9. El método para evaluar los conocimientos adquiridos por los alumnos 294 Jevons, Hayek, Marañón y los Exámenes 295

SEGUNDA PARTE
MÉTODO DIDÁCTICO E INVESTIGADOR

CAPÍTULO V
EL MÉTODO DIDÁCTICO E INVESTIGADOR

9. EL MÉTODO PARA EVALUAR LOS CONOCIMIENTOS ADQUIRIDOS POR LOS ALUMNOS

Sin entrar ahora en la polémica en la que tanto se ha escrito relativa al método más idóneo de evaluación, es claro que la moderna metodología didáctica tiende a eliminar, dentro de lo que sea posible, el elemento aleatorio. Para ello es preciso que se verifiquen varias pruebas durante el transcurso del Curso Académico.

Teniendo en cuenta la limitación de recursos existente en la Universidad Española, es preciso llegar a un método de evaluación que sea posible e intermedio entre el mínimo exigible y el máximo deseable. En este sentido, y teniendo en cuenta las restricciones habituales de tiempo y recursos, difícilmente puede pensarse en establecer más de tres o cuatro pruebas semestrales, incluyendo en éstas los exámenes (final y parcial), un trabajo de carácter voluntario y los eventuales trabajos en el Seminario.

Para la evaluación de la Clase Magistral, puede recurrirse a sistemas de examen tradicional, pudiendo optarse por preguntas tipo test, o por exigir desarrollar, como yo personalmente prefiero, temas concretos durante un tiempo prefijado.

Para evaluar los trabajos voluntarios o los Seminarios, cabe la posibilidad de plantear ejercicios que comprueben si de manera efectiva el alumno ha entendido los conceptos expuestos, así como indicar al alumno textos para su comentario, obteniendo las conclusiones que crea más oportunas, comentando con el alumno el contenido de sus trabajos para ver hasta qué punto ha realizado con los mismos una labor necesaria de aprendizaje e investigación, o si, por el contrario, se ha limitado a copiar literalmente y de forma inconexa el contenido de fuentes diversas.

Jevons, Hayek, Marañón y los Exámenes

Puede concluirse este apartado sobre la evaluación de los alumnos con dos interesantes testimonios en relación con los exámenes a cargo de dos notables economistas.

Primeramente, transcribiremos la conclusión de un artículo que, a propósito de las oposiciones y exámenes rigurosos, publicó William Stanley Jevons en la revista Mind en el año 1877. (15) Defiende Jevons lo que se llama en inglés cram, es decir, la preparación esforzada e intensa de los exámenes, que suele indicar peyorativamente un “atiborrarse de conocimientos.” Dice así Jevons:

“No me aventuro a defender los exámenes universitarios frente a todas las objeciones que se les pueden formular. Mi objetivo se cumple al intentar demostrar que el examen es la manera más efectiva de inculcar una disciplina intelectual severa y precisa, y de seleccionar para los puestos importantes a quienes demuestran ser los más capaces para soportar esta rigurosa prueba. He respondido al clamor popular contra cram, y termino expresando mi creencia en que cualquier forma de educar que permita al candidato conseguir una colocación alta en un examen público y bien organizado debe ser un buen sistema educativo. Llámese como se quiera, pero es innegable que estimula potencias intelectuales, morales y hasta físicas que -ha sido incuestionablemente probado por la experiencia- aprestan al hombre para el oficio de vivir. No podemos pensar que la tarea de los maestros es fabricar filósofos, eruditos o genios de diversa suerte: estos son como los poetas, nacen, no se hacen. Y tampoco es misión del educador el imprimir indeleblemente en la inteligencia del alumno el saber útil que le guiará a través de la vida. Esto sí que sería realmente cram. El propósito de la educación es ejercitar la mente de modo tal que la infinita variedad de las experiencias en la vida futura pueda ser observada y comprendida de la mejor manera posible. Lo que generalmente se condena como cram suele ser el sistema que mejor concibe y organiza la preparación para ese objetivo fundamental.” (16)

Friedrich A. Hayek (17), por su parte, discrepa en términos absolutos con la anterior posición de Jevons, y manifiesta que nadie debería estar en la Universidad para dedicar sus energías físicas e intelectuales a la exclusiva preparación intensiva de los exámenes, de manera que el objetivo ideal de todo universitario ha de ser el de descubrir que el placer intelectual de aprender y comprender las cosas es el más grande de los placeres humanos, y el único que nunca puede saciarse del todo.(18)

Más radical aún es, si cabe, la posición de Gregorio Marañón frente a los exámenes que “nada prueban, como no sea la capacidad de reaccionar del estudiante ante el azar. Pocas cosas más grotescas nos ofrece la vida que el que después de varios meses de convivencia entre el maestro y los discípulos, el maestro, para juzgar al discípulo, le haga contestar, durante algunos minutos transidos de emoción, a unas preguntas dictadas por la suerte o por el arbitrio del examinador. El examen no puede informar de la formación intelectual del estudiante, ni mucho menos de lo que más importa: de su vocación y de su capacidad moral”.

