2. El paradigma neoclásicoy la economía empírica 160

PRIMERA PARTE:
CONCEPTO Y MÉTODO

CAPÍTULO III

PROGRAMAS DE INVESTIGACIÓN EN LA CIENCIA ECONÓMICA

2. EL PARADIGMA NEOCLÁSICO Y LA ECONOMÍA EMPÍRICA

El núcleo hasta ahora más numeroso de la profesión de economistas mantiene unas posiciones metodológicas basadas, al menos en principio, en la refutación empírica de las proposiciones científicas. Este objetivo de refutación se combina en la práctica con una concepción de lo económico en base a una serie de aspectos diferenciadores, que comentamos a continuación.

El concepto de “lo económico” en la escuela neoclásica

Siguiendo a Gary Becker (33), podemos considerar que las notas diferenciales del concepto de lo económico para la ortodoxia neoclásica son las siguientes:

Primero, una asunción explícita y extensa del planteamiento maximizador, ya se trate de unidades de producción, consumidores, familias o entidades públicas. Es decir, se concibe que el punto de vista económico está constituido por el criterio maximizador en la toma de decisiones (34). Además, la economía se concibe como una “teoría de la decisión”, es decir, como es una ciencia que ha de permitir la interpretación, explicación y predicción de las decisiones humanas y de sus efectos.

En segundo lugar, y muy relacionado con el punto anterior, se parte de considerar que el comportamiento humano es racional, entendiendo por racionalidad la combinación de una serie de elementos. Por un lado, el hecho de que los seres humanos actúen en función de su interés particular (“egoísta”), al que en la mayor parte de los casos se termina dando un contenido concreto o definición estrecha (“maximización de ingresos monetarios”, “maximización de votos” en un entorno político, etc.). Por otro lado, por racionalidad también se entiende el mantenimiento del mal llamado “principio de consistencia interna” en la toma de decisiones (pues debería de denominarse principio de la constancia en las valoraciones), de acuerdo con el cual se considera que se da la propiedad transitiva en relación con las diferentes valoraciones y que las alternativas son conocidas de forma completa, tanto en cuanto a los fines como en cuanto a los medios y en lo que se refiere a las diferentes restricciones (35).

En tercer lugar, la existencia de mercados que, con grados de eficacia desiguales, coordinan las acciones de los diversos partícipes.

Y en cuarto lugar, la suposición de que las preferencias y valoraciones no presentan cambios sustanciales a lo largo del tiempo (36).

Esta concepción de lo económico con estas características de racionalidad, maximización, vocación empírica y formalismo se aplica en muy amplios y distintos campos, incluyendo los relativos a la elección pública (que antes estaban reservados para los analistas políticos), las relaciones sociales familiares como el matrimonio, el estudio del comportamiento criminal, los factores demográficos, etc., etc. Se explican, por tanto, las acusaciones de “imperialismo” que el paradigma ha recibido por algunos estudiosos de otras disciplinas, siendo discutible hasta qué punto sus cultivadores se han hecho o no acreedores a este tipo de críticas (37).

La polémica en torno al realismo de los supuestos

No cabe dar una denominación única a este grupo propenso a configurar la economía como una ciencia dotada de base empírica creciente y de expresión netamente formalizada, al tiempo que abierta a nuevos ámbitos. Y es que, en este apartado, se incluyen posiciones distintas que cubren un amplio abanico que se extiende desde la exigencia de tomar como criterio de enjuiciamiento de la validez de una teoría el realismo corroborable de sus supuestos y la corrección de sus predicciones, hasta la simple postulación de adveración práctica de las previsiones derivadas de la teoría, sin importar la adecuación, o incluso la abierta discrepancia, entre los supuestos de partida y la realidad. Así, representarían la primera posición autores como T.W. Hutchison y T.C. Koopmans (38), y serían exponentes de la segunda Milton Friedman e incluso Gary Becker (39).

La polémica en torno al realismo de los supuestos ha sido importante en el campo de las discusiones metodológicas que se han dado en la profesión. Se considera que el ensayo de Milton Friedman sobre “La Metodología de la Economía Positiva”, junto con la obra clásica de Lionel Robbins (40), son los escritos sobre el método que más difusión han tenido hasta ahora entre los economistas y que en cierta forma desencadenaron la polémica. En el escrito de Friedman se relaciona la aceptabilidad de una teoría con la adecuación de sus predicciones a la realidad, señalando que ese acuerdo entre predicciones y hechos se limita a no desacreditar una teoría, sin que permitan darla por válida, lo que pone de relieve las evidentes resonancias del primer Popper en Milton Friedman. En la formulación de una teoría, los supuestos por un lado constituyen un medio válido de describirla o presentarla, a veces facilitan una verificación indirecta de la hipótesis por medio de sus implicaciones, y además son medios convenientes para establecer las condiciones bajo las cuales se espera que la teoría sea válida. Ahora bien, el proceso teórico es meramente instrumental, en el sentido de que la teoría no aspira a ser descriptiva, sino que pretende aislar un rasgo central de un determinado problema de manera que, en la medida en que el cuerpo teórico se sustenta sobre ese rasgo, sea capaz de permitir predicciones contrastables empíricamente. Aspirar a que la teoría fuera descriptiva llevaría, dada la gran complejidad de la economía, a pretender algo así como crear un imposible “mapa de tamaño natural”.

Este planteamiento ha sido cuestionado por la orientación que se ha denominado ultraempírica, y también por otras posiciones menos exigentes como, por ejemplo, la de Samuelson, que llega a descalificar la validez de las proposiciones que sean incapaces de dar cuenta de la realidad en forma descriptiva.(41) Entre las posturas de Friedman y Samuelson, la mayoría de la profesión se podría encuadrar entre la posición mantenida por Fritz Machlup (42), quien acepta el liberalismo de los supuestos a condición de que sean racionales, y la de William J. Baumol (43), que entiende que oponerse al realismo de los supuestos es como oponerse a la virtud, si ese realismo puede obtenerse sin un coste adicional relevante, añadiendo que, dado que en economía son enormes las dificultades para arbitrar mecanismos que permitan la descalificación tajante de una teoría, aunque con planteamientos irreales puedan obtenerse ocasionalmente buenos resultados, no es conveniente confiar en que esto pueda ocurrir siempre, por lo que la obstinación en el irrealismo, cuando va más allá de la simplificación, en nada puede ayudar al progreso del conocimiento económico. Vemos cómo Baumol, al menos en este aspecto, mantiene una posición muy semejante a la de los teóricos de la Escuela Austriaca, para los cuales el realismo de los supuestos es de gran transcendencia.

