories: that is, they bind together, in simultaneous equations, non-simultaneous magnitudes operative in genetic-causal sequence as if these existed together at the same time. A state of affairs is sychronized in the ‘static’ approach, whereas in reality we are dealing with a process. But one simply cannot consider a generative process ‘statically’ as a state of rest, without eliminating precisly that which makes it what it is”.(129)

A los anteriores comentarios podríamos añadir con carácter subsidiario otros dos, que también tienen cierto interés.

En sexto lugar, y en relación con aquellas partes de la teoría económica en las que se ha extendido el uso del cálculo infinitesimal, (130) hay que recordar que todas las decisiones y acciones humanas son siempre discretas y no continuas. En economía, por tanto, son las unidades relevantes en el contexto de cada acción las que se tienen en cuenta a la hora de actuar y éstas son siempre discretas y nunca infinitesimalmente pequeñas. Habría, por tanto, que cuestionarse hasta qué punto conceptos tales como los de la elasticidad de la demanda “en un punto” y otros que han sido directamente importados del mundo de la física aplicada, tienen un sentido económico enteramente adecuado.

Y en séptimo y último lugar, es preciso mencionar la sin duda alguna exagerada crítica efectuada por Lord Bauer al uso de las matemáticas en economía, y para el cual las matemáticas en ocasiones se utilizan “para vestir con apariencia científica teorías falsas o sin un claro fundamento”.(131)

Es claro que la econometría, y por utilizar de manera conjunta los métodos estadísticos y matemáticos con el objetivo de impulsar el desarrollo de la teoría económica es más que doblemente arriesgada, dada la sinergia de peligros a que da lugar, y no es de extrañar que en los trabajos de evaluación del desarrollo reciente de esta disciplina incluidos, por ejemplo, en The New Palgrave, se mencione de forma expresa cómo se han frustrado las grandes esperanzas que se habían puesto en los modelos econométricos como instrumento para impulsar el desarrollo de nuestra Ciencia y hacer factible la política y planificación económicas.(132)

Podemos, por tanto, concluir que, de acuerdo con la concepción dinámica del mercado, es poca la utilidad que las matemáticas pueden tener para impulsar el desarrollo de la Ciencia Económica. Aun cuando la crítica al enfoque matemático en economía no sea exclusiva del enfoque subjetivista que tiene su origen en Carl Menger (133), sus cultivadores han sido los críticos más representativos y que con más coherencia han analizado el problema. Las discusiones sobre este tema tienen, además, una cierta relevancia práctica en relación con la enseñanza de Economía Política en las Facultades de Derecho, en las que el alumnado suele tener una comprensible aversión a las explicaciones que utilizan el formalismo matemático. Y es que, si la explicación de la economía en términos lógicos y literarios se efectúa no sólo por razones prácticas de conveniencia cara al alumnado, sino también por razones teóricas y metodológicas fundamentales, ello puede terminar teniendo un efecto positivo muy importante sobre la forma de impartir clases de Economía Política en las Facultades de Derecho.

De acuerdo con la concepción dinámica de la economía, ésta es una ciencia sobre hechos de la vida real, sobre categorías de la acción humana que están inmersas en la mente de todo hombre y que poco tienen que ver con las fórmulas y operaciones del lenguaje matemático. Sus cultivadores resaltan cómo las matemáticas son adecuadas, como mucho, para recoger los estados repetitivos en equilibrio que se dan en el mundo de la mecánica. De ahí que los economistas matemáticos hayan ido paulatinamente alejándose de la realidad, limitando sus estudios a los modelos económicos en equilibrio, pues son los que más fácilmente admiten un tratamiento matemático explícito. Este hecho es considerado perjudicial, pues tiende a hacer confundir el verdadero objeto de la Ciencia Económica. El objeto de la Ciencia Económica es, para la concepción subjetivista, el estudio de los procesos dinámicos de mercado, procesos que explican que en toda economía exista una tendencia hacia un equilibrio; equilibrio que, sin embargo, nunca se alcanza, como consecuencia de la constante creación de nueva información por parte de los actores conforme se desenvuelve el propio proceso. De manera que el objeto de la economía sería estudiar los procesos que llevan hacia el equilibrio, pero no el equilibrio en sí mismo, que es sólo una construcción lógica de carácter auxiliar que ha sido creada por los economistas con la finalidad de comprender mejor tales procesos. Así, para Mises, el método matemático debe ser rechazado, no sólo por su inutilidad, sino también porque es un método que parte de falsos supuestos (la existencia de relaciones constantes entre las variables económicas, la disponibilidad de toda la información que sea necesaria, etc.) y, además, lleva a conclusiones falaces, pues las mismas sólo son aplicables a estados de equilibrio que nunca se dan en la realidad (134).

Las anteriores consideraciones pueden ilustrarse analizando las consecuencias que la utilización de las matemáticas ha tenido prácticamente en todos y cada uno de los capítulos más importantes de nuestra disciplina. Así, en la teoría de la “competencia” perfecta, que ha creado un modelo que tiene poco que ver con la competencia tal y como ésta se da en la realidad, y que no es sino un proceso dinámico de rivalidad en el que los actores tratan de superarse a sí mismos y a los demás, por lo que el modelo matemático de “competencia” perfecta no puede explicar adecuadamente los procesos reales dinámicos de mercado, que son los que debieran interesar al economista; la economía del bienestar, que paradójicamente pretende juzgar los hechos económicos de la vida real que siempre son dinámicos, a la luz de un modelo de equilibrio que no se ha extraído de ella: el modelo de equilibrio general;(135) el problema del cálculo económico en las economías socialistas, que erróneamente se estimó como posible por los economistas matemáticos, precisamente porque en sus modelos con carácter previo se había partido de suponer que el órgano central de planificación podía llegar a poseer toda la información necesaria para elaborar un sistema de ecuaciones simultáneas, desconociéndose que de hecho el problema económico fundamental consiste precisamente en cómo adquirir tal información; en el campo de la macroeconomía, en el que a menudo se piensa que las variaciones en la demanda agregada afectan ipso facto a la demanda de los distintos factores de producción; sin embargo, de hecho, la influencia no es automática, sino que presupone la existencia de un proceso empresarial de creación y descubrimiento de la información relevante, que se lleva a cabo a través de los complejos procesos de mercado; éstos pueden quedar gravemente distorsionados, dando lugar a una mala asignación generalizada de los recursos económicos entre las diferentes etapas productivas y a una errónea estructura de precios relativos, si es que se interviene desde fuera mediante una política crediticia, fiscal o monetaria dirigidas a fomentar la “demanda agregada”; etc.

La economía como teoría de los procesos sociales dinámicos

Finalmente, y en sexto lugar, Mises dio un gran impulso a la teoría económica de los procesos dinámicos. En efecto, para Mises tiene poco interés teórico la construcción matemática de una Ciencia Económica basada en el modelo de equilibrio (136) y en el que toda la información relevante para construir las correspondientes funciones de oferta y demanda se considera “dada”.(137) El problema económico fundamental para Mises es otro bien distinto: estudiar el proceso dinámico de coordinación social en el que los diferentes individuos empresarialmente generan de manera continua nueva información (que, por tanto, nunca está “dada”) al buscar los fines y los medios que consideren relevantes en el contexto de cada acción en que se vean inmersos, estableciendo con ello, sin darse cuenta, un proceso espontáneo de coordinación.(138) Es decir, según la concepción dinámica y subjetivista el problema económico fundamental no es de naturaleza técnica o tecnológica, como suelen plantearlo los teóricos del paradigma neoclásico, al suponer que los fines y los medios están “dados”, así como el resto de toda la información necesaria, planteando el problema económico como si se tratara de un mero problema técnico de maximización.(139) Por tanto, el problema económico fundamental no es de naturaleza técnica ni de maximización de una función objetivo “conocida”, sometida a restricciones también “conocidas”, sino que, por el contrario, es estrictamente económico: surge cuando los fines y los medios son muchos, compiten entre sí, el conocimiento en cuanto a los mismos no está dado, sino que se encuentra disperso en la mente de innumerables seres humanos que constantemente lo están creando y generando ex-novo y, por tanto, ni siquiera se pueden conocer todas las posibilidades y alternativas existentes, ni la intensidad relativa con que se quiere perseguir cada una de ellas. Quizá la contribución más importante y fructífera del enfoque dinámico para el futuro de la Ciencia Económica consista, precisamente, en haber intentado superar la estrecha concepción de la economía como una mera técnica de maximización (140).
Como puede comprobarse, son importantes las aportaciones de Mises en el campo de la Ciencia Económica en general, y en el de la concepción dinámica en particular. Mises desarrolló su labor investigadora primero en Viena antes y después de la Primera Guerra Mundial, después en Ginebra, donde fue profesor del Graduate Institute of International Studies, y más tarde, a partir de 1945, en los Estados Unidos, en donde fue profesor de la Universidad de Nueva York hasta su jubilación cuando contaba ya más de ochenta años de edad. La recepción de las ideas de Mises en el mundo anglosajón, no obstante, se produjo ya desde los años 30, gracias a la labor efectuada por su alumno más brillante, Friedrich A. Hayek (1899-1992), que luego sería Premio Nobel de Economía en 1974, y que, gracias a los buenos oficios de Lionel Robbins, pudo ocupar una cátedra de economía en la London School of Economics a partir del año 1932.