En todo caso, no se puede ocultar que, en las actuales circunstancias, en el proceso de evaluación juega un papel muy importante el resultado de los exámenes, constituyendo este proceso la parte más ardua y, a la vez, mas ingrata de la labor docente, especialmente porque, dada la actual carencia de medios, es difícil compatibilizarlo de forma efectiva con las otras labores de investigación y de preparación del curso que ha de desarrollar el profesor.

La evaluación de los alumnos debe realizarse de una forma justa, prudente y exigente, procurando que los alumnos centren su esfuerzo en aprender lo verdaderamente importante de la asignatura, haciendo todo lo posible para que los alumnos se sepan los elementos esenciales de la misma y procurando preguntar a los alumnos aquello que se sepan (pues la cantidad de lo que no se sabe es infinita). En todo caso, hay que excluir dos extremos igualmente perniciosos. Primero, el extremo de dar “aprobado general” a todos los alumnos del curso, so pretexto de que “la vida los suspenderá”. Esta actitud acomodaticia y “corruptora” olvida que la calificación, además del componente de credencial, comporta el estímulo para el aprendizaje y da una idea de la voluntad de trabajo y aprendizaje efectivo del alumno, por lo que sin ella el rendimiento es menor, tanto por parte del alumno como del profesor, que no es estimulado a dar mejores clases a un alumnado cómplice de la relajación académica. Por otro lado, es difícil pensar que un profesor con esos criterios se ponga en manos de un médico o asesor fiscal que hubiera sido educado del mismo modo, por lo que es verosímil la imputación de móviles personales cuando el proponente de tales métodos se beneficia personalmente de ellos. En última instancia, tal actitud tiene elementos de fraude a las familias y contribuyentes que pagan por la enseñanza, y termina por ser vista así por el alumnado. Además, comporta problemas con el resto del profesorado que es riguroso en el cumplimiento de sus obligaciones, ya que el estudiantado se amolda a lo más fácil e intenta extenderlo.

El segundo extremo, igualmente pernicioso, es el del profesor que prácticamente suspende a la mayoría de sus alumnos de forma sistemática, procurando “pillarles por sorpresa” y preguntarles en los exámenes aquellos aspectos menos importantes, o sobre los que no ha incidido o indicado que podían ser objeto de examen, con una actitud de sorprender al alumno que no conduce a ningún sitio, salvo a generar odio hacia la asignatura y el profesor. Cualquier profesor que año tras año suspenda a la mayoría de sus alumnos debiera reconsiderar su metodología y objetivos docentes, con la finalidad de poner remedio a tan anómala situación.

Quizá la situación ideal sea la observada en las principales universidades (Ivy League) de Estados Unidos, en donde, por experiencia propia, puedo constatar que en los estudios de graduado y posgraduado prácticamente nunca se suspende a ningún alumno, pues el alto nivel de exigencia de la universidad, junto con los propios criterios de responsabilidad de los alumnos, garantizados a través de un proceso de selección muy riguroso y elevado coste de la matrícula (becada o no), garantizan que la motivación a lo largo de todo el período educacional sea muy alta y que, con las lógicas diferencias de grado, todos los alumnos, en última instancia, sean capaces de superar unos estudios muy exigentes; y en aquellos casos excepcionales en los que esto no es así, el alumno es “invitado” por la propia universidad, a que posponga sus estudios hasta que sus circunstancias personales de conocimientos teóricos previos, motivación, etc., hayan cambiado y pueda reingresar en mejores condiciones.(19)

 

Jesús Huerta de Soto
Catedrático de Economía Política
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

“Sólo podrá reproducirse total o parcialmente el contenido de este trabajo citando expresamente a su autor y al medio en donde fue originalmente publicado (indicado, en su caso, en la sección de bibliografía del Curriculum vitae). A quienes incumplan esta condición les serán aplicados las leyes civiles y penales que correspondan, a parte de las procedentes indemnizaciones por daños y perjuicios”.


______________________________________


(16) Ibídem, pp. 99-100.

(17) “What I want to plead for here is that in this you should let yourself be guided not by any fixed purpose but mainly by intellectual curiosity and a spirit of exploration. Apart from what you need for examination purposes there is no definite field of knowledge which you can hope to have ‘covered’ by the time you complete your course. And you will derive infinitely more profit if you allow yourself to follow up problems which at the moment interest you, or interest yourself in questions which you feel are definitely interesting, than if you make it a set purpose to master a definite subject. That you do enough of that the impending examinations see to. But no man or woman deserves to be at a university whose intellectual energy is completely absorbed by that except in the last months before the exams, in work for the exam. Unless you use the opportunities you now have in this respect you will never make the gain which I still regard as the greatest of all that the university can give: the discovery that to learn, to come to understand things, can be the greatest of human pleasures, and the only one that will never be exhausted.” Véase F.A. Hayek, “On Being an Economist”, capítulo 2 de The Trend of Economic Thinking: Essays on Political Economists and Economic History, ob. cit., p. 43.

(18) Gregorio Marañón, Efemérides y Comentarios, Espasa-Calpe, Madrid, 1955, p. 60 y Obras Completas, ob. cit., vol. IX, p. 605.

(19) Como es lógico, este ideal es actualmente casi imposible de lograr dentro de muchas universidades públicas españolas en donde, como ya hemos indicado, un alto porcentaje de los alumnos no se presentan a los exámenes y ni siquiera se molestan en aparecer por clase.