La contrastación empírica de las proposiciones económicas

En cuanto al tema de la contrastación empírica de las proposiciones económicas, constituye una cuestión bastante delicada que ya hemos tocado al hablar de la concepción dinámica de los procesos de mercado. En todo caso, muchos teóricos del paradigma neoclásico reconocen que la cláusula ceteris paribus es un recurso analítico importante, pero que dificulta enormemente la contrastación empírica; de otro lado, la explicación de determinada relación causal en términos funcionales es circular por lo que la verificación (o el contraste, hablando con más rigor) en muchos casos no puede llevarse a cabo. A eso hay que añadir el hecho de que, en el período que media entre el establecimiento de la “relación funcional” y su puesta a prueba, el substrato económico configurado por los agentes económicos puede cambiar, pudiendo ser un factor de fomento del cambio de comportamiento el propio trabajo analítico del economista y su publicación, de forma que el blanco a que se tiende no sólo está en movimiento, sino que cambia de forma continuamente. Esta dificultad se extiende, además, a las posibilidades de incorporar los hechos a los supuestos como indica que debería hacerse Koopmans; y finalmente, el problema de la inducción no puede separarse de la existencia de una teoría previa (la econometría aspira a la predicción con explicaciones, esto es, con teoría; la posición opuesta de predicción sin teoría es una aspiración meramente estadística), cuya refundamentación siempre arriesga a convertirse en un inevitable círculo vicioso.

Milton Friedman, en su posición inicial, es consciente de las dificultades de verificar -o, si se prefiere, de falsar- una teoría, dado el carácter “abierto” de la economía, lo que da pie a añadir excepciones, a acotar el campo de validez, a cuestionar la permanencia de los supuestos en que se apoya o la vigencia de la condición ceteris paribus. En base a esto, el abandono de una teoría no tiene por qué ser inmediato si alguna de sus implicaciones no parece ser corroborada por los hechos. Además, se reconoce incluso que, en algunos casos, las teorías económicas, por ejemplo, la del equilibrio general, no son susceptibles de falsación, ya que son más analíticas que otra cosa y, sin embargo, algunos economistas las consideran provechosas para su trabajo. En todo caso, Friedman habría unificado indebidamente varios supuestos sobre: 1) motivaciones; 2) hechos empíricos referentes a la existencia de las relaciones funcionales a contrastar y medir; 3) la constancia o irrelevancia de ciertos valores o situaciones; y 4) los que delimitan el ámbito para el que se postula la validez de la teoría (44). Algunos de estos supuestos sí que serían contrastables, o al menos se pueden definir con cierta precisión, para evitar heurísticas negativas o hipótesis ad-hoc que prolonguen en exceso el mantenimiento de una posición. A pesar de todo, las polémicas metodológicas se mantienen, y así Laurence A. Boland salió en defensa de Friedman con una “defensa instrumentalista del instrumentalismo”, que no recibió más respuesta que la de E. Rotwein (45). Sin embargo, dentro del paradigma neoclásico, estas polémicas sobre el método rara vez han dado lugar a cambios en la forma en que los participantes en las mismas efectúan su trabajo. En efecto, los teóricos, a pesar de estas discusiones, centran su actividad en cuestionar la pertinencia de las conclusiones, si los datos son o no apropiados y el rigor en el análisis, pero tendiendo a pasar por alto las cuestiones fundamentales analizadas en las polémicas metodológicas.

Los teóricos del paradigma neoclásico consideran, en suma, que una adecuada explicación de los supuestos respecto al ámbito en que se opere y las reglas de funcionamiento es suficiente, junto con los datos cuantitativos relevantes, para suponer que los principios sobre motivaciones pueden ser ratificados o contradichos, así como que las teorías permitan hacer predicciones. Las ciencias naturales recurren a experimentos que, si bien no tienen carácter decisivo, son una aportación a la que la economía, aunque sólo pueda acceder limitadamente, no debe, de acuerdo con esta corriente, renunciar, considerándose que dan lugar en ocasiones a resultados de interés práctico; habiéndose realizado incluso “experimentos de laboratorio” y simulacros de mercados “reales” con reglas y premios monetarios sustanciales asociados al éxito en el comportamiento, que supuestamente han permitido “medir” de manera bastante “exacta” conductas y resultados (46). Igualmente, se ha pretendido lograr una predictibilidad en los modelos de equilibrio competitivo, así como explicar otras teorías generadas dentro del paradigma neoclásico, como la de la preferencia revelada, o el consumo explicado por la hipótesis de la renta permanente, y otras.

Evolución del paradigma neoclásico

El paradigma neoclásico se encuentra en una evidente situación de cambio o crisis. Las “anomalías” macroeconómicas de los años 70 pusieron en tela de juicio muchos modelos económicos y, en especial, al keynesianismo. Además, las críticas que ha recibido el paradigma por centrarse prioritariamente en los estados de equilibrio y en los supuestos de plena información (en términos ciertos o probabilísticos) han terminado haciendo mella en él (47). Así, y desde la Segunda Guerra Mundial, podría distinguirse la siguiente evolución en el paradigma neoclásico. A finales de los años 40, el liderazgo dentro del paradigma lo adquiere Paul A. Samuelson, al reescribir la teoría económica dominante empleando técnicas matemáticas. Los artículos influidos por él saturan, a partir de entonces, las revistas especializadas y su libro Los Fundamentos del Análisis Económico (48) se convierte en la referencia obligada de los teóricos del paradigma. Además, y con carácter adicional, el libro de texto introductorio de Samuelson domina el mercado durante varias décadas. Esto hace que el nombre de Samuelson se convierta en sinónimo de “economía neoclásica” y, de hecho, fue el primer americano en conseguir el Premio Nobel de Economía en 1969. Sin embargo, en las dos décadas subsiguientes, el protagonismo de Samuelson es sustituido, paulatinamente, por el de Milton Friedman y la Escuela de Chicago, si bien hay que constatar que, en lo que se refiere a su influencia efectiva a través de libros de texto, Friedman nunca logró igualar el éxito del libro de Samuelson. En todo caso, la posición monetarista de Friedman (que él a menudo ha mantenido que representa una diferencia más bien en cuanto a opiniones empíricas con el keynesianismo y no una diferencia esencial de estricto enfoque teórico) pasa a lo largo de los años 70 y 80 a formar parte de la educación básica de los economistas neoclásicos y, de hecho, y como ya hemos mencionado, sus Ensayos de Economía Positiva se introduce como lectura obligatoria prácticamente en todos los programas de economía. Se produce así, en la práctica, una curiosa síntesis entre el posicionamiento monetarista de Friedman y el neoclasicismo de Samuelson, habiendo manifestado, por ejemplo, Robert Lucas que su programa de investigación en economía representaba una combinación del libro de Friedman Capitalismo y Libertad (49), que le proporcionó la necesaria “perspectiva política”, y Los Fundamentos del Análisis Económico de Samuelson, que le enseñó como había que hacer Ciencia Económica (50).