F.A. Hayek y la evolución del pensamiento económico

Hayek desarrolló e impulsó el conocimiento de la Teoría Austriaca del Ciclo Económico en el mundo anglosajón, viéndose implicado en importantes polémicas con John Maynard Keynes y los teóricos de la escuela macroeconómica keynesiana. Igualmente lideró en el mundo anglosajón el lado austriaco en la polémica sobre la imposibilidad del cálculo económico socialista hasta que, como resultado del coyuntural triunfo de la teoría keynesiana, Hayek consideró más interesante dejar que se disolviera por si solo el temporal keynesiano, dedicando mientras tanto sus esfuerzos intelectuales al estudio de los fundamentos teóricos de la ley, la justicia y las instituciones y organizaciones políticas compatibles con una sociedad libre (141).

Las Obras Completas de Hayek en 22 volúmenes (de cuya edición en castellano soy el director) están siendo editadas simultáneamente en inglés, español, alemán y japonés, habiendo aparecido encabezadas por su último libro, La Fatal Arrogancia: Los Errores del Socialismo que publicó cuando contaba ya más de 80 años de edad a manera de epílogo y testamento intelectual de la obra de toda una vida dedicada al estudio y la defensa de la libertad (142).

La concesión del Premio Nobel de Economía el año siguiente al de la muerte de Mises, en 1974, a su más brillante alumno, F.A. Hayek, junto con la crisis en que entró la teoría macroeconómica keynesiana y el intervencionismo económico como consecuencia de la recesión inflacionaria mundial de los años 70, dio un renovado impulso e ímpetu al desarrollo de la concepción dinámica de los procesos de mercado a partir de esa década.(143) En este resurgir del enfoque subjetivista han jugado un papel protagonista dos de los alumnos más brillantes que Mises tuviera en Estados Unidos, Murray N. Rothbard, (144) hasta su reciente fallecimiento el 7 de enero de 1995 catedrático de economía en la Universidad de Las Vegas, e Israel M. Kirzner, catedrático de economía en la Universidad de Nueva York. El nuevo impulso de la concepción dinámica no sólo ha venido dado por el trabajo de un nutrido grupo de jóvenes teóricos de estas dos universidades (Hans-Herman Hoppe, Mario J. Rizzo, Gerald P. O’Driscoll, Laurence H. White, Peter J. Boettke), sino de otras también situadas en los Estados Unidos (así, por ejemplo, Donald Lavoie, Jack High y Karen I. Vaughn de la George Mason University, y Roger Garrison, Joseph T. Salerno y el grupo de profesores austriacos relacionados con la Auburn University). Y también, en otras universidades americanas, D.T. Armentano, Walter Block, Stephan Boehm, Richard M. Ebeling, John B. Egger, Richard Fink y Richard N. Langlois. Fuera de Estados Unidos deben mencionarse el profesor Toshio Murata de la Universidad de Yokohama en Japón; la profesora Shuda Shenoy de la Universidad de Newcastle, Australia; y el profesor Alberto Benegas Lynch en Argentina. En Europa, cabe destacar a los profesores Stephen Littlechild de la Universidad de Birmingham y Norman P. Barry de la Universidad de Buckingham en el Reino Unido, los profesores William J. Keizer y Gerrit Meijer en Holanda, el profesor Raimondo Cubeddu en Italia, el profesor José Manuel Moreira de la Universidad de Oporto en Portugal, y en España, aparte de los importantes trabajos de influencia subjetivista debidos a Lucas Beltrán (145), José T. Raga (146)y Rafael Rubio de Urquía (147), yo mismo, junto con un creciente grupo de jóvenes profesores e investigadores que se está consolidando rápidamente en nuestro país (148) .

 

Jesús Huerta de Soto
Catedrático de Economía Política
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

 

“Sólo podrá reproducirse total o parcialmente el contenido de este trabajo citando expresamente a su autor y al medio en donde fue originalmente publicado (indicado, en su caso, en la sección de bibliografía del Curriculum vitae). A quienes incumplan esta condición les serán aplicados las leyes civiles y penales que correspondan, a parte de las procedentes indemnizaciones por daños y perjuicios”.

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(70)Carl Menger, Grundsätze der Volkswirthschaftslehre, ed. Wilhelm Braumüller, Viena, 1871. Existe una traducción al castellano de Marciano Villanueva, publicada por Unión Editorial en Madrid (1983) con el título de Principios de Economía Política.

(71)Murray N. Rothbard, “New Light on the Prehistory of the Austrian School”, en The Foundations of Modern Austrian Economics, Sheed & Ward, Kansas City, 1976, pp. 52-74. Emil Kauder, “Intellectual and Political Roots of the Older Austrian School”, Zeitschrift für Nationalökonomie, nº 57, diciembre de 1957, pp. 411-425. También son de interés sobre este tema el libro de Alejandro A. Chafuen Economía y Ética: Raíces cristianas de la economía de libre mercado, Ediciones Rialp, Madrid, 1991, y la “Introducción” de Laurence S. Moss y Christopher K. Ryan a Economic Thought in Spain: Selected Essays of Marjorie Grice-Hutchinson, Edward Elgar, Aldershot, 1993, pp. vii-xxix.

(72)Lucas Beltrán, “Sobre los orígenes hispanos de la economía de mercado”, en Cuadernos del Pensamiento Liberal, nº 10 (1), 1989, pp. 5-38. Y también el trabajo de investigación sobre la Escuela de Salamanca que Hayek dirigió a Marjorie Grice-Hutchinson (The School of Salamanca, Clarendon Press, Oxford, 1952; y El Pensamiento Económico en España (1177-1740), Edit. Crítica, Barcelona, 1982). La influencia intelectual de los teóricos españoles sobre la Escuela Austriaca no es un puro capricho de la historia o mera coincidencia, sino que tiene su origen y razón de ser en las íntimas relaciones históricas, políticas y culturales que a partir de Carlos V y de su hermano Fernando I, surgieron entre España y Austria, que habrían de mantenerse durante varios siglos, y en las que también jugó un papel importante Italia, como puente cultural a través del cual fluían las relaciones intelectuales entre ambos extremos del imperio (España y Viena). Véase, además, la nota 8 de este capítulo sobre la verdadera paternidad hispana del descubrimiento de la ley de la utilidad marginal, así como el interesante libro de Jean Bèrenguer, El Imperio de los Habsburgo 1273-1918, Edit. Crítica, Barcelona, 1993, especialmente las pp. 133-335.

(73)Bruno Leoni, La Libertad y La Ley, Unión Editorial, Madrid, 1974, p. 116 (existe una segunda edición ampliada también publicada por Unión Editorial en 1995).

(74)F.A. Hayek, “Carl Menger (1840-1921)”, capítulo II de The Fortunes of Liberalism: Essays on Austrian Economics and the Ideal of Freedom, Peter G. Klein (ed.), volumen IV de The Collected Works of F.A. Hayek, Routledge, Londres, 1992, pp. 68-69. Y también la página 20 de la “Introducción” a la edición española de los Principios de Economía Política citada en la nota 1 de este capítulo. Sobre Menger debe consultarse igualmente el artículo de Karen I. Vaughn, “Menger, Carl (1840-1921)”, The New Palgrave: A Dictionary of Economics, John Eatwell, Murray Milgate y Peter Newman (eds.), Macmillan, Londres, 1987, vol. III, pp. 438-444.

(75)F.A. Hayek ha llegado incluso a afirmar que “It is probably not exaggeration to say that every important advance in economic theory during the last hundred years was a further step in the consistent application of subjectivism”. The Counter-Revolution of Science, Free Press of Glencoe, Nueva York, 1955, p. 31. Hayek añade (nota 24, pp. 209-210) que el subjetivismo “has probably been carried out most consistently by Ludwig von Mises and I believe that most peculiarities of his views which at first strike many readers as strange and unacceptable are due to the fact that in the consistent development of the subjectivist approach he has for a long time moved ahead of his contemporaries.” Por su parte, Gerald P. O’Driscoll y Mario J. Rizzo (The Economics of Time and Ignorance, Basil Blackwell, Oxford, 1985, pp. 1-2) definen el subjetivismo de la siguiente forma: “Subjectivism refers to the presupposition that the contents of the human mind are not rigidly determined by external events. Subjectivism makes room for the creativity and autonomy of the individual. Thus for the Austrians, and for subjectivists generally, economics is first and foremost about the thoughts leading up to choice, and not about things or the interaction of objective magnitudes.” El subjetivismo también explica que los austriacos den una importancia esencial al tiempo en sus teorías, pero entendido no en el sentido meramente paramétrico, newtoniano, físico o analógico del paradigma neoclásico, sino en su concepción subjetiva y tal como es sentido y experimentado por el actor conforme actúa, es decir, proyecta, emprende y culmina cada una de las etapas de su proceso de acción.

