Efectos de las pandemias sobre la estructura productiva real: mercado de trabajo, proceso de etapas de bienes de capital e impacto de la incertidumbre

Mercado de Trabajo

El surgimiento de una nueva enfermedad altamente contagiosa que se extiende por todo el mundo con una elevada mortalidad constituye sin duda alguna un escenario catastrófico capaz de provocar a corto, medio e incluso a largo plazo toda una serie de importantes consecuencias económicas. Entre ellas destaca, en primer lugar, el coste en términos de vidas humanas, muchas de ellas aun plenamente creativas y en proceso de producción. Recordemos por ejemplo que la denominada “Gripe española” se estima que provocó en todo el mundo entre 40 y 50 millones de víctimas a partir de 1918 (es decir, más de tres veces de los fallecidos, entre combatientes y civiles, durante la Primera Guerra Mundial); habiéndose cebado dicha pandemia de gripe mayoritariamente sobre hombres y mujeres relativamente jóvenes y robustos, es decir, en plena edad productiva[1]. En contraste, la actual Pandemia de Covid-19 generada por el virus SARS-CoV-2, aun produciendo síntomas relativamente leves en el 85 por ciento de los contagiados, es grave para el quince por ciento restante, requiriendo incluso hospitalización para un tercio de ellos y causando la muerte a cerca de uno de cada cinco hospitalizados graves, la inmensa mayoría de ellos personas mayores ya jubiladas o con patologías previas importantes.

Por tanto, la actual pandemia no está teniendo efectos apreciables sobre la oferta de mano de obra y talento humano en el mercado de trabajo, pues el incremento de fallecimientos de personas en edad de trabajar es relativamente reducido. Como ya hemos mencionado esta situación contrasta en gran medida con la que se generó en la “Gripe española”, tras la cual puede estimarse que se contrajo la oferta de trabajo, a nivel agregado de todo el mundo, aproximadamente en más de un 2 por ciento, teniendo en cuenta tanto los fallecidos por la enfermedad como los que perdieron su vida durante la Primera Guerra Mundial (40 ó 50 millones de bajas por la enfermedad y más de 15 millones por el conflicto bélico). Esta relativa escasez de mano de obra no dejó de presionar al alza los salarios reales durante los “felices años veinte” del siglo pasado, en los que se consumó la reestructuración de la economía mundial que pasó de una economía de guerra a una de paz, a la vez que todo el proceso se vio acompañado por una gran expansión crediticia, cuyo análisis detallado no podemos elaborar aquí pero que en todo caso puso las bases de la “Gran Depresión” que surgió a partir de la grave crisis financiera de 1929[2].

A lo largo de la historia, diversas pandemias han tenido un impacto incluso mucho mayor sobre el mercado de trabajo. Así, por ejemplo, destaca la gran peste que asoló Europa a partir de 1348 y que se estima redujo al menos en un tercio el volumen total de población. Tras la pandemia se produjo, por tanto, un importante crecimiento de los salarios reales que se consolidó en las décadas subsiguientes, fruto de la gran escasez sobrevenida de mano de obra. A estos efectos, resulta exasperante constatar como los economistas de corte monetarista y, sobre todo, Keynesiano, siguen refiriéndose machaconamente a los supuestos efectos económicos “beneficiosos” de guerras y pandemias (se supone que para todos menos para los millones de fallecidos y empobrecidos en las mismas). Se argumenta que estas tragedias permiten que las economías salgan de su atonía e inicien la senda de una boyante “prosperidad”, a la vez que justifican así sus políticas económicas de intenso intervencionismo monetario y fiscal. Mises, con su habitual perspicacia, califica de puro “destruccionismo económico”, a estas teorías y políticas económicas que solo justifican y buscan incrementar la oferta monetaria per cápita y, sobre todo, el gasto de las administraciones públicas[3].

 