A partir de finales de los años 70 y continuando en los 80 ha surgido otra figura, la de Joseph E. Stiglitz, cuyos trabajos han influido notablemente en los artículos que se publican en las revistas especializadas más prestigiosas. Stiglitz, que ganó el Premio John Bates Clark en 1979, ha contribuido en los más variados campos de la economía moderna desarrollada por el paradigma neoclásico, convirtiéndose actualmente en una figura dominante de la profesión, cuyas principales aportaciones han sido resumidas en su libro de texto publicado en 1993.(51) Stiglitz se ha hecho eco de algunas de las críticas recibidas por el paradigma neoclásico y ha construido sus modelos usando las técnicas tradicionales del paradigma, pero modificando los supuestos tradicionales e introduciendo otros más realistas, como los de información imperfecta, interacción estratégica, y estructuras “imperfectas” de mercado. Aunque dentro del paradigma neoclásico es saludable esta última tendencia, es inevitable que el corsé que supone su formalismo matemático y, sobre todo, la concepción objetiva de la información (“imperfecta”) en un marco estático en el que no se da entrada a la función empresarial, hagan que el “realismo” introducido sea, en gran medida, una caricatura de los procesos que realmente se dan en el mercado, lo cual hipoteca en algunos casos la completa validez de sus conclusiones (52).

En todo caso, aunque hay que reconocer que la mayor parte del capital humano de la profesión se encuentra invertido en el paradigma neoclásico, las críticas que actualmente está recibiendo son tan pertinentes que el mismo se encuentra en una fase de cambio y de reconsideración de sus postulados, cuya futura evolución es, en todo caso, difícil de prever. A continuación, vamos a exponer de manera resumida cuáles son las críticas más importantes que se han efectuado a este paradigma.

Análisis del “cientismo” neoclásico

Siguiendo a Hayek, denominaremos cientismo (53) a la indiscriminada e indebida aplicación del método de las ciencias naturales al campo de las ciencias sociales o de la acción humana. Puede interpretarse que el cientismo tiene diversas razones de ser, entre las que se han mencionado al complejo de inferioridad de los científicos sociales, que tradicionalmente han deseado alcanzar la misma precisión, en cuanto a predicciones y resultados, que sus colegas de las ciencias de la naturaleza, elaborando una ingeniería social que permitiera solucionar todos los problemas sociales y respondiendo así a unas demandas sociales que, hasta ahora, se han considerado legítimas y justificadas. También, hemos mencionado con anterioridad la posición de Mirowski, que ha explicado cómo el cientismo en el campo social tiene su origen en una mala copia de los posicionamientos de la física desarrollada en los últimos dos siglos.

El cientismo es defensor del monismo metodológico, y no entiende que existan dos mundos cualitativamente distintos, el de las ciencias de la naturaleza y el de la acción humana, que por razón de su objeto exijan una aproximación y metodología diferentes. Además, los cientistas consideran que la discusión sobre axiomas pertenece a un campo no científico (“metafísica”) y al menos retóricamente han establecido como criterio de demarcación de lo que sean proposiciones científicas el propuesto por el joven Popper que, como ya hemos visto, consiste en la posibilidad de contrastar empíricamente las hipótesis teóricas.

Sin embargo, el monismo metodológico que se encuentra en la base del cientismo que alimenta el paradigma neoclásico-walrasiano ha sido puesto en duda en diversos frentes. Así, su fundamentación empírica ha sido criticada en base a una serie de argumentos que son aplicables de una manera general a toda la metodología positivista, con independencia de la ciencia en la que la misma se pretenda utilizar (y, por tanto, incluyendo a la propia Física).

En efecto, en primer lugar, se ha argumentado que los criterios de verificación o falsación propuestos no son ni verificables ni falsables en sí mismos, por lo que, de acuerdo consigo mismos, serían pura “metafísica”. Es decir, es aplicable a los propios principios de demarcación la crítica que ellos realizan en relación con las metodologías apriorístico-deductivas: los criterios de demarcación positivista, desde el propio punto de vista positivista, son proposiciones apriorísticas sin ningún contacto con la realidad y carentes, por tanto, de sentido científico.

Además, se argumenta que verificar o falsar una hipótesis para ver si dicha proposición tiene o no sentido científico exige ir a la realidad, de acuerdo con el propio criterio, para ver si la hipótesis es falsada, lo que exige dar sentido e interpretar esa realidad antes de saber si la proposición tiene o no sentido. Es decir, ir a la realidad exige siempre una teoría previa con un sentido teórico establecido a priori, que permita extraer algún conocimiento de la realidad. Éste es el círculo vicioso que de pasada hemos comentado antes, y que resta tanta fundamentación filosófica a la posición positivista , en cualquiera de sus versiones (54).

Ahora bien, y refiriéndonos ahora más concretamente al campo de la Ciencia Económica, la aplicación en nuestra área del ideal positivista es, aún si cabe, más dudosa y arriesgada, y ello por los siguientes cuatro motivos:

En primer lugar, ya nos hemos referido con anterioridad a que el objeto de estudio de la economía son las ideas que otros tienen sobre lo que desean y hacen, es decir, sobre cuáles son sus medios y sus fines, y no “cosas” que sean directamente observables en el mundo exterior. Las ideas, por el contrario, no se pueden observar, sino que tan sólo se pueden interpretar históricamente, para lo que siempre es preciso disponer de un arsenal teórico previo que, por tanto, tendrá que ser obtenido por otros procedimientos metodológicos. En efecto, un sonido es “una palabra”, una pieza de metal es “dinero ” y un compuesto químico es “un cosmético”, no en función de su composición física, sino en función de lo que las personas implicadas piensan que el sonido significa, que el trozo de papel o pieza de metal va a servirles como medio de intercambio, y que el compuesto químico puede ser utilizado para embellecer la piel. Es claro que los objetos de investigación en economía no son los compuestos químicos ni las cosas directamente observables, sino en todo caso realidades espirituales enjuiciadas por los actores. Y es que los hechos sociales pertenecen a una u otra categoría de fenómenos no de acuerdo con lo que el observador conozca sobre la entidad física directamente observable de los mismos, sino de acuerdo con lo que él crea que la persona observada “conoce” sobre tales objetos. Por eso nuestra ciencia ha de construirse en función de las opiniones o intenciones de las personas que actúan, es decir, con un criterio esencialista, finalista o teleológico. La teoría económica, por tanto, más que consistir en un conjunto de proposiciones empíricas, lo que trata es de proporcionar una técnica de razonamiento que permita interpretar los hechos del mundo exterior.