(76)(Es muy significativo observar como Frank H. Knight juzga que la teoría de Menger sobre los bienes económicos de primer y de orden superior es una de sus aportaciones “menos relevantes” (véase el Prólogo a la primera edición inglesa de los Principios de Economía de Menger, publicada con el título de Principles of Economics, ed. por J. Dingwall y B.F. Hoselitz, Free Press of Glencoe, 1950). Esta afirmación de Knight pone precisamente de manifiesto las peculiares caracterísitcas teóricas de su propio esquema conceptual, y en general del de la Escuela de Chicago por él fundada, para la cual el proceso de producción es objetivo e instantáneo, el tiempo no juega ningún papel que no sea el meramente paramétrico, y la creatividad e incertidumbre propias de todo acto empresarial se encuentran eliminadas de raíz por el equilibrio ricardiano en el que centran sus investigaciones.

(77)Es, por tanto, imprescindible “deshomogeneizar” la teoría de la utilidad marginal tal y como fue naturalmente desarrollada por Menger, de las leyes de utilidad marginal que simultáneamente fueron enunciadas por Jevons y Walras. En efecto, en Jevons y Walras la utilidad marginal es un elemento conceptual “añadido” en un modelo matemático de equilibrio en el que el proceso humano de acción brilla por su ausencia, y que se mantiene inalterado al margen de que en el mismo se introduzca o no la ley de la utilidad marginal. Por el contrario, para Menger la teoría de la utilidad marginal es una necesidad ontológica o consecuencia esencial de su propia concepción del proceso dinámico de la acción humana. Véase, en este sentido, el artículo de William J. Jaffé, “Menger, Jevons and Walras de-homogeneized”, Economic Inquiry, núm. 14 (4), diciembre de 1976, pp. 511-524. Por otro lado, no hay que olvidar que el primer teórico en enunciar completamente la ley de la utilidad marginal, siguiendo la tradición subjetivista de los escolásticos españoles de los Siglos XVI y XVII, fue el español Jaime Balmes, que 27 años antes que el propio Menger, no sólo resolvió la paradoja del valor que desconcertaba a los economistas clásicos ingleses, sino que además expuso con todo detalle la teoría subjetiva del valor basada en la utilidad marginal en su notabilísimo artículo publicado el 7 de septiembre de 1844, titulado “Verdadera idea del valor o reflexiones sobre el origen, naturaleza y variedad de los precios”, Obras Completas, volumen V, B.A.C., Madrid, 1949, pp. 615-624. Originariamente debemos a mi maestro el profesor Lucas Beltrán (q.e.p.d.) la reivindicación de esta correcta paternidad hispana de la teoría de la utilidad marginal, Historia de las Doctrinas Económicas, Edit. Teide, 4ª edición, Barcelona, 1989, pp. 230-236.

(78)Carl Menger, Untersuchungen über die Methode der Socialwissenschaften und der Politischen Ökonomie insbesondere, Duncker & Humblot, Leipzig, 1883, y en especial la página 182. El propio Menger expresa impecablemente de la siguiente manera la pregunta que pretende contestar con el nuevo programa de investigación científica que propone para la economía: “¿Cómo es posible que las instituciones que mejor sirven al bien común y que son más extremadamente significativas para su desarrollo hayan surgido sin la intervención de una voluntad común y deliberada para crearlas?” (pp. 163-165). Véase igualmente, Carl Menger “Del Origen del Dinero”, en La Economía en sus Textos, Julio Segura y Carlos Rodríguez Braun (eds.), Taurus, Madrid, 1998, pp. 200-220.

(79)Para Menger, por tanto, las instituciones sociales son, sin duda, resultado de la interacción de muchos seres humanos, pero no han sido diseñadas ni organizadas consciente ni deliberadamente por ninguno de ellos. El término en alemán utilizado por Menger para referirse, cuando explica el surgimiento de las instituciones, a “las consecuencias no intencionadas de las acciones individuales” es el de Unbeabsichtigte Resultante. Carl Menger, Untersuchungen, ob. cit., p. 182.

(80)Recúerdense los tres sentidos distintos del término “historicismo” que hemos explicado en la nota 25 del capítulo I anterior.

(81)Samuel Bostaph, “The Methodenstreit”, en The Elgar Companion to Austrian Economics, Peter J. Boettke (ed.), Edward Elgar, Aldershot, Inglaterra, 1994, cap. 66, pp. 459-464. Y, entre nosotros, el artículo de Wenceslao González, “Historismo y anti-historismo en la polémica metodológica entre G. Schmoller y C. Menger”, publicado en las Actas del V Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, M. Valera y C. López Fernández (eds.), PPUDM, Murcia, 1991, pp. 2027-2041.

(82)En contra de las versiones más estándar de los libros de texto, que en general califican la polémica sobre el método de infructuosa pérdida de tiempo, consideramos que en la misma se depuraron y perfilaron conceptualmente las inevitables diferencias metodológicas que existen entre las ciencias de la acción humana y las ciencias del mundo de la naturaleza, de manera que las incomprensiones que en este campo siguen hoy en día perdurando se deben, sin duda alguna, a no haberse prestado la suficiente atención a las aportaciones realizadas por Menger con motivo de la polémica sobre el método. Véase en este sentido mi artículo “Método y Crisis en la Ciencia Económica”, publicado en el volumen I de mis Lecturas de Economía Política, Unión Editorial, Madrid, 1986, pp. 11-33. Aparte de las dos polémicas mencionadas, diferentes seguidores de Menger también protagonizaron otras dos de gran transcendencia: una, sobre el concepto de capital (Böhm-Bawerk y Hayek en contra de J.B. Clark y Frank H. Knight), y otra, la famosa polémica de Hayek contra Keynes en la década de los años treinta del siglo que acaba de terminar.

(83)Eugen von Böhm-Bawerk, Kapital und Kapitalzins, ed. Wagner, Innsbruck, 1884-1902. Traducido al inglés por Hans Senholz y publicado con el título de Capital and Interest, Libertarian Press, South Holland, Illinois, 1959. De los dos primeros volúmenes de Capital e Interés, “Historia y crítica de las teorías sobre el interés” y “Teoría Positiva del Capital”, existen sendas traducciones al castellano que debemos, respectivamente, a Carlos Silva (publicada por el Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1986) y a José Antonio de Aguirre (Ediciones Aosta, Madrid, 1998). Sobre “Böhm-Bawerk” puede leerse el artículo con este título de K.H. Hennings, publicado en el vol. I de The New Palgrave: A Dictionary of Economics, ob. cit., pp. 254-259.

(84)Véase Eugen von Böhm-Bawerk, “La Teoría de la Explotación”, en Jesús Huerta de Soto, Lecturas de Economía Política, volumen III, Unión Editorial, Madrid, 1987, pp. 151-203.

(85)Frank A. Fetter, Capital, Interest and Rent, Sheed, Andrews and McMeel, Kansas City, 1977.

(86)Ludwig von Mises, Human Action, ob. cit., pp. 479-536 (pp. 711-789 de la edición española). También podríamos citar a F.A. Hayek, The Pure Theory of Capital, Routledge, Londres, 1941 y 1976 (existe una traducción al castellano de Andrés Sánchez Arbós, publicada con el título de La Teoría Pura del Capital, Aguilar, Madrid, 1946), si bien la concepción estática de este libro se aleja algo de la corriente iniciada por Menger.

(87)“Wieser was not a creative thinker and in general was more harmful than useful. He never really understood the gist of the idea of subjectivism in the Austrian school of thought, which limitation caused him to make many unfortunate mistakes. His imputation theory is untenable. His ideas on value calculation justify the conclusion that he could not be called a member of the Austrian School, but rather was a member of the Lausanne School (Léon Walras et al and the idea of economic equilibrium)”. Ludwig von Mises, Notes and Recollections, South Holland, Illinois, 1978, p. 38. A Wieser debemos, no obstante, el término de “utilidad marginal” o “fronteriza”, que él utilizó por primera vez (Grenznutzen, de Grenz, “frontera” y nutzen, “utilidad”) y que luego, y por la influencia del paradigma matemático-cientista, terminó siendo traducido a todos los idiomas (francés, inglés, español) como “utilidad marginal”. Sobre Wieser puede consultarse el ya clásico artículo de Erich Streissler, “Arma Virumque Cano; Friedrich von Wieser, The Bard as Economist”, incluido en Norbert Leser (ed.), Die Wiener Schule der Nationalökonomie, Hermann Böhne, Viena, 1986, pp. 83-106, reeditado en Austrian Economics, Stephen Littlechild (ed.), vol. I, Edward Elgar, Aldershot, Inglaterra, 1990, pp. 72-96.