Estructura productiva y bienes de capital

A parte de estos efectos sobre la población y el mercado laboral, debemos también considerar, en segundo lugar, el impacto de una pandemia sobre la tasa social de preferencia temporal y, por ende, sobre el tipo de interés y la estructura productiva de etapas de bienes de capital. En este sentido, quizás el escenario más catastrófico que quepa concebir sea el descrito por Boccaccio en su introducción al Decamerón en relación con la peste bubónica que azotó a Europa en el siglo XIV. Y es que, si con carácter general se extiende la convicción de que existe una alta probabilidad de contagiarse y fallecer a corto o medio plazo, es muy comprensible que las valoraciones subjetivas se orienten hacia el presente y el consumo inmediato. “Comamos y bebamos que mañana vamos a morir”, o bien “arrepintámonos, hagamos penitencia y recemos poniendo nuestra vida espiritual en orden” son dos posturas antagónicas frente a la pandemia perfectamente comprensibles pero que tienen el mismo efecto económico: ¿Qué sentido tiene ahorrar y emprender proyectos de inversión que solo podrían madurar en un futuro lejano en el que ni nosotros ni nuestros hijos estaremos y de cuyos frutos no podremos aprovecharnos? El resultado obvio que, por ejemplo, pudo observarse en la Florencia del siglo XIV asolada por la peste bubónica fue el abandono masivo de granjas, ganados, campos y talleres y, en general, el descuido y consumo sin reposición de los bienes de capital[4]. Este fenómeno puede ilustrarse gráficamente de manera simplificada tal y como explico en el apartado dedicado a las “economías en regresión” de mi libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos[5], utilizando los conocidos triángulos hayekianos que representan la estructura productiva de una sociedad (y cuyo significado y explicación detallada pueden estudiarse en las pp. 233 y ss del mismo libro).

Como se ve en el gráfico 1, en este caso se produce un súbito e intenso aumento de la tasa social de preferencia temporal que incrementa el consumo monetario inmediato (figura b) en detrimento de la inversión. En concreto, múltiples etapas del proceso de producción, representadas por el área sombreada en la figura (c), son abandonadas y una parte muy importante de la población deja de trabajar (por fallecimiento o voluntariamente) y los que sobreviven se dedican con ahínco a consumir bienes de consumo (cuyos precios en unidades monetarias se disparan ante la contracción de su oferta y la generalizada disminución en la demanda de dinero). Las transacciones en el mercado de tiempo y fondos prestables prácticamente se interrumpen y los tipos de interés en las pocas que se llevan a cabo “se ponen por las nubes”.

En contraste con el escenario anterior, no existen indicios de que en la actual Pandemia de Covid-19 se haya producido una modificación significativa en la tasa social de preferencia temporal (aparte del efecto de incremento temporal de la incertidumbre que estudiaremos más adelante). Por un lado, las circunstancias actuales ni por asomo se asemejan a las de una pandemia tan grave como la descrita por Boccaccio en el Decamerón. Como hemos indicado, la mortalidad previsible de la población en edad de trabajar es prácticamente irrelevante y las expectativas respecto a la feliz culminación de los procesos de inversión de maduración temporal más alejada permanecen inalteradas (por ejemplo, se sigue invirtiendo en el diseño, innovación y producción de los coches eléctricos del futuro, y en múltiples otros proyectos de inversión a largo plazo). Y si no se ha producido una mutación significativa en la tasa social de preferencia temporal tampoco la estructura de etapas de producción de bienes de capital descrita simplificadamente en el gráfico hayekiano se ha visto alterada, salvo por tres efectos, uno a muy corto plazo, otro de plazo medio de duración (de 1 a 3 años) y el tercero de duración más prolongada e incluso indefinida.

1. El primer caso es el del efecto inmediato y temporalmente reducido (de unos pocos meses) que sobre la estructura productiva real han tenido los confinamientos coactivos impuestos por los gobiernos. Puede suponerse que el “parón” económico decretado durante unos meses ha afectado en términos relativos sobre todo al esfuerzo productivo más alejado del consumo final: al fin y al cabo la población, incluso la confinada que no ha podido trabajar, ha tenido que seguir demandando y consumiendo bienes y servicios de consumo (aunque sea a través del comercio electrónico – Amazón, etc. – pues muchas tiendas y distribuidores finales se vieron obligados a cerrar al no ser considerados “actividades esenciales”). Si ello es así, suponiendo igualmente que la demanda monetaria final dirigida al consumo no se ha visto significativamente alterada, bien sea porque las economías domésticas, en paro forzoso impuesto por las autoridades, han echado mano de sus reservas financieras o han sustituido su merma de ingresos con fondos procedentes de subsidios temporales por desempleo (ERTES, ERES, etc.), la estructura productiva en términos monetarios habrá oscilado a lo largo de un corto intervalo de tiempo, de forma pendular, tal y como se indica a continuación (gráfico 2):

En todo caso, terminada la “desconexión” forzosa del proceso productivo y vueltos a su empleo los factores de producción, el proceso productivo puede reiniciarse allí donde quedó parado pues no se han puesto de manifiesto errores sistemáticos generadores de malas inversiones que sea preciso reconvertir[6]. A diferencia de lo que ocurrió en la Gran Recesión de 2008, la estructura productiva no se ha visto irreversiblemente dañada, por lo que no es preciso un prolongado y doloroso proceso de reconversión y reasignación masiva de mano de obra y de factores de producción: simplemente se requiere que empresarios, trabajadores y autónomos vuelvan al trabajo, retomando las tareas allí donde se interrumpieron y utilizando el equipo capital que quedó intacto entonces (hace pocos meses) y ahora está igualmente disponible.