En segundo lugar, la experiencia sobre los hechos que son objeto de investigación en las ciencias sociales es siempre una experiencia sobre fenómenos complejos que no se pueden aislar y que no permiten efectuar experimentos de laboratorio parecidos a los que se efectúan en el campo de las ciencias naturales. Es decir, todas las leyes de economía son leyes de tendencia, leyes ceteris paribus que se enuncian suponiendo que el resto de todas las otras circunstancias permanece inalterado; pues bien, es evidente que tales leyes de tendencia no pueden contrastarse en una realidad que nunca es ceteris paribus, sino que está cambiando constantemente. Y es que la experiencia sobre los hechos económicos es siempre una experiencia “histórica” sobre fenómenos complejísimos que no pueden aislarse mediante experimentos de laboratorio (y cuando se aislan dan lugar a comportamientos en situaciones hipotéticas y artificiales que nada garantiza que no cambien cuando las circunstancias sean reales). Cada dato de la experiencia histórica puede ser interpretado de muy diversas formas y es el resultado de la confluencia de múltiples causas y de la continua capacidad creativa de la mente humana.

En tercer lugar, hay que señalar que en la realidad económica no hay constantes, sino que todo son variables, es decir, todo está en continuo cambio. Esto es así porque todos los hechos económicos son resultado de acciones humanas que dependen de la información y conocimiento que continuamente están creando y generando ex novo los actores. En la medida en que el conocimiento del hombre constantemente cambia, todos los hechos sociales son también continuamente variables. Esta inexistencia de parámetros constantes hace que sea muy difícil medir en nuestra ciencia, así como que no existan relaciones funcionales constantes en economía. Por ello, podemos concluir que es muy difícil contrastar empíricamente leyes formales ceteris paribus en una realidad en la que todo cambia, en la que no existen constantes, y en la que nadie ha logrado hasta ahora, ni logrará en el futuro, observar nada ceteris paribus. Por ello, parece que las leyes de tendencia o ceteris paribus han de obtenerse por otros procedimientos metodológicos y no de manera empírica, pues nada se puede observar directamente en la realidad ceteris paribus (55).

En cuarto lugar, hay que señalar que el mismo problema se plantea, por ejemplo, a muchos cultivadores de la econometría cuando tratan de contrastar sus modelos de equilibrio en una realidad que se encuentra en un constante desequilibrio. ¿Qué tipo de contraste empírico de un modelo de ajuste perfecto va a poder efectuarse recurriendo a una realidad histórica constantemente desajustada? (56) Estos argumentos críticos han terminado, como no podía ser de otra manera, siendo reconocidos por los epistemólogos, y han llevado a que muchos teóricos suavicen y modifiquen sus posturas sobre este tema, pudiendo señalarse, por ejemplo, que, como ya hemos puesto de manifiesto, el propio Popper evolucionó últimamente hacia posiciones en las que la contrastación empírica de las hipótesis es en muchos casos más bien un ideal que hay que perseguir que una realidad siempre posible, llegando a admitir que la validación se efectúe cuando la contrastación empírica es difícil o imposible, en base a criterios de lógica, coherencia interna, depuración de vicios lógicos, etc (57).


Los conceptos neoclásicos de racionalidad y equilibrio

Procede ahora efectuar algunas consideraciones sobre los conceptos de racionalidad y equilibrio utilizados dentro del paradigma neoclásico. En cuanto a la concepción del equilibrio, ya se ha puesto de manifiesto en el Capítulo II que lo importante es estudiar la tendencia coordinadora o proceso que lleva al equilibrio, más que el equilibrio en sí mismo, en el que los problemas económicos fundamentales por fuerza han de considerarse ya ab initio resueltos.

En cuanto al concepto de racionalidad, hay que señalar que su concreción operativa con un contenido definido (persecución del interés “egoísta” definido en términos monetarios, de maximización de votos, etc.) en gran medida justifica las críticas de imperialismo provenientes de otros científicos cuando los economistas neoclásicos pretenden aplicar esta estrecha concepción de la racionalidad a otros campos hasta ahora ajenos a los estrictamente relacionados con el homo economicus (58). Sin embargo, cabe que la Ciencia Económica se inmunice a estas críticas, si se adopta la concepción de racionalidad puramente formal que propone Ludwig von Mises (59), de acuerdo con la cual toda acción humana es por definición racional, en el sentido de que los seres humanos implicados pretenden buscar, crear y alcanzar unos fines que consideran de valor, buscando, creando y utilizando unos medios que ellos subjetivamente creen que les serán útiles para alcanzar esos fines. Por tanto, no es preciso exigir, en ningún caso, la mal llamada “consistencia interna”, puesto que el ser humano es inconstante, y su información puede cambiar y modificarse a lo largo de su proceso de acción tanto en cuanto a los fines como en lo que respecta a los medios, sin que por ello sea legítimo calificar su acción de “irracional” aunque por falto de constancia no se dé la propiedad transitiva entre preferencias reveladas en momentos distintos del tiempo. La concepción subjetivista, en la medida en que es aplicable a cualquier acción, con independencia de los fines que se persigan, y al considerarse toda acción por definición racional con independencia de que la misma consista o no en un comportamiento meramente maximizador, hace que la Ciencia Económica construida en base a aquélla sea una ciencia plenamente objetiva (es decir, aplicable a cualquier tipo de acciones) y universal (es decir, aplicable en todos los contextos), por lo que, según Mises, se convierte y generaliza en toda una teoría general de la acción humana (praxeología) (60).

Los teóricos del paradigma neoclásico son conscientes del muy restrictivo concepto de racionalidad en el que fundamentan sus teorías, y de la vulnerabilidad en que se encuentran frente a las críticas de imperialismo que reciben por parte de otros científicos relacionados con el campo social. Esto les ha llevado a mantener que no era necesario el realismo de los supuestos de la teoría, sino que bastaba con construir teorías que fueran luego contrastables empíricamente.(61) Sin embargo, esta postura corre el riego de caer en un extremo empiricismo utilizado ad hoc para justificar incluso las hipótesis más pintorescas dentro del instrumentalismo patrocinado por la Escuela de Chicago. Además, esta estrecha concepción del racionalismo ha dado innecesariamente armas a muchos críticos radicales de la Ciencia Económica, que consideran que ésta no existe como tal por basarse en supuestos evidentemente tan irreales. Quizás la solución más adecuada al problema planteado pueda encontrarse en la concepción austriaca que, al dar un sentido meramente tautológico y formal (es decir, sin contenido) al concepto de racionalidad y aportar una razón fundamental por la cual existe una tendencia coordinadora que explica el orden espontáneo del mercado, hace posible la viabilidad de todo un corpus teórico de leyes de tendencia que permite construir la Ciencia Económica sin tener que recurrir a ninguna concepción artificialmente estrecha de racionalidad. Esta fuerza coordinadora es la constituida por la función empresarial y ya la hemos estudiado con detalle en el Capítulo II anterior. Como se ve, se trata de una explicación mucho menos exigente que la del estrecho racionalismo del paradigma neoclásico, lo que la convierte en mucho más general, potente, rica y explicativa de los fenómenos sociales. Y además, es en todo caso suficiente para construir toda una ciencia social unificada conectada con la realidad, inmunizada a las críticas de imperialismo y sobre la irrealidad de los supuestos, y en nuestra opinión más fructífera y útil para impulsar el desarrollo de la civilización (62).