(88)Murray N. Rothbard, “Mises, Ludwig Edler von (1881-1973)”, The New Palgrave: A Dictionary of Economics, ob. cit., vol. III, pp. 479-480.

(89)Ludwig von Mises, Theorie des Geldes und der Umlaufsmittel, edit. Duncker & Humblot, Munich y Leipzig, 1912 (2ª edición de 1924). Existen dos traducciones al castellano, una vertida directamente del alemán, de Antonio Riaño, Teoría del Dinero y del Crédito, Edit. Aguilar, Madrid, 1936; y otra vertida a su vez de una traducción al inglés, de José Mª Claramunda Bes, con el mismo título, Ediciones Zeus, Barcelona, 1961. Unión Editorial acaba de publicar (1997) una tercera edición corregida de esta obra con un “Estudio Preliminar” de José Antonio de Aguirre.

(90)En la referencia que hace a Mises en sus Foundations of Economic Analysis (Harvard University Press, Cambridge, 1947, p. 117; existe una traducción castellana publicada en Buenos Aires por Editorial El Ateneo, 1977), Paul A. Samuelson manifiesta no entender ni la importancia de aplicar la utilidad marginal al dinero, ni la transcendencia de la solución encontrada por Mises al problema de razonamiento circular que ya hemos explicado.

(91)Véase Jesús Huerta de Soto, “La Teoría Austriaca del Ciclo Económico”, originariamente publicado en Moneda y Crédito, nº 152, marzo de 1980; y reimpreso en mis Lecturas de Economía Política, volumen I, Unión Editorial, Madrid, 1986, pp. 241-256.

(92)Mark Skousen, “Who Predicted the 1929 Crash?”, en The Meaning of Ludwig von Mises: Contributions in Economics, Sociology, Epistemology, and Political Economy, Jeffrey M. Herbener (ed.), Kluwer Academic Publishers, Dordrecht, Holanda, 1993.

(93)“The illusion that a rational order of socialist economic management is possible owed its origin to the value theory of the classical economists and its tenacity to the failure of many modern economists to think through consistently to its ultimate conclusions the fundamental theorem of the subjectivist theory.” Ludwig von Mises, Human Action: A Treatise on Economics, Henry Regnery, Chicago, 1966, p. 206. Existe una traducción al castellano de Joaquín Reig Albiol, publicada con el título de La Acción Humana:Tratado de Economía, 4ª edición, Unión Editorial, Madrid, 1986, p. 320.

(94)La aportación esencial de Mises fue publicada en 1920 en su artículo “Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen” en Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik, núm 47, 1920, págs. 106-121, traducido al inglés por S. Adler con el título de “Economic Calculation in the Socialist Commonwealth” incluido en Collectivist Economic Planning, F.A. Hayek (ed.), Augustus M. Kelley, Clifton, 1975.

(95)Ludwig von Mises, Die Gemeinwirtschaft: Untersuchungen über den Sozialismus, Gustav Fischer, Jena, 1922. Traducido al castellano por Luis Montes de Oca y publicado con el título de Socialismo: Análisis Económico y Sociológico, 3ª edición, Western Books Foundation, Nueva York, 1989.

(96)Véase el “Foreword” escrito por F.A. Hayek para la 4ª edición inglesa publicada en 1981 por Liberty Fund (Indianápolis) del Socialismo de Mises (Socialism: An Economic and Sociological Analysis, p. xix).

(97)Véase Jesús Huerta de Soto, Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, Unión Editorial, Madrid, 1992. Y en la misma línea, Donald A. Lavoie, Rivalry and Central Planning, Cambridge University Press, Cambridge, 1985.

(98)“Mises was right … Socialism has been the great tragedy of this century.” Robert L. Heilbroner, “Analysis and Vision in the History of Modern Economic Thought”, Journal of Economic Literature, volumen XXVIII, septiembre 1990, pp. 1097 y 1110-1111. Y también los economistas Wlodzimierz Brus y Kazimierz Laski concluyen que Oskar Lange y los teóricos socialistas “never succeeded in confronting the Austrian challenge”, From Marx to the Market: Socialism in Search of an Economic System, Clarendon Press, Oxford, 1985, p. 60. Por contra, prestigiosos teóricos de Occidente, todavía en 1989 seguían manteniendo, por ejemplo, que “the Soviet economy is proof that, contrary to what many skeptics had earlier believed, a socialist command economy can function and even thrive” (Paul A. Samuelson, Economics, 13th edition, McGraw Hill, Nueva York, 1989, p. 837; sin ninguna explicación esta frase ha sido discretamente eliminada en las siguientes ediciones).

(99)O, si se prefiere, puede considerarse que la economía como ciencia de relevancia práctica, se generaliza y convierte en una teoría sobre los efectos sociales de la coacción institucional (socialismo e intervencionismo).

(100)Ludwig von Mises, Nationalökonomie: Theorie des Handelns und Wirtschaftens, 2ª edición, Philosophia Verlag, Munich, 1980; publicado en inglés con el título de Human Action: A Treatise on Economics, 3ª edición revisada, Henry Regnery, Chicago, 1966. Y traducido al castellano por Joaquín Reig Albiol con el título de La Acción Humana: Tratado de Economía, 4ª edición, Madrid, 1986. Existen igualmente traducciones de La Acción Humana al francés, italiano, portugués, japonés, coreano y chino.

(101)Israel M. Kirzner, Competition and Entrepreneurship, Chicago University Press, Chicago, 1973 (traducción española, Competencia y Empresarialidad, Unión Editorial, Madrid, 1998); Perception, Opportunity and Profit, Chicago University Press, Chicago, 1979; Discovery and the Capitalist Process, Chicago University Press, Chicago, 1985; Discovery, Capitalism and Distributive Justice, Basil Blackwell, Oxford, 1989 (traducción española de Federico Basáñez, Creatividad, Capitalismo y Justicia Distributiva, Unión Editorial, Madrid, 1995); The Meaning of the Market Process, Routledge, Londres, 1992; y “Entrepreneurial Discovery and the Competitive Market Process”, Journal of Economic Literature, vol XXXV, nº 1, marzo de 1997, pp. 60-85.

(102)De hecho, desde la óptica de Mises puede considerarse que son las mismas razones que determinan la imposibilidad del socialismo las que explican que el empirismo no sea viable en nuestra ciencia. Y es que es irrelevante que sea un científico o un político el que intente hacerse con la información práctica relevante en cada caso. Si ello fuera posible, tan factible sería utilizar esa información para coordinar la sociedad vía mandatos coactivos (socialismo) como para contrastar empíricamente teorías económicas. Sin embargo, por las mismas razones, primero, del inmenso volumen de información de que se trata; segundo, por la naturaleza de la información relevante (diseminada, subjetiva y tácita); tercero, por el carácter dinámico del proceso social (no se puede transmitir la información aún no generada); y cuarto, por el efecto de la coacción y de la propia “observación” científica (que distorsiona o imposibilita la creación de información), tanto el ideal socialista como el ideal positivista son, según Mises, teóricamente imposibles en nuestra ciencia. Estos mismos argumentos son igualmente aplicables para justificar la imposibilidad de efectuar cualquier predicción específica (referida a un momento del tiempo y a un lugar determinados) en economía. Lo que suceda mañana no puede conocerse hoy, pues depende en gran parte de un conocimiento o información que aún no se ha generado empresarialmente y que, por tanto, hoy no puede saberse. Por ello en nuestra Ciencia, y como mucho, tan sólo podrán efectuarse “predicciones de tendencia” de tipo general (las que Hayek denomina pattern predictions) de naturaleza esencialmente teórica y relativas a los desajustes sociales y efectos de descoordinación social producidos por la coacción institucional (socialismo e intervencionismo) ejercida sobre el mercado.

(103)“Economics is not about things and tangible material objects; it is about men, their meanings, and actions. Goods, commodities and wealth and all other notions of conduct are not elements of nature; they are elements of human meaning and conduct. He who wants to deal with them must not look at the external world; he must search for them in the meaning of acting men.” Ludwig von Mises, Human Action: A Treatise on Economics, 3ª edición revisada, Henry Regnery Company, Chicago, 1966, p.92. Por eso, en economía las restricciones no vienen dadas por los factores materiales del mundo exterior (por ejemplo, las reservas de petróleo), sino por el conocimiento humano empresarial (el descubrimiento, por ejemplo, de un carburador que duplique la eficiencia de los motores de explosión tiene el mismo efecto económico que una duplicación del total de reservas físicas de petróleo). Véase igualmente el artículo seminal de Hayek, “The Facts of the Social Sciences”, en Individualism and Economic Order, Gateway Editions, Chicago, 1972, traducido al castellano con el título de “Los hechos de las Ciencias Sociales” y publicado en Buenos Aires en Libertas, año VII, nº 13, octubre de 1990. Una revisión crítica más detallada del positivismo se incluye más adelante en el capítulo III en el apartado dedicado a la exposición del paradigma neoclásico.