En relación con este primer efecto a muy corto plazo, debe aclararse que el mismo también tiene lugar, si bien de forma mucho más suave, menos traumática y, por tanto, dando lugar a una oscilación mucho menor del movimiento pendular indicado en el gráfico, si los confinamientos hubieran tenido lugar de una manera voluntaria y selectiva y hubieran sido decididos a nivel “micro” por las familias, empresas, urbanizaciones, barrios, etc., en el contexto de una sociedad libre en la que, o bien no existan gobiernos monopolistas (autogobierno propio del anarcocapitalismo) o bien estos no sean centralistas ni impongan medidas generalizadas y coactivas de confinamiento indiscriminado.

2. Existen, sin embargo, diferentes sectores, fundamentalmente relacionados con la etapa de consumo final, que ven drásticamente mermada su demanda más allá del fin del confinamiento y durante el periodo de tiempo, que puede llegar a ser de muchos meses[7], que sea preciso para superar la pandemia y recuperar la normalidad plena de movimientos previa a su estallido. Básicamente sectores como los de turismo, trasporte, hostelería y espectáculos, que son relativamente muy importantes en determinadas economías como la española, donde el turismo representa casi el 15 por ciento de nuestro PIB, requieren un cambio más profundo que el meramente pendular descrito en el punto anterior y que impacta en la estructura productiva durante un periodo de tiempo más prolongado (en torno a los dos años). Obviamente, a igualdad de circunstancias, si las economías domésticas consumen menos en trasporte aéreo, hoteles, restaurantes o teatros, consumirán más en otros bienes y servicios de consumo alternativo o sustitutivos, o dedicarán más renta a la inversión o incrementarán sus saldos de tesorería. Dejando de lado el posible aumento en la demanda de dinero, que discutiremos luego al hablar de la incertidumbre, es claro que la estructura productiva tendrá que adaptarse temporalmente a las nuevas circunstancias sacando el mejor partido posible de los recursos que sigan activos en los sectores afectados (al menos parcialmente) y, sobre todo, de los que queden forzosa y temporalmente desempleados y que tendrán que reasignarse a las líneas de producción alternativas en las que puedan encontrar un empleo provechoso (temporal o definitivo).

Así, por ejemplo, determinados restaurantes permanecerán abiertos contra viento y marea, reconvirtiendo su oferta (por ejemplo, haciendo comidas para ser entregadas a domicilio), reduciendo al máximo sus gastos (despidiendo personal o reconvirtiéndolo directa o indirectamente, por ejemplo en repartidores a domicilio, etc.) y ajustando sus obligaciones con proveedores con la finalidad de reducir al mínimo las pérdidas y el consumo de capital. De esta forma evitan tener que tirar por la borda los años invertidos en ganar reputación y acumular un equipo de capital de gran valor y difícilmente reconvertible, a la espera de que cuando cambien las circunstancias se encuentren mejor posicionados que sus competidores y con importantes ventajas competitivas cara a hacer frente a la previsible y renovada recuperación del sector. Otros empresarios optarán, por el contrario, por retirarse “a hibernar” cerrando temporalmente sus negocios, pero dejando las correspondientes infraestructuras y contactos laborales preparados para reabrir tan rápidamente como les sea posible en cuanto las circunstancias lo permitan. Un tercer grupo, generalmente constituido por aquellos proyectos empresariales marginalmente menos rentables incluso en las circunstancias prepandémicas, se verá obligado a cerrar definitivamente sus negocios y a liquidar sus respectivos proyectos empresariales.

Todos estos movimientos y decisiones empresariales pueden y deben tomarse con relativa celeridad y minorando al máximo los costes, lo cual solo será posible en una economía dinámicamente eficiente, que impulse el libre ejercicio de la función empresarial y no la obstaculice con regulaciones perjudiciales, especialmente en el mercado laboral, e impuestos desincentivadores. Y es que obviamente, no serán ni el gobierno ni sus funcionarios, sino tan solo un ejército de empresarios, que a pesar de todas las adversidades, deseen seguir adelante confiando imperturbables en un futuro mejor y que mantengan con temple la confianza en que tarde o temprano este habrá de llegar, los que serán capaces de tomar las decisiones más adecuadas en cada momento y en sus circunstancias particulares de tiempo y lugar.