En todo caso, hay que reconocer que dado el gran volumen de capital humano de valía invertido dentro del paradigma neoclásico, éste ha dado lugar sin duda alguna a importantes avances en el campo de la economía. En la medida en que estas aportaciones sean válidas, pueden subsumirse dentro del paradigma en nuestra opinión más amplio, rico y explicativo propuesto por la concepción subjetivista y dinámica de los procesos de mercado estudiada en el capítulo anterior y que, además, tiene la ventaja de evitar los posibles peligros y errores a los que el estrecho concepto de racionalidad y la concepción estrictamente maximizadora y de plena información pueden dar lugar en el paradigma neoclásico. Por tanto, es precisa, en nuestra opinión, la reconstrucción de aquellas aportaciones válidas del paradigma neoclásico pero dentro del marco de la ya explicada concepción dinámica del mercado, para impulsar así de manera aún más rica, fructífera y explicativa la labor de los futuros economistas.

Por último, es curioso señalar cómo las últimas aportaciones de la ciencia natural en general, y de la física teórica en particular, se vienen refiriendo a fenómenos cada vez más complejos y de tratamiento empírico más difícil (en relación, por ejemplo, con la teoría física de los espacios infinitamente grandes y pequeños, “agujeros negros”, etc.), es decir, más parecidos, por tanto, a los que desde siempre la economía se ha visto obligada a estudiar. Esta evolución más reciente de la ciencia natural de manera implícita está sirviendo de modelo a muchos teóricos de las ciencias sociales y junto con las críticas al cientismo y al positivismo que ya hemos enunciado, está motivando que muchos miembros del paradigma neoclásico se hayan visto forzados a revisar sus posturas (como le sucedió al propio Popper, que se vio obligado a evolucionar desde un falsacionismo dogmático hacia posturas mucho más matizadas).

Se ha producido, por tanto, una curiosa ironía en el proceso de evolución de la Ciencia Económica. Y es que muchos economistas están empezando a darse cuenta de cuál es el método más adecuado para su ciencia, pero más como consecuencia de su tradicional mimetismo con respecto a la ciencia natural y como resultado de los últimos desarrollos metodológicos en el proceso de avance de la Física, que por un convencimiento íntimo de que ello es una exigencia ontológica que deriva de las características diferenciales del propio objeto de investigación de la economía. Si esto es así, por primera vez en la historia del pensamiento económico el tradicional seguimiento de los postulados cientistas de la física empezaría a tener efectos beneficiosos sobre nuestra ciencia.

Lo que está claro, en todo caso, es que el cientismo entendido como la indiscriminada aplicación del método positivista de equilibrio a las ciencias sociales se encuentra en crisis, puesto que: a) ha recibido dos proyectiles demoledores, por un lado, la propia evolución del desarrollo científico en el mundo natural y en la física teórica; por otro, la crítica recibida por parte de la concepción subjetivista y dinámica que estudia los procesos de mercado; b) es incapaz de dar cuenta de importantes hechos relevantes del mundo exterior, es decir, de explicar lo verdaderamente interesante que son los aspectos dinámicos del mercado; c) se encuentra a la defensiva de su núcleo central; y d) están expresamente desertando de sus filas un número cuantitativa y cualitativamente cada vez más significativo de economistas (63).

 

Jesús Huerta de Soto
Catedrático de Economía Política
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

 

“Sólo podrá reproducirse total o parcialmente el contenido de este trabajo citando expresamente a su autor y al medio en donde fue originalmente publicado (indicado, en su caso, en la sección de bibliografía del Curriculum vitae). A quienes incumplan esta condición les serán aplicados las leyes civiles y penales que correspondan, a parte de las procedentes indemnizaciones por daños y perjuicios”.

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(33)Gary S. Becker, The Economic Approach to Human Behaviour, The University of Chicago Press, Chicago, 1976, y también su discurso de recepción del Premio Nobel The Economic Way of Looking at Life, The Nobel Foundation, 1992. Véase igualmente a Ramón Febrero y Pedro Schwartz (eds.), La Esencia de Becker, Ariel, Barcelona, 1997, especialmente pp. 13-43.

(34)La acción humana no consiste esencialmente en asignar medios dados a fines también dados de una forma “óptima”, sino que consiste básicamente, como hemos visto en el capítulo II, en percibir, apreciar y darse cuenta de cuáles son los fines y medios, es decir, en buscar y descubrir nuevos fines y medios de forma activa y creadora. Por eso hemos de ser especialmente críticos de esta estrecha concepción neoclásica de la economía que presupone un conocimiento dado de los fines y los medios, por lo que el problema económico queda reducido a un problema técnico de mera asignación, maximización u optimización; el hombre neoclásico es un autómata que se limita a reaccionar de forma pasiva ante los acontecimientos. Frente a esta concepción neoclásica destaca la postura de la Escuela Austriaca para la cual el hombre, más incluso que homo sapiens, es homo agens u homo empresario que actúa. Más que asignar con carácter exclusivo medios dados a fines también dados, lo que realmente hacemos los humanos es buscar constantemente nuevos fines y medios, aprendiendo del pasado y usando de nuestra imaginación para descubrir y crear el futuro paso a paso. Es más, incluso la acción que parezca más meramente maximizadora y optimizadora posee siempre un componente empresarial, pues es preciso que, previamente, el actor implicado en la misma se haya dado cuenta de que tal curso de acción, tan autómata, mecánico y reactivo es el más conveniente. Es decir, la concepción neoclásica no es sino un caso particular, relativamente poco importante, que queda englobado y subsumido en la concepción austriaca, que es mucho más general, rica y explicativa de la realidad social. Jesús Huerta de Soto, Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, ob. cit., pp. 83-84.

(35)Amartya Sen, “Rational Behaviour”, en The New Palgrave: A Dictionary of Economics, John Eatwell, Murray Milgate y Peter Newman (eds.), vol. IV, Macmillan, Londres, 1987, pp. 68-76. Muy recientemente J.E. Stiglitz, refiriéndose a”The Narrowness of Neoclassical Man”, ha concluido que “The criticism of neoclassical economics is not only that it fails to take into account the broader consequences of economic organization on the nature of society and the individual, but that it focuses too narrowly on a subset of human characteristics – self-interest, rational behavior. I have stressed the importance of cooperation, honesty, and trust, virtues that make economic relations run more smoothly but that themselves frequently (and thankfully) lead to behavior that goes well beyond that called for by self-interestedness” (J.E. Stiglitz, Whither Socialism?, ob. cit., p. 273.)

(36)Se entiende ahora que el “individualismo metodológico” de la escuela neoclásica en muchas ocasiones aparezca como un recurso retórico o, como mucho, una simplificada caricatura cientista de la verdadera concepción subjetivista de la Economía. El ser humano actor y creativo brilla por su ausencia en los modelos neoclásicos y no es de extrañar que el propio Pareto confesara que a los efectos de su concepción de la economía daba lo mismo que el ser humano se extinguiese o desapareciese, siempre que previamente dejase dibujado su mapa de curvas de indiferencia (es decir, su “función de utilidad”). Véase Vilfredo Pareto, Manual of Political Economy, Augustus M. Kelley, Nueva York, 1971, p. 120.