(104)“Acting man looks, as it were, with the eyes of a historian into the future.” Human Action, ob. cit., p. 58. Sobre la metodología de la Economía en general y las relaciones entre la teoría y la historia en particular deben consultarse los trabajos de Mises, Theory and History, Yale University Press, Yale, 1957 (traducido al castellano por R. Juárez Paz y publicado con el título de Teoría e Historia, por Unión Editorial, Madrid, 1975); y de Hayek, “The Facts of the Social Sciences”, en Individualism and Economic Order, Henry Regnery, Chicago, 1972; y The Counter-Revolution of Science, Liberty Press, Indianápolis, 1979. Una favorable y desapasionada explicación del paradigma metodológico de Mises se encuentra en Bruce Caldwell, Beyond Positivism: Economic Methodology in the Twentieth Century, Allen and Unwin, Londres, 1982 y Routledge, Londres, 1994, pp. 117-138.

(105)En este sentido, hay que señalar que Philip Mirowski, en su libro More Heat than Light: Economics as Social Physics, Physics as Nature’s Economics, Cambridge University Press, Cambridge, 1991, muestra que el paradigma neoclásico es una mala copia del paradigma desarrollado en torno a la energía en el mundo de la física durante el pasado Siglo XIX. Menos de acuerdo estamos con la sugerencia de Mirowski de que el futuro de la economía se enderezará cuando ésta copie adecuadamente los últimos desarrollos de la física. También es de interés el libro recientemente dedicado a comentar las aportaciones de Mirowski (Non-Natural Social Science; Reflecting on the Enterprise of ‘More Heat than Light’, suplemento anual al volumen 25 de History of Political Economy, Neil de Marchi, Duke University Press, Durham y Londres, 1993). Las diferencias esenciales entre el mundo de las ciencias de la naturaleza y el mundo de las ciencias de la acción humana, que determinan la exigencia de la utilización de un método distinto para uno y otro (dualismo metodológico), pueden resumirse en el cuadro II-1 que se reproduce a continuación:

Cuadro II-1
Mundo de las Ciencias Naturales Mundo de las Ciencias de la Acción Humana
1. Estudian fenómenos relativamente sencillos. 1. Estudian fenómenos relativamente complejos, o más bien complejísimos.
2. Su objeto de investigación está constituido por cosas. 2. Su objeto de estudio no son cosas, sino ideas que los otros seres humanos observados tienen sobre sus fines y medios (ejemplo: concepto de dinero, medio económico, institución, etc.).
3. Las cosas que son objeto de investigación por las ciencias naturales son directamente observables en el mundo exterior. 3. Las ideas no se pueden observar directamente, sino que tan sólo se pueden interpretar históricamente. Para llevar a cabo esta interpretación, hace falta disponer de una teoría previa (praxeología).
4. Se ha observado que existen relaciones constantes entre múltiples fenómenos que se pueden medir. 4. No existen constantes, sino que todo son variables, dado que el objeto de investigación son ideas, y las ideas se están modificando y creando ex novo constantemente por parte de los seres humanos que actúan.
5. No se conocen las causas últimas de los fenómenos, y las relaciones entre los mismos son de tipo funcional y = f(x). Es admisible la mutua determinación de los fenómenos x = g(y), y además se ha observado la existencia de múltiples parámetros constantes. 5. Se conoce la causa última de los fenómenos (que es precisamente el presupuesto irreductible del concepto axiomático de acción humana), gracias a que el científico observador comparte la misma naturaleza humana que los seres humanos observados. Las explicaciones no son de naturaleza funcional, sino que son de tipo genético-causal, es decir, teleológicas y de fines y medios. Es peligroso utilizar relaciones funcionales, pues facilitan caer en el razonamiento circular. Al conocerse la causa última de los fenómenos, las explicaciones genético-causales son unidireccionales. Además, no hay parámetros ni relaciones funcionales constantes que se puedan medir en un laboratorio.

La conclusión de este breve análisis comparativo de las características diferenciales de las ciencias naturales y de las ciencias de la acción humana es doble: primero, que las ciencias sociales simultáneamente se encuentran en una relación de superioridad y de inferioridad con respecto a las ciencias naturales. Relación de superioridad, en cuanto que en las ciencias sociales se conoce la causa última de los fenómenos (la acción humana), gracias a que el científico observador comparte la misma naturaleza humana de los observados, mientras que en el campo de las ciencias de la naturaleza, no se conoce la causa última de los fenómenos y hay una separación radical entre la naturaleza del científico observador y la naturaleza de las cosas observadas. Relación de inferioridad, en la medida en que en las ciencias sociales existe una gran dificultad para establecer relaciones de tipo cuantitativo que se puedan medir, dada la inexistencia de parámetros constantes, mientras que en el campo de las ciencias de la naturaleza, sí que se pueden medir y establecer relaciones funcionales constantes. La segunda conclusión es que las diferencias apuntadas que tienen su origen en la naturaleza radicalmente distinta de los hechos que son objeto de investigación en una y otra ciencia, hacen inevitable la utilización de métodos distintos para uno y otro tipo de ciencia. En suma, que no hay más remedio que recurrir al dualismo metodológico, conclusión a la que, por otro lado, es posible llegar de forma intuitiva, nada más que considerando las evidentes diferencias de naturaleza que existen, por ejemplo, entre los átomos físicos, por un lado, y la naturaleza del ser humano, por otro. El gran filósofo defensor de una separación radical entre las ciencias naturales y las ciencias del espíritu fue Wilhem Dilthey (véase, por ejemplo, su Crítica de la Razón Histórica, edics. Península, Barcelona, 1986; y su Introducción a las ciencias del espíritu: ensayo de una fundamentación del estudio de la sociedad y de la historia, traducción de Julián Marías y Prólogo de José Ortega y Gasset, Revista de Occidente, Madrid, 1956 y Alianza Editorial, Madrid, 1986) y el resto de los miembros de su escuela neokantiana (Wildeband, Rickert, Collingwood, etc.) que tanta influencia tuvieron sobre Mises y Hayek (véase la próxima nota 40).


(106)Angelo Maria Petroni, “L’Individualism Méthodologique”, Journal des Économistes et des Études Humaines, vol. 2, nº 1, marzo de 1991, pp. 25-62.

(107)Lionel Robbins, Essay on the Nature and Significance of Economic Science, ob. cit., y la obra de Rothbard citada en la nota 32 del capítulo I anterior.

(108)Podemos representar gráficamente mediante la siguiente pirámide del gráfico II-1 este proceso de desarrollo (ampliación y profundización) de la Ciencia Económica:

Gráfico II-I

Se parte, por tanto, del axioma evidente de la acción humana como presupuesto irreductible al que el científico social llega por introspección. Este conocimiento axiomático ya permite una interpretación, siquiera sea muy primaria, de la realidad exterior (es decir, hacer un mínimo de historia). Considerando esta interpretación primaria de la realidad como supuesto teórico y reintroduciéndolo junto con la correspondiente cadena de razonamientos lógico-deductivos, se pueden llegar a elaborar unas leyes económicas ya algo sofisticadas (de grado de complejidad 1). Con estas leyes económicas algo más sofisticadas se puede efectuar una interpretación de la historia mucho mayor. Es decir, al estar mejor graduadas las “gafas” de la teoría, se puede ver mucho mejor y apreciar e interpretar muchos más hechos de la historia. Pues bien, una cuidadosa selección de los mismos puede permitir la reintroducción de parte de ellos como supuestos en la correspondiente cadena de razonamientos lógico-deductivos, dando lugar a leyes económicas aun más complejas (de grado de complejidad 2). Y así sucesivamente, en un proceso de constante expansión y profundización de la Ciencia Económica que nunca se detiene. La validación de las teorías y leyes económicas ha de ser constante y consistir en una continua depuración de sus vicios lógicos. Esta actividad de validación ha de ser incansable y nunca ha de olvidarla el teórico, pues la mente humana es muy limitada y sus posibilidades de error muy grandes. Además, las leyes económicas son ciertas con carácter universal, siempre que se den sus supuestos. Otra cosa es que no sean aplicables en las circunstancias históricas en que no se den sus supuestos. Como bien han puesto de manifiesto Mises y Machlup, el problema de si se dan o no los supuestos es un problema de pura apreciación por parte del historiador (considerando también historiadores a los especialistas en estructura económica y, en general, a los especialistas en “economía aplicada”). Machlup afirma, incluso, que el principal contenido “empírico” en la Ciencia Económica consiste, precisamente, en apreciar si se dan en una realidad concreta los supuestos previstos en la teoría.