En términos de nuestro triángulo simplificado de estructura productiva lo más que puede representarse (ver gráfico 3), bajo el supuesto de que no se produce una mutación significativa en la tasa social de preferencia temporal, es un vaivén horizontal de la hipotenusa del correspondiente triángulo, primero hacia la izquierda, al recoger el impacto agregado de menor demanda en los sectores afectados (y en sus respectivos proveedores) y luego de nuevo hacia la derecha, conforme esa demanda sea sustituida por otra alternativa durante el periodo de meses en que se tarde en volver a una plena normalidad, y en la medida en que se recupere de nuevo gran parte de la demanda monetaria perdida por los mencionados sectores.

Obviamente, el gráfico no permite recoger las innumerables decisiones empresariales y movimientos reales de inversión que implica la rápida y flexible oscilación horizontal representada por las flechas de doble sentido. Pero si permite visualizar el grave riesgo que supone el emprender políticas tendentes a rigidizar la estructura productiva, manteniendo, por un lado, empresas “zombies” que deberían liquidarse cuanto antes, a la vez que se dificulta por vía regulatoria e impositiva, el efecto “rebote” hacia la derecha de la hipotenusa de nuestro triángulo. Y es que la intervención fiscal y regulatoria puede fijar indefinidamente la estructura productiva real en la posición BB impidiendo su rebote hacia la posición AA.

Ni que decir tiene que todos estos procesos de ajuste rápido y recuperación requieren un mercado laboral muy ágil y flexible en el que se pueda despedir y volver a contratar con gran rapidez y mínimo coste. Hay que recordar que, a diferencia de lo que sucedió en la Gran Recesión de 2008 (y en general tras todas las crisis financieras que siguen a procesos prolongados de expansión crediticia), en el caso de la actual Pandemia no se parte de una mala inversión generalizada de los recursos productivos (por ejemplo, en el sector de la construcción como sucedió en 2008) que podría justificar un importante volumen estructural de desempleo a largo plazo, sino que ahora es posible reasignar de forma sostenible, rápida y permanente la mano de obra y los factores de producción, para lo cual es imprescindible que los correspondientes mercados laborales y de factores de producción sean lo más libre y ágiles posibles.

3. Queda por analizar la posibilidad de que se produzcan y consoliden como definitivos determinados cambios en los hábitos de consumo de la población que requieran modificaciones permanentes en la estructura productiva de etapas de inversión en bienes de capital de la sociedad. A estos efectos hay que indicar que en toda economía de mercado no intervenida la estructura productiva siempre se está adaptando de forma paulatina y no traumática a los cambios en los gustos y necesidades de los consumidores. Y aunque hay que reconocer que la Pandemia puede provocar una aceleración en el descubrimiento y adopción definitiva de ciertos hábitos nuevos de conducta por parte de una mayoría de los consumidores (por ejemplo, en relación con la extensión generalizada del comercio electrónico, la mayor utilización de determinados medios de pago, o la generalización de videoconferencias en el mundo de los negocios y la enseñanza, etc.), en la práctica quizás se esté exagerando su impacto, sobre todo si se comparan estos supuestos cambios radicales, con los derivados desde comienzos del siglo XXI tanto de la aun mayor globalización mundial del comercio y de los intercambios, como de la revolución tecnológica que la ha acompañado y hecho posible. Todo ello ha permitido que salieran de la pobreza centenares de millones de seres humanos y la incorporación a los flujos de producción de miles de millones de personas (sobre todo de Asia y África) que hasta ahora permanecían al margen de los circuitos productivos y comerciales propios de una economía de mercado. Se han desencadenado así las fuerzas productivas del capitalismo como nunca antes se había conocido en la historia de la humanidad y, a pesar del peso de la intervención y la regulación estatal que continuamente dificulta y lastra las alas del progreso, la humanidad ha logrado el gran éxito social y económico de alcanzar y mantener un volumen de población de 8 mil millones de seres humanos con un nivel de vida que hasta hace no muchas décadas ni siquiera podía concebirse[8]. Con esta perspectiva el impacto de la actual Pandemia a largo plazo debe ser justamente minimizado en un contexto de cambios mucho más grandes y profundos a los que continuamente se adaptan sin mayores dificultades las economías de mercado, debiendo volver, por tanto, nuestro análisis al estudio de los efectos a corto y medio plazo de la actual Pandemia que por su mayor cercanía pueden considerarse ahora más relevantes.