(37)Véase, por ejemplo, el libro Economic Imperialism: The Economic Method Applied outside the Field of Economics, Radnitzky, G. y Bernholz, P. (eds.), Paragon House Publishers, Nueva York, 1987.

(38)T.W. Hutchison, The Significance and Basic Postulates of Economic Theory, Macmillan, Londres, 1938; y T.C. Koopmans, “La Construcción del Conocimiento Económico”, en Tres Ensayos sobre el estado de la Ciencia Económica, Editorial Bosch, Barcelona, 1980.

(39)Milton Friedman, “La Metodología de la Economía Positiva”, en Ensayos sobre Economía Positiva, Editorial Gredos, Madrid, 1967; y también el artículo escrito por Gary S. Becker en sus años juveniles, “Irrational Behaviour and Economic Theory”, en Journal of Political Economy, volumen LXX, febrero de 1962.

(40)Lionel Robbins, Ensayo sobre la Naturaleza y Significación de la Ciencia Económica, obra ya citada, originariamente publicada en inglés en 1932 y traducida al castellano y publicada por el Fondo de Cultura Económica en Méjico en diversas ediciones (la última en 1980). La obra de Robbins, tal y como reconoce el autor en su prefacio, está muy influida por el posicionamiento metodológico de Ludwig von Mises, si bien la versión que Robbins hizo de la postura metodológica de Mises no es completamente correcta, pues no da entrada a la capacidad creativa del ser humano y concibe un contexto maximizador en el que los fines y los medios siempre se consideran “dados”.

(41)Paul A. Samuelson, “Problemas de Metodología: Discusión”, Revista Española de Economía, año II, nº 3, septiembre-diciembre de 1972; y también “Sobre Teoría y Realismo: una Respuesta”, en Revista Española de Economía, ibidem.

(42)Fritz Machlup, “El Problema de la Verificación en Economía”, publicado en Lecturas de Teoría Económica, tomo I, Departamento de Teoría Económica, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Barcelona, Barcelona, 1975.

(43)William J. Baumol, “Business Behaviour, Value and Growth”, publicado en Economistas Modernos, F. Caffe (ed.), Editorial Uteha, Méjico, 1963.

(44)G.L. Archibald, “Problems of Methodology: A Discussion”, American Economic Review: Papers & Proceedings, nº 53, mayo de 1963.

(45)Laurence A. Boland, “A Critique of Friedman’s Critics”, Journal of Economic Literature, volumen 17, nº 2, 1979; E. Rotwein, “Friedman’s Critics: A Critic’s Reply to Boland”, Journal of Economic Literature, volumen 18, 1980.

(46)Plott, Ch. R., “Industrial Organization Theory and Experimental Economics”, Journal of Economic Literature, vol. XX, nº 4, diciembre de 1982; y Smith, V.A., Papers in Experimental Economics, Cambridge University Press, Cambridge, 1991
. Véase la crítica metodológica que más adelante (pp. 172-178) hacemos a este tipo de “experimentos de laboratorio”.

(47)Véase Jesús Huerta de Soto, “La crisis del paradigma walrasiano”, en Estudios de Economía Política, Unión Editorial, Madrid, 1994, cap. 2, pp. 56 y ss.

(48)Paul A. Samuelson, The FoundationÇs of Economic Analysis, ob. cit.

(49)Milton Friedman, Capitalismo y Libertad, Editorial Rialp, Madrid, Madrid, 1966.

(50)Arjo Klamer, Conversations with Economists, Rowman & Allanheld, Totowa, Nueva Jersey, 1983.

(51)Joseph E. Stiglitz, Economics, W.W. Norton, 1993, traducido al castellano y publicado con el título de Economía, Editorial Ariel, Barcelona, 1993.

(52)No obstante lo anterior, más recientemente Stiglitz ha abandonado expresamente el paradigma neoclásico tradicional aproximándose a algunos de los planteamientos de la concepción dinámica en su notable libro Whither Socialism? (The MIT Press, 1994, p. 5) que mucho está dando que hablar entre los miembros de la profesión.

(53)Nuestra Real Academia no reconoce la existencia del término “cientismo”, que nosotros utilizamos. El término más aproximado que podemos encontrar en su diccionario es el de “cientificismo” que define en su 5ª acepción como la “tendencia a dar excesivo valor a las nociones científicas o pretendidamente científicas”. Gregorio Marañón, aunque en alguna ocasión utilizó también el término “cientismo”, parece inclinarse definitivamente por el término “cientificismo” que considera como una “caricatura de la ciencia” y define como el “alarde excesivo de una ciencia que no se posee”, concluyendo que “el quid está en que el cientificista da una categoría dogmática, excesiva y sin crítica a todo su vasto saber, abusando de su posición y de su crédito, para hacer comulgar, a discípulos y oyentes, con ruedas de molino” (la cursiva es mía y no de Marañón). Véase “La plaga del Cientificismo”, Capítulo XXXII de Cajal: su tiempo y el nuestro, volumen VII de sus Obras Completas, Espasa-Calpe, Madrid, 1971, páginas 360?361. Consideramos, no obstante, que el término cientismo es más exacto que el de cientificismo, pues de hecho hace referencia más bien a un abuso de la ciencia per se, que a una forma abusiva de hacer ciencia (“científico” viene del latín: scientia, ciencia y facere, hacer). Por su parte, el término “scientism” se utiliza en inglés para designar la indebida aplicación de los métodos propios de las ciencias naturales, de la física y de la técnica e ingeniería al campo de las ciencias sociales (“A thesis that the methods of the natural sciences should be used in all areas of investigation including philosophy, the humanities, and the social sciences”, véase el Webster’s Third New International Dictionary of the English Language Unabridged, volumen III, página 2033, G.&G. Merrimam Co., Chicago, 1981). Por último, Manuel Seco, en su conocido Diccionario de Dudas y Dificultades de la Lengua Española, (Espasa-Calpe, 9º Edic., Madrid, 1990, página 96) considera que nada hay que objetar en cuanto a la manejabilidad de los términos ciencismo y ciencista, que nosotros consideramos, no obstante, inferiores a cientismo y cientista, pues estos últimos se construyen a partir del término latino scientia (y no en base a la palabra castellana ciencia) que sirve igualmente de raíz a las correspondientes expresiones francesa e inglesa.

(54)La crítica del verificacionismo y falsacionismo positivistas puede estudiarse con detalle en el notable libro de Brand Blanshard, Reason and Analysis, Open Court, Illinois, 1973, pp.239-307.