(109)Verstehen, en alemán, o understanding, en inglés, de acuerdo con la terminología utilizada por los diversos filósofos neo-kantianos de la historia, entre los que cabe destacar a W. Wildeband (Historia General de la Filosofía, Edit. El Ateneo, Barcelona, 1970) , W. Dilthey (Crítica de la Razón Histórica, edics. Península, Barcelona, 1986), R.G. Collingwood (Idea de la Historia, Fondo de Cultura Económica, Méjico 1987), Max Weber (Economía y Sociedad, Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1984, pp. 10-11), Benedetto Croce (La Historia como Hazaña de la Libertad, Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1971) y H. Rickert (Ciencia Cultural y Ciencia Natural, Buenos Aires, 1950). La expresión “comprension timológica” se debe, no obstante, a Mises, que la propone en su obra Teoría e Historia, Unión Editorial, Madrid, 1974, pp. 233 y 251, y también en su último libro sobre el método, The Ultimate Foundation of Economic Science: An Essay on Methodology, Sheed, Andrews & McMeel, Kansas City, 1978, pp. 46-52. Este libro culmina las investigaciones metodológicas de Mises que se iniciaron en 1933 con su Grundprobleme der Nationalökonomie: Untersuchungen über verfahren, Aufgaben und Inhalt der Wirtschafts und Gesellschaftslehre, Gustav Fischer, Jena, 1933, traducido al inglés con el título de Epistemological Problems of Economics, New York University Press, Nueva York, 1981.

(110)Las relaciones entre la teoría y la historia, cuya correcta comprensión es tan transcendental para el
método de la economía política, pueden resumirse gráficamente mediante el siguiente esquema (gráfico II-2):

Gráfico II-2

(111)Lionel Robbins, An Essay on the Nature and Significance of Economic Science, ob. cit.

(112)srael M. Kirzner, The Economic Point of View, Sheed & Ward, Kansas City, 1976.

(113)Murray N. Rothbard, “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics”, The Foundations of Modern Austrian Economics, Edwin G. Dolan (ed.), Sheed & Ward, Kansas City, 1976, pp. 19-39.

(114)John B. Egger, “The Austrian Method”, New Directions in Austrian Economics, Louis M. Spadaro (ed.), Sheed, Andrews & McMeel, Kansas City, 1978, pp. 19-39.

(115)Mario J. Rizzo, “Praxeology and Econometrics: A Critique of Positivist Economics”, en New Directions in Austrian Economics, ob. cit., pp. 40-56.

(116)Gerald P. O’Driscoll, “Spontaneous Order and the Coordination of Economic Activities”, New Directions in Austrian Economics, ob. cit., pp. 111-142.

(117)Es muy curioso observar como, al menos en lo que al método se refiere, la posición de Frank H. Knight, fundador de la Escuela de Chicago, y en contraste radical con las posturas metodológicas “archipositivistas” mantenidas por sus discípulos (especialmente Milton Friedman, George Stigler y Gary Becker), básicamente coincide con las defendidas por los teóricos de la Escuela Austriaca. Véase en este sentido su trabajo sobre metodología titulado”‘What is Truth’ in Economics?”, Journal of Political Economy, vol. XLVIII, nº 1, febrero de 1940. Reproducido como cap. VII de On the History and Method of Economics, The University of Chicago Press, Chicago, 1966, pp. 151-178. Y también el cap. V sobre “Social Science”, pp. 121-134.

(118)Beyond Positive Economics?, Jack Wiseman (ed.), Macmillan Press, 1983. Bruce Caldwell, Beyond Positivism, ob. cit. Caldwell es especialmente crítico de Blaug (p. 119), cuya actitud en el sentido de despreciar y ni siquiera considerar las posiciones de los metodólogos austriacos considera que es en sí misma dogmática y anticientífica, no estando justificada en forma alguna (Blaug’s “reaction is itself dogmatic and, at its core, anti-scientific”, p. 119). Sin embargo, como veremos (nota 71 del presente capítulo), recientemente Mark Blaug ha ido cambiando su posicionamiento, orientándose cada vez más hacia los postulados de Mises, Hayek y Kirzner, si no en metodología, sí al menos en su crítica al modelo de equilibrio y al paradigma neoclásico-walrasiano.

(119)The Collected Scientific Papers of Paul A. Samuelson, R.K. Merton (ed.), The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1972, vol. 3, p. 761. En relación con la postura de Samuelson, Caldwell se pregunta: “What are the reasons behind this almost anti-scientific response to praxeology? There is, of course, a practical concern: the human capital of most economists would be drastically reduced (or made obsolete) were praxeology operationalized throughout the discipline. But the principal reason for rejecting Misesian methodology is not so self-serving. Simply put, the preoccupation of praxeologists with the ‘ultimate foundations’ of economics must seem mindless, if not perverse, to economists who dutifully learned their methodology from Friedman and who therefore are confident that assumptions do not matter and that prediction is the key … Regardless of its origins, such a reaction is itself dogmatic and, at its core, anti-scientific”. Bruce Caldwell, Beyond Positivism: Economic Methodology in the Twentieth Century, ob. cit., pp. 118-119.

(120)Sobre este tema puede consultarse con provecho el libro de Oskar Morgenstern, On the Accuracy of Economic Observations, 2ª edición, Princeton University Press, Princeton, 1973.

(121)F.A. Hayek, “The Pretence of Knowledge”, The American Economic Review, diciembre de 1989, pp. 3-7. Existe una traducción al castellano publicada con el título de “La Pretensión del Conocimiento”, en F.A. Hayek, Inflación o Pleno Empleo?, Unión Editorial, Madrid, 1976, pp. 9-32.

(122)“The market prices on which national income measurement is ostensibly based are presumably equilibrium prices. But what kind of equilibrium prices are they? Is consistent aggregation, which macroeconomic thought requires to make sense, possible on the basis of prices that may not be consistent?” Ludwig M. Lachmann, “Toward a Critique of Macroeconomics”, The Foundation of Modern Austrian Economics, ob. cit., p. 154.

(123)Fritz Machlup, “Are the Social Sciences Really Inferior?”, en Economic Semantics, Mark Perlman (ed.), 2ª edición, Transaction Publishers, Londres, 1991, pp. 307-328.

(124)Ockham nació en Surrey en 1298, falleciendo en el año 1349, y se hizo famoso, entre otras razones, por el establecimiento del principio de economía intelectual, de acuerdo con el cual “entia non sunt multiplicanda praeter necesitatem”.

(125)Véase especialmente el artículo de Karl Menger “Marginalismo austriaco y economía matemática”, publicado en Cuadernos Económicos de ICE, nº 29, 1985. Carl Menger padre, por su lado, señaló además que la ventaja del lenguaje verbal es que podía recoger las esencias (das Wesen) de los fenómenos económicos, cosa que no permite el lenguaje matemático. En efecto, en una carta a Walras, Menger se preguntaba: “How can we attain to a knowledge of this essence, for example, the essence of value, the essence of land rent, the essence of entrepreneur’s profit … by mathematics?”. Citada por Terence W. Hutchison, A Review of Economic Doctrines, 1870-1929, Clarendon Press, Oxford, 1953, p. 148; y W. Jaffé, Correspondence of Léon Walras and Related Papers, volumen II, North-Holland, Amsterdam, 1965, p. 3.

(126)“Words are concrete audiovisual representations of the abstractions called concepts, in which form all knowledge is retained. As a consequence, any mathematically derived symbolic propositions which are to be meaningful must be translated into words. Thus the long sequence of intermediate steps in a logical derivation must be expressed verbally if it is to be related to human experience. But without subsidiary hypotheses about how people learn, these intermediate steps are not meaningful as guides to the comprehension of behaviour and cannot be related directly to human experience … The introduction amidstream of unexpected developments thus requires the use of words. Symbolism is economical only when one can draw on it for a long time. Process analysis however, by requiring the continual specification of nondeduced empirical hypotheses about learning and expectation revision, and hence about causality, can make little use of this economy.” John B. Egger, “The Austrian Method”, en New Directions in Austrian Economics, ob. cit., pp. 29-30.

(127)Véase Murray N. Rothbard, “The Paradox of Excess Capacity”,en Man, Economy and State, Nash Publishing, Los Angeles, 1970, pp. 638-645.