 

Incertidumbre y demanda de dinero

Vamos a terminar esta primera parte de nuestro trabajo refiriéndonos al impacto de la incertidumbre generada por la Pandemia, sobre todo porque, como veremos en su última parte, ha hecho posible impulsar aún más unas políticas de intervención fiscal y, sobre todo, monetaria tan ultralaxas, que no tienen precedentes en la historia, y que suponen una gran amenaza y muy posiblemente no dejarán de tener graves consecuencias cuando se supere la actual Pandemia.

En principio, el impacto de una pandemia sobre la incertidumbre y, por ende, la demanda de dinero puede oscilar entre dos extremos antagónicos. Por un lado se encuentra el caso de una pandemia tan grave que, como ya vimos que ocurrió con la peste bubónica en la Florencia de mediados del siglo XIV y que tan bien  describe Boccaccio en el Decamerón, más que incertidumbre, dicha Pandemia produjo para una parte muy importante de la población la certidumbre de que tenía sus días contados y que, por tanto, su esperanza de vida se había reducido drásticamente. En estas circunstancias se entiende que la demanda de dinero se desplome y este pierda gran parte de su poder adquisitivo en un contexto en el que nadie desea desprenderse de bienes y prestar servicios cuya producción en gran parte se ha desplomado y que la mayoría desea consumir cuanto antes.

Más interés analítico tiene ahora a nuestros efectos el caso de pandemias como la actual, mucho menos graves y en las que, aunque no está en peligro la supervivencia de la mayor parte de la población, si que se produce una escalada de incertidumbre, sobre todo durante los primeros meses, respecto de la extensión, evolución y rapidez de los contagios y de sus efectos económicos y sociales. Dado que los saldos de tesorería son el medio por antonomasia para hacer frente a la incertidumbre inerradicable del futuro, pues permiten que actores económicos y economías domésticas mantengan todas sus opciones abiertas pudiendo así adaptarse con gran rapidez y facilidad a cualquier circunstancia futura una vez que la misma se concrete, puede entenderse que el normal aumento de incertidumbre derivado de la actual Pandemia haya venido acompañado de un concomitante incremento de la demanda de dinero y, por tanto, a igualdad de circunstancias, de su poder adquisitivo. Este efecto puede visualizarse (gráfico 4) con nuestros esquemas triangulares de estructuras productivas en términos de demanda monetaria, como un movimiento uniforme a la izquierda de la correspondiente hipotenusa, en caso de que no se modifique la tasa de preferencia temporal (gráfico “a”), o con movimientos a la izquierda con mayor inversión relativa (si los saldos de tesorería se acumulan disminuyendo el consumo, gráfico “b”), o con más consumo relativo (si el nuevo dinero se acumula vendiendo bienes de capital y activos financieros, pero no reduciendo el consumo, gráfico “c”):

Aunque cualquiera de estos tres resultados es teóricamente posible, lo más probable es que en las actuales circunstancias se haya producido una combinación de los mismos, y especialmente de las situaciones descritas en (a) y (b). Por tanto, estos se habrán solapado sobre los que ya analizamos y recogimos en nuestros gráficos en los apartados anteriores y en los que, para hacer más fácil su comprensión y análisis separado, no tuvimos en cuenta para nada los efectos derivados del posible aumento de la demanda de dinero que, ahora sí, hemos dado entrada en nuestro análisis. Tres consideraciones de importancia deben hacerse sobre el aumento de la incertidumbre y la demanda de dinero derivados de la Pandemia.

En primer lugar, el incremento de incertidumbre (y concomitante aumento en la demanda monetaria) es temporal y de duración relativamente reducida, pues tenderá a revertirse tan pronto como surjan las expectativas de mejora en cuanto empiece a vislumbrarse “el final del túnel”. Por tanto, y sin necesidad de esperar a que se complete el periodo de superación de la Pandemia (de entorno a los dos años) se producirá paulatinamente una vuelta a los niveles “normales” de incertidumbre, y con ella los movimientos descritos en los gráficos “a”, “b” y “c” se revertirán en sentido contrario haciendo que la estructura productiva en términos monetarios vuelva a su situación previa.