(55)El propio Hayek, en una entrevista que efectúo para la revista Reason, explicó sus diferencias metodológicas con la Escuela de Chicago, representada por Milton Friedman, de la siguiente forma: “Friedman is an arch-positivist who believes nothing must enter scientific argument except what is empirically proven. My argument is that we know so much detail about economics, our task is to put our knowledge in order. We hardly need any new information. Our great difficulty is digesting what we already know. We don’t get much wiser by statistical information except in gaining information about the specific situation at the moment. But theoretically I don’t think statistical studies get us anywhere.” Y añadió: “Milton’s monetarism and Keynesianism have more in common with each other than I have with either … The Chicago School thinks essentially in “macroeconomic” terms. They try to analyze in terms of aggregates and averages, total quantity of money, total price level, total employment, all these statistical magnitudes. … Take Friedman’s “quantity theory”. I wrote forty years ago that I have strong objections against the quantity theory because it is a very crude approach that leaves out a great many things … I regret that a man of the sophistication of Milton Friedman does not use it as a first approach but believes it is the whole thing. So it is really on methodological issues, ultimately, that we differ.” Véase Free Minds and Free Markets, Robert Pool y Virginia I. Postrel (eds.), Pacific Research Institute for Public Policy, San Francisco, California, 1993, pp. 129-130.

(56)Jesús Huerta de Soto, “Método y Crisis en la Ciencia Económica”, Hacienda Pública Española, nº 74, 1982, reeditado en el vol. I de mis Lecturas de Economía Política, ob. cit., pp. 15-18.

(57)Quiero aprovechar esta oportunidad para aclarar un error en el que creo que ha caído Popper y, con él, Stigler (“The Politics of Political Economists”, The Quarterly Journal of Economics vol. LXXIII, noviembre de 1959, reeditado como capítulo 4 de Essays in the History of Economics, The University of Chicago Press, Chicago, 1965, pp. 51-65 y en especial la p. 61), y que se refiere a la identificación entre el nominalismo, la filosofía positivista, y las teorías que defienden la libertad, por un lado, y la identificación del esencialismo, la metodología axiomática y apriorística, y las filosofías políticas contrarias a la libertad, por otro lado, y que Stigler considera evidente, sorprendiéndose de que exista una escuela como la austriaca que basándose en el esencialismo y el apriorismo deductivo sea, sin embargo, una defensora radical de la libertad y de la economía de mercado. En mi opinión, el error en el que caen tanto Stigler como Popper radica en su problemática comprensión sobre la naturaleza del esencialismo y el papel que el mismo ha jugado en la Filosofía ya desde Platón. Efectivamente, Popper se fija demasiado en la autoclasificación como esencialista de Platón, sin darse cuenta de que, cuando se trata de extraer la esencia en las ciencias sociales, Platón expresamente manifiesta que tal esencia sólo puede descubrirse recurriendo a la historia, es decir, a la realidad social (K.R. Popper, The Open Society and its Enemies, Princeton University Press, Princeton, 1971, vol. I, pp. 40 y 75; hay una traducción castellana de Eduardo Loedel, Paidós, Buenos Aires, 1967). Por ello, el supuesto “esencialismo” de Platón, en última instancia se reduce a una posición puramente empírica, que exige recurrir a la historia para extraer conocimientos, tal y como los historicistas y positivistas de todas las épocas y corrientes siempre han pretendido hacer. La imposibilidad de este objetivo (extraer conocimientos teóricos de la realidad o contrastar empíricamente en la misma) es algo que Menger, como buen aristotélico, ya puso de manifiesto en sus aportaciones en la Methodenstreit. Y es que los actuales defensores de la economía con vocación empírica, y en la misma medida en que sigan siendo positivistas, aparecen en última instancia como herederos de parte de los postulados de la escuela historicista alemana del Siglo XIX. Por otro lado, pretender extraer conocimientos teóricos de la realidad engaña al investigador pero no le inmuniza contra el esencialismo Es decir, en el campo de la economía, todos los teóricos han de ser por fuerza esencialistas, unos explícitos, al construir sus teorías por procedimientos metodológicos independientes de la realidad empírica, y otros subrepticios, que se autoengañarían pensando que la extracción de conocimientos directamente de la realidad les evitaría caer en el esencialismo, y no dándose cuenta de que su punto de vista empirista tiende a ocultarles el error. Como conclusión, la clasificación de Popper hay que modificarla, y el bloque nominalista daría lugar al positivismo y al historicismo, generadores de esencias y teorías erróneas derivadas de la imposibilidad de extraer directamente conocimientos de la realidad empírica, y de un cientismo o ingeniería social que supondría el mayor riesgo para la libertad. Frente a este bloque se encontraría el del esencialismo correcto que, partiendo de axiomas autoevidentes y del apriorismo lógico-deductivo huye del historicismo, y daría lugar a interpretaciones adecuadas de la realidad y a una defensa más coherente de la libertad. Se explica así, por tanto, que no exista contradicción alguna entre los postulados metodológicos de la Escuela Austriaca y sus conclusiones políticas, contradicción que sí parece existir y ser más evidente en el caso de la Escuela de Chicago, cuyo instrumental analítico de origen cientista y empírico en muchas ocasiones ha sido utilizado por otros teóricos para justificar un intervencionismo estatal basado en la ingeniería social que, en muchas ocasiones, termina siendo incompatible con la libertad.

(58)“Modern microeconomics has proceeded to ‘invade’ the territories of other social sciences, placing ever more weight on the crucial character of the constrained maximization behaviour which the ‘rationality’ assumption sees as so central. It has turned out to be those economists (associated very often with the University of Chicago) who have been understood to be the most enthusiastic supporters of free markets (as a consequence of their economics) whose economics appears most heavily indebted to the narrowest formulations of the ‘rationality’ assumption. It was George Stigler who suggested (1984) that dollars and liberty are, for relevant purposes, entirely synonymous. It was Richard Posner (1983) whose work on law and economics seemed to make the maximization of market value the sole criterion for human happiness. In other words, modern economists have seemed to permit the narrowest of formulations of the rationality assumption to dictate social policy in what critics could easily perceive to be a highly dangerous fashion. It is not surprising that all this has stimulated sharply critical reactions.” Israel M. Kirzner, The Meaning of the Market Process: Essays in the Development of Modern Austrian Economics, Routledge, Londres, 1992, p. 207 (las cursivas son mías).