(128)Para Gottfried Haberler el multiplicador keynesiano “is not an empirical statement which tells us something about the real world, but a barren algebraic relation which no appeal to facts can either confirm or disprove”. Gottfried Haberler, “Mr. Keynes’ Theory of the ‘Multiplier’: A Methodological Criticism”, cap. 21 de Selected Essays of Gottfried Haberler, The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1985, p. 559. Murray N. Rothbard, con la finalidad de ilustrar el peligro que supone el automatismo matemático, y a modo de parodia, presenta el siguiente multiplicador de inversión mucho más “potente” que el propuesto por el propio Keynes, y que denominaremos multiplicador de Rothbard (pues se basa en que toda la expansión monetaria sea entregada al profesor Rothbard para que éste la gaste):
Sean Y = Renta Nacional
R = Renta del prof. Rothbard
V = Renta del resto de las ciudadanos; por tanto se da la identidad Y = V + R
Es claro que dada la pequeñisima fracción que supone la renta del profesor Rothbard R del total Y, V es una función muy estable de Y (desde luego mucho más estable que la propia función de consumo keynesiana):
Sea, por ejemplo, V = 0’99999Y
entonces Y = 0’99999Y + R
Y(1-0’99999) = R
Y = 1 R = 1 R
1 – 0’99999 0’00001

Y = 100.000 R

Luego la conclusión parece clara, en caso de recesión y desempleo, lo mejor que puede hacerse es crear nuevo dinero y entregárselo al profesor Rothbard para que lo gaste: de esta forma, por cada millón que se le regale, y él se gaste, la renta nacional crecerá en 100.000 millones. Está claro que Rothbard realiza una parodia, pero la operativa matemática subyacente en ambos casos, el del multiplicador keynesiano de la inversión y el del multiplicador de Rothbard, es muy parecida, y muchas veces las parodias nos son útiles para ilustrar los peligros que nos acechan. Véase Murray N. Rothbard, Man, Economy and State, ob. cit., pp. 758-759.


(129)Hans Mayer, “The Cognitive Value of Functional Theories of Price: Critical and Positive Investigations Concerning the Price Problem”, cap. 16 de Classics in Austrian Economics: A Sampling in the History of a Tradition, Israel M. Kirzner (ed.), William Pickering, Londres, 1994, vol. II, p. 92. Se trata de la traducción al inglés por Patrick Camiller del importante y más conocido trabajo seminal de Hans Mayer publicado originariamente en alemán con el título de “Der Erkenntniswert der Funktionellen Preistheorien: Kritische und Positive Untersuchungen zum Preisproblem”, aparecido en Die Wirtschaftstheorie der Gegenwart, Hans Mayer (ed.), Verlag von Julius Springer, vol. 2, Viena, 1932, pp. 147-239b.

(130)Aunque la aplicación de la teoría de conjuntos y de la matemática moderna al campo de la economía a partir de G. Debreu (Theory of Value, Wiley, Nueva York, 1959) supone un avance significativo, estas técnicas siguen adoleciendo de algunas de las insuficiencias que hemos señalado en el texto. Además y en la medida en que siga utilizándose el cálculo infinitesimal, es aplicable también la crítica que ahora comentamos. Recientemente Bruna Ingrao y Giorgo Israel han puesto de manifiesto cómo el moderno análisis del equilibrio general, basado en el análisis vectorial, la topología y la teoría de la convexidad, aunque ha conseguido unos éxitos notables (como demostrar la “existencia” de la solución del problema del equilibrio general por procedimientos directos distintos del tradicional de contar y comprobar que el número de ecuaciones coincide con el de incógnitas), ha hecho que, so pretexto de estudiar con esas técnicas los problemas de existencia, unicidad y persistencia del equilibrio, las matemáticas hayan dejado de estar al servicio del economista, pasando a ser protagonistas indiscutidas a las que todo lo demás se subordina. Y concluyen que: “Our thesis is that the problem of mathematization is no secondary feature of general equilibrium but rather one of the basic reasons for its creation and development”, es decir, mucha riqueza matemática pero poco sustancia económica (Ingrao, B., e Israel, G., The Invisible Hand: Economic Equilibrium in the History of Science, The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1990, p. x.). Entre nosotros Andreu Mas-Colell reconoce este aspecto cuando nos dice que su libro sobre equilibrio general “is a book on technique, and technique is, undoubtedly, its raison d’être. Topics and examples have often been chosen for no other reason than their illustrative value for some aspects of the differentiability techniques” (Andreu Mas-Colell, The Theory of General Economic Equilibrium: A Differentiable Approach, Cambridge University Press, Cambridge, Massachusetts, 1989, p. 3).


(131)Peter T. Bauer, “Reflections on the State of Economics”, en Equality, the Third World and Economic Delusion, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1981, cap. 15, pp. 255-266.

(132)M. Hashem Pesaran, “Econometrics”, The New Palgrave: A Dictionary of Economics, ob. cit., vol. II, especialmente las pp. 18-19.

(133)A. Chiang, en sus Métodos fundamentales de economía matemática, Editorial Almorok, Buenos Aires, 1977, afirma (en sus pp. 16-17) que las principales desventajas del enfoque matemático son las siguientes: “en primer lugar, el lenguaje matemático no es la lengua materna de todos los economistas y ello trae aparejadas dificultades de comunicación entre los matemáticos y no matemáticos. Esto significa, por una parte que los economistas no matemáticos no están en condiciones de aprovechar las conclusiones a que llegan sus colegas matemáticos, a menos que se tomen el trabajo de traducirlas al lenguaje discursivo; por otro lado (y quizá esto sea lo más importante), el economista matemático no puede aprovechar la crítica de los economistas no matemáticos. En segundo lugar, el economista con formación matemática está expuesto a dos tendencias: en primer lugar limitarse a los problemas que puedan ser resueltos matemáticamente, y en segundo lugar adoptar supuestos económicos inadecuados en aras de la conveniencia matemática.” Norbert Wiener, por su parte, ha concluido que “the economists have developed the habit of dressing up their rather imprecise ideas in the language of infinitesimal calculus … Very few modern econometricians are aware that if they are to imitate the procedure of modern physics and not its mere appearances, a mathematical economics must begin with a critical account of these quantitative notions and the means adopted for collecting and measuring them. To assign what purports to be precise values to such essentially vague quantities is neither useful nor honest, and any pretence of applying precise formulae to these loosely defined quantities is a sham and a waste of time”. (Norbert Wiener, God and Golem Inc., The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1964, pp. 89-90-91). Lord Keynes, por su parte, escribió aún más duramente que “Too large a proportion of recent ‘mathematical’ economics are mere concoctions, as imprecise as the initial assumptions they rest on, which allow the author to lose sight of the complexities and interdependencies of the real world in a maze of pretentious and unhelpful symbols” (John Maynard Keynes, The General Theory of Employment, Interest and Money, Macmillan, Londres, 1936, p. 298; p. 264 de la edición castellana traducida por Eduardo Hornedo y publicada por el Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1970). Y finalmente W. Leontieff nos pone en guardia frente a “that younger economists, particularly those engaged in teaching and in academic research, seem by now quite content with situations in which they can demonstrate their prowess (and incidentally, advance their careers) by building more and more complicated mathematical models and devising more and more sophisticated methods of statistical inference without ever engaging in empirical research” (Wassily Leontieff, “Theoretical Assumptions and Non Observed Facts”, American Economic Review, marzo de 1971, p. 3). Más favorables al uso de la matemática son, entre nosotros, Manuel Jaén García y Agustín Molina Morales en “La Economía Matemática y la controversia sobre la utilización de las Matemáticas en la Economía”, Cuadernos de Ciencias Económicas y Empresariales, Universidad de Málaga, año 18, nº 26, enero-junio 1994, pp. 25-46.

(134)El escepticismo de los economistas austriacos frente al tratamiento matemático de la economía tiene su origen en el propio Carl Menger, que ya en su carta a Leon Walras de febrero de 1884 concluye textualmente que “la méthode mathématique est fausse” (E. Antonelli, “Leon Walras et Carl Menger à travers leur correspondence”, Économie Appliqué, volumen 6, abril-septiembre de 1953, p. 282). Y de allí pasa a Mises, para el cual “The mathematical economist, blinded by the prepossession that economics must be constructed according to the pattern of Newtonian mechanics and is open to treatment by mathematical methods, misconstrues entirely the subject matter of his investigations. He no longer deals with human action but with a soulless mechanism mysteriously actuated by forces not open to further analysis. In the imaginary construction of the evenly rotating economy there is, of course, no room for entrepreneurial function. Thus the mathematical economist eliminates the entrepreneur from his thought. He has no need for this mover and shaker whose never ceasing intervention prevents the imaginary system from reaching the state of perfect equilibrium and static conditions. He hates the entrepreneur as a disturbing element. The prices of the factors of production, as the mathematical economist sees it, are determined by the intersection of two curves, not by human action”, Human Action, ob. cit, p. 702. Y en la página 350 de esta misma obra concluye aún más duramente que “The mathematical method must be rejected not only on account of its barreness. It is an entirely vicious method, starting from false assumptions and leading to fallacious inferences. Its syllogisms are not only sterile; they divert the mind from the study of the real problems and distort the relations between the various phenomena”. Ludwig von Mises, “Logical Catallactics versus Mathematical Catallactics”, Human Action, ob. cit., pp. 350-357.