En segundo lugar, en la medida en que los nuevos saldos monetarios se acumulen disminuyendo la demanda de bienes de consumo (gráficos “a” y “b”) – y en todo caso ello es cierto que ocurra en relación con los sectores más afectados por las restricciones de movilidad (turismo, hotelería, etc.) – esta menor demanda monetaria de bienes de consumo tenderá a dejar un significativo volumen de los mismos sin vender que permitirá hacer frente, tanto a la ralentización de su producción derivada de los inevitables cuellos de botella y del confinamiento en mayor o menor medida de sus productores, como a la demanda derivada de la necesidad que tienen de seguir consumiendo todos aquellos que total o parcialmente han dejado de trabajar durante los primeros meses de impacto de la pandemia. Por tanto, el aumento de la demanda de dinero cumple una importante función de acomodamiento ante el shock de oferta que produce el confinamiento forzoso sobre la producción de los bienes de consumo, evitándose así que sus precios relativos se disparen en gran perjuicio de las más amplias capas de la población.

En tercero, y por último lugar, hay que señalar que la incertidumbre puede incrementarse aún más, e incluso prolongarse más allá de lo estrictamente necesario y que hubiese generado por si sola la Pandemia, como resultado del intervencionismo monetario, fiscal e impositivo de gobiernos y bancos centrales, que sin duda alguna y como veremos con más detalle en el tercer apartado, pueden generar un clima añadido de desconfianza empresarial que lastre la rápida recuperación del mercado y ponga plomo en las alas del proceso empresarial de vuelta a la normalidad. Se podría así incluso reproducir el proceso perverso de feedback o retroalimentación que he estudiado con detalle en mi artículo sobre “La Japonización de la Unión Europea”[9] y en el que la inyección masiva de oferta monetaria y reducción a cero de los tipos de interés por parte de los bancos centrales no produce efectos apreciables sobre la economía, y se autofrusta al quedar esterilizada por el simultáneo incremento de demanda monetaria derivado del nulo coste de oportunidad de mantenerse en liquidez y, sobre todo, del incremento adicional de incertidumbre que generan las propias políticas de mayor regulación económica, bloqueo de las reformas estructurales pendientes, subida de impuestos, intervencionismo y descontrol fiscal y monetario.

 

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[1] El autor de estas líneas siempre recordará el relato de su amigo Arthur Seldon sobre como perdió a sus padres. Seldon, tras graduarse en la London School of Economics fue, junto con Lord Harris of High Cross, el primer Director general del Institute of Economics Affairs (IEA) de Londres, distinguido miembro de la Mont Pelerin Society y gran polígrafo y defensor de la economía de mercado. Sus dos padres fallecieron – con treinta años de edad – cuando el era muy niño, como consecuencia de la gripe española, y en un corto intervalo de tiempo. Arthur Seldon quedo, por tanto, huérfano con dos años de edad y fue adoptado por otros padres. Con los años Seldon supo superar esta traumática experiencia, que le dejó no obstante y como secuela permanente una tartamudez que no le abandonaría en el resto de su vida, y pese a la cual llegó a convertirse en uno de los economistas más brillantes de Reino Unido, en gran medida inspirador de la revolución conservadora de Margaret Thatcher iniciada a partir de finales de los años setenta del siglo pasado. Vease, Arthur Seldon, Capitalismo, Unión Editorial, Madrid 1994, especialmente páginas 58 y 77.

[2] Véase, por ejemplo, Murray N. Rothbard, La Gran Depresión, Unión Editorial, Madrid 2013.

[3] Véase, por ejemplo, el caso de Carlo María Cipolla, comentando los efectos de la peste negra del siglo XIV en su libro El gobierno de la moneda: ensayos de historia monetaria, Editorial Crítica, Barcelona 1994, pp. 147-152, y mi crítica a Cipolla en Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, séptima edición, Unión Editorial, Madrid 2020, pp. 60-61 y especialmente la nota 56. La paranoia destruccionista alcanza, sin embargo, su cenit con Paul Krugman que llegó a afirmar en su artículo “Oh! What a lovely war” publicado en 2011 que “La Segunda Guerra Mundial es el gran experimento natural sobre los efectos que acarrea un gran incremento del gasto público, y como tal siempre ha servido como un importante ejemplo positivo (!) para todos aquellos que defendemos una actitud activista frente a una economía deprimida”. Citado por J.R. Rallo en su prólogo a La Gran Depresión, ob. cit., pp. XXVI-XXVII.

[4] “Todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en contribuir a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano”. G. Boccaccio, El Decamerón, Primera Jornada, final del segundo párrafo