(59)“Human action is necessarily always rational. The term ‘rational action’ is therefore pleonastic and must be rejected as such. The opposite of action is not irrational behavior, but reactive response to stimuli of the part of the bodily organs and instincts which cannot be controlled by the volition of the person concerned. The teachings of praxeology and economics are valid for every human action without regard to its underlying motives, causes and goals.” Ludwig von Mises, Human Action, ob. cit., pp. 19-21. Mises realiza estas afirmaciones porque su concepción de la racionalidad es puramente tautológica y formal y no incluye ninguna de las notas (maximización, constancia y objetivos definidos) que los teóricos neoclásicos quieren dar a la estrecha concepción de racionalidad que profesan. Por último, es preciso señalar que los austriacos utilizan el término “racionalidad” con un segundo y distinto sentido, para referirse a la acción humana llevada a cabo con la información que genera el proceso empresarial del mercado, y utilizan este segundo sentido del término cuando afirman que el socialismo impide el cálculo económico “racional”. O’Driscoll, refiriéndose a este segundo sentido del término “racional” concluye brillantemente que para los austriacos “rationality is the outcome of the interaction among agents in markets. Contrast this position with the more orthodox one of treating rationality as a postulate or precondition of markets”. Gerald P. O’Driscoll, recensión del libro de Brian Joseph McCormick “Hayek and the Keynesian Avalanche”, Journal of Economic Literature, vol. XXXII, junio de 1994, p. 683.

(60)De hecho, Mises con su tratado general de economía sobre La Acción Humana pretendía revisar, corregir y completar la aportación de su amigo Max Weber, respondiendo así a su desafío relativo a la necesidad de construir todo un corpus teórico que permitiera interpretar y hacer la historia. Es decir, una teoría social unificada que hiciera posible la interpretación histórica de la realidad. Dentro del campo neoclásico, se han efectuado intentos recientes de construir este corpus de ciencia unificada como, por ejemplo, el de James Coleman en su libro The Foundations of Social Theory (Harvard University Press, Cambridge, 1990), aunque, por basarse Coleman en el paradigma neoclásico en su versión de Gary Becker, tiene todas las virtudes, pero también todos los defectos y carencias propias de este paradigma y que, en nuestra opinión, habían sido ya obviados por Mises en su tratado sobre La Acción Humana.

(61)Esto es lo que argumenta Gary Becker en su artículo ya citado sobre “Irrational Behaviour and Economic Theory”, Journal of Political Economy, volumen XX, febrero de 1962. Este artículo fue contestado por el de Israel M. Kirzner, “Rational Action and Economic Theory”, publicado en el Journal of Political Economy en agosto de 1962, pp. 181-185, y reeditado en Austrian Economics, Stephen Littlechild (ed.), volumen I, Edward Elgar, Aldershot, 1990, pp. 380-386. En este artículo Kirzner expresamente critica el intento de Becker por demostrar que la Ciencia Económica basada en la maximización puede construirse aun cuando se renuncie al principio de racionalidad, y pone de manifiesto que, sin dar entrada a la capacidad empresarial del ser humano, no puede garantizarse la viabilidad de las leyes económicas ni la comprensión de los procesos que llevan al equilibrio.

(62)Especialmente criticable por el uso de los criterios de maximización y del racionalismo estrecho es la aplicación de los postulados de la escuela neoclásica al análisis económico de la familia realizado, con carácter protagonista, por Gary S. Becker. En efecto, en estos análisis se presupone que el actor en el ámbito de la familia actúa de manera reactiva, es decir, como un homo economicus que conoce perfectamente sus funciones objetivo y las restricciones a las que se encuentra sometido, y decide, por tanto, solucionando un mero problema técnico de maximización. Aparte del irrealismo de estos supuestos y de que en los mismos sólo se da entrada a los parámetros o variables más obvios que pueden influir, no sólo no se tiene en cuenta el proceso por el cual se llega a los equilibrios descritos ni el papel que la creatividad humana juega en el ámbito familiar, sino que además se pasan por alto múltiples otros factores que influyen en el comportamiento humano en este ámbito y que, por su carácter menos obvio o por su menor facilidad para la contrastación empírica, no son tenidos en cuenta a pesar de su gran importancia (valores religiosos, hábitos, comportamientos institucionales, modas, etc.). Además, Rafael Rubio de Urquía ha puesto de manifiesto el salto en el vacío que supone el análisis beckeriano cuando utiliza la formulación maximizadora, suponiendo primero unas “funciones de utilidad” como simple descripción retórica de la “totalidad” de aquellos objetivos que pretenden los actores (lo cual es plenamente correcto), para pasar a continuación a operar con las mismas a través de la técnica maximizadora, lo cual exige por fuerza centrarse en unas variables concretas ignorando otras posiblemente de mayor importancia. Véase Rafael Rubio de Urquía, “Los Procesos de Producción de la Acción Humana, la Teoría Neoclásica de los Procesos de Asignación de Recursos y la ‘Economía de la Familia'”, Revista Española de Pedagogía, LI, nº 196, sept.-dic. de 1993, pp. 551-571. En suma, las críticas que podemos hacer al análisis de la familia de Becker son las siguientes: primera, concentración exclusiva en estados de equilibrio a través de un modelo maximizador que supone plena información para los agentes en cuanto a las funciones objetivo y a sus restricciones; segunda, elección arbitraria de las variables o parámetros, tanto en la función objetivo como en las restricciones, o inclusión de los aspectos aparentemente más obvios, con olvido de otros de gran transcendencia en el campo de las decisiones familiares, pero de mayor dificultad en cuanto a su tratamiento analítico u observación empírica (valores morales, hábitos, etc.); tercera, no consideración del ser humano como actor creativo capaz de generar nuevas variables de influencia en los procesos relacionados con la familia; cuarta, no consideración de los procesos dinámicos de interacción social en el campo familiar, por fijarse exclusivamente en estados de equilibrio; quinta, elevación al nivel de conclusión teórica de meras interpretaciones de la realidad histórica que pueden ser relevantes en algunas circunstancias, pero que no puede considerarse que tengan validez teórica universal; sexta, racionalización ad-hoc de diversas instituciones gubernativas, como la de la Seguridad Social Pública, etc., que tienen un origen coactivo y vienen impuestas históricamente desde fuera como consecuencia de la influencia de determinados grupos de interés sobre el gobierno, racionalización ad hoc que se viste con contenido teórico sin tenerlo; y séptima, la crítica de Rafael Rubio de Urquía en cuanto al salto cualitativo que supone dar un contenido concreto u operativo a las funciones de utilidad objetivo y a las restricciones que se consideran en el modelo cara a su maximización. Una crítica de la posición de Becker según estas mismas líneas aplicada al caso particular de las subvenciones agrícolas la ha efectuado Gordon Tullock en The Political Economy of Rent Seeking, Kluwer Academic Publishers, Dordrecht, Holanda, 1988, pp. 461 y ss. Y también yo mismo en lo que se refiere al análisis beckeriano de la Seguridad Social, en Jesús Huerta de Soto, “The Crisis and Reform of Social Security”, Journal des Économistes et des Études Humaines, vol. 5, nº 1, marzo de 1994, pp. 132-133.

(63)Éstos son los casos, por ejemplo, de los propios Mark Blaug y J.E. Stiglitz, y que ya hemos comentado en las notas 71 del capítulo II (p. 105) y 51 del capítulo III (p. 172).