(135)Véase mi artículo “La crisis del paradigma walrasiano”, en Jesús Huerta de Soto, Estudios de Economía Política, Unión Editorial, Madrid, 1994, cap. 2.

(136)“Lo que distingue a la Escuela Austriaca y habrá de proporcionarle fama inmortal es precisamente el hecho de haber desarrollado una teoría de la acción económica y no de la ‘no acción’ o ‘equilibrio económico’.” Ludwig von Mises, Notes and Recollections, Libertarian Press, South Holland, Illinois, 1978, p. 36.

(137)Las aportaciones de Mises fueron paralelas a las desarrolladas por el también economista austriaco Hans Mayer, sucesor de Menger y Wieser en la cátedra de economía de Viena, para el cual, y como ya hemos visto, no tiene sentido la teoría neoclásica de la determinación funcional de los precios, pues en la misma se presupone que se integra en un sistema de ecuaciones, de manera simultánea, información en cuanto a los precios y cantidades de los bienes y servicios producidos en el mercado, que en la realidad nunca estará “dada” a la vez en la sociedad, sino que va surgiendo secuencialmente a lo largo de un proceso y como resultado de acciones humanas concretas movidas por la fuerza de la función empresarial. La obra esencial de Hans Mayer es la ya citada “Der Erkenntniswert der funktionellen Preistheorien: Kritische und positive Untersuchungen zum Preisproblem”, en Die Wirtschaftstheorie der Gegenwart, edit. Verlag von Julius Springer, volumen 2, Viena, 1932, pp. 147-239b, publicada en las pp. 55-171 del volumen II de Classics in Austrian Economics: A Sampling in the History of a Tradition, Israel M. Kirzner (ed.), William Pickering, Londres, 1994.

(138)No se concibe, por tanto, que la economía sea una teoría sobre la elección o decisión (ex-ante siempre racional por definición), sino una teoría sobre los procesos sociales de coordinación que, con independencia del carácter racional de todas las decisiones implicadas en los mismos, podrán ser más o menos ajustados según cuál sea la perspicacia mostrada en el ejercicio de la acción empresarial por parte de los diversos actores. Véase Israel M. Kirzner, The Meaning of Market Process: Essays in the Development of Modern Austrian Economics, Routledge, Londres, 1991, pp. 201-208.

(139)La concepción dinámica de la economía como ciencia no estrictamente maximizadora (en términos estáticos y matemáticos) tiene su origen en el propio Menger. En este sentido, A.M. Endres llega incluso a referirse al “principio mengeriano de la no maximización”. Véase su “Menger, Wieser, Böhm-Bawerk and the Analysis of Economic Behaviour” en History of Political Economy, volumen 23, nº 2, verano 1991, pp. 275-295, y en especial la nota 5 a pie de la página 281. Y también es de interés, a estos efectos, el libro de Jack High, Maximizing Action and Market Adjustment: An Inquiry into the Theory of Economic Disequilibrium, International Carl Menger Series, Philosophia Verlag, Munich y Viena, 1990.

(140)Llama la atención la reciente conversión de Mark Blaug que, después de desdeñar, como ya hemos visto (nota 49 anterior), a la Escuela Austriaca, ha apostatado del modelo del equilibrio general y del paradigma neoclásico-walrasiano, concluyendo que “I have come slowly and extremely reluctantly to view that they (la Escuela Austriaca) are right and that we have all been wrong”. Appraising Economic Theories, M. Blaug y N. de Marchi (eds.), Edward Elgar, Londres, 1991, p. 508. En el mismo sentido su Economics Through the Looking Glass, Institute of Economic Affairs, Occasional Paper 78, Londres, 1988, p. 37. Y más recientemente en el Economic Journal (noviembre de 1993, p. 1571) se ha referido de nuevo al paradigma neoclásico, en relación con su aplicación al socialismo, como algo “so administratively naive as to be positively laughable. Only those drunk on perfectly competitive, state equilibrium theory could have swallowed such nonsense. I was one of those who swallowed it as a student in the 1950s and I can only marvel now at my own dim-wittedness”. El último autor que ha culminado de forma expresa su abandono del paradigma tradicional neoclásico es Joseph E. Stiglitz (Whither Socialism?, The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1994). Aunque a Stiglitz, a diferencia de Blaug, le gustaría resaltar la “originalidad” de sus planteamientos ignorando la existencia y aportaciones previas del enfoque dinámico, y de hecho pretende introducir todo un nuevo paradigma (que él denomina new information theoretic paradigm, p. x.), se ve, no obstante, obligado a reconocer que corresponde a los teóricos de la Escuela Austriaca (cuyas aportaciones, por cierto, pone de manifiesto no conocer tan bien como Blaug) el mérito de haber sido los primeros en criticar correctamente el modelo de equilibrio y plena información de la escuela neoclásica, proponiendo un paradigma alternativo basado en el estudio de los procesos reales del mercado (Whither Socialism?, ob. cit., pp. 24-26 y 274-276). Stiglitz concluye que “The criticism of neoclassical economics is not only that it fails to take into account the broader consequences of economic organization on the nature of society and the individual, but that it focuses too narrowly on a subset of human characteristics – self-interest, rational behavior” (p. 273).

(141)F.A. Hayek, Los Fundamentos de la Libertad, 5ª edición, Unión Editorial, Madrid, 1991, y Derecho Legislación y Libertad, 3 volúmenes, Unión Editorial, Madrid, 1ª edición 1982, 3ª edición 1994. Las traducciones de estos libros son de José-Vicente Torrente y de Luis Reig Albiol, respectivamente.

(142)Véase especialmente mi Prólogo al volumen I de la edición castellana de las Obras Completas de F.A. Hayek (La Fatal Arrogancia: Los Errores del Socialismo), publicado por Unión Editorial, Madrid, 1990. Sobre el papel de Hayek en la historia del pensamiento económico, puede consultarse el libro del profesor José Manuel Moreira, de la Universidad de Oporto, titulado Hayek e a História da Escola Austríaca de Economía, Biblioteca das Ciencias do Homem, Ediçoes Afrontamento, Oporto, 1994.

(143)Véase Israel M. Kirzner, “Austrian School of Economics”, The New Palgrave: A Dictionary of Economics, volumen I, Macmillan, Londres, 1987, pp. 145-157, y en especial las pp. 148-150. Recientemente Murray N. Rothbard y alguno de sus discípulos (Joseph T. Salerno, Hans-Herman Hoppe, etc.) han querido ver el desarrollo de dos paradigmas distintos dentro del enfoque dinámico, uno de origen misiano, centrado en la acción humana y la praxeología, y otro de corte hayekiano, actualmente liderado por Kirzner y basado en la función empresarial y el carácter disperso del conocimiento. Aunque en muchos aspectos son obvias las diferencias entre Mises y Hayek, sus aportaciones forman parte del mismo tronco común y se refuerzan unas a otras, por lo que estimo que en la mayoría de las ocasiones es más fructífero destilar una síntesis de las mismas y enlazarlas conjuntamente, que separarlas de forma artificial.

(144)Murray N. Rothbard, Man, Economy and State: A Treatise on Economic Principles, Ludwig von Mises Institute, Auburn University, 3ª edición, 1993; America’s Great Depression, New York University Press, Nueva York, 1975; Power and Market, New York University Press, Nueva York, 1977; The Ethics of Liberty, Humanities Press, Nueva Jersey, 1982.

(145)Lucas Beltrán, “Prólogo” a la segunda edición castellana de F.A. Hayek, Los Fundamentos de la Libertad, Unión Editorial, Madrid, 1975, pp. 7-10.

(146)José T. Raga, “Proceso Económico y Acción Empresarial”, en Homenaje a Lucas Beltrán, edit. Moneda y Crédito, Madrid, 1982, pp. 597-619. Y más recientemente su “Función Social y Comportamiento del Empresario en una Economía Regulada”, en Estudios sobre la Encíclica “Centesimus Annus”, Fernando Fernández Rodríguez (ed.), Unión Editorial, Madrid, 1992, pp. 517-549.

(147)Rafael Rubio de Urquía, “La Autonomía de ‘Lo Económico'”, Nueva Revista, nº 31, octubre de 1992, pp. 60-80.

(148)En mi “Prólogo” al libro de la profesora Paloma de la Nuez, La Política de la Libertad: Estudios del Pensamiento Político de F.A. Hayek, Unión Editorial, Madrid, 1994, me refiero con más detalle al surgimiento y desarrollo de una “Escuela Austriaca de Madrid”, en torno a mi Seminario semanal sobre este Programa de Investigación, y en la que están jugando un papel creciente y destacado jóvenes profesores e investigadores como José Juan Franch, Ángel Rodríguez, Oscar Vara, Javier Aranzadi del Cerro, Carlos de Miguel, José Manuel Moreira, Esteban Gándara y la propia Paloma de la Nuez, entre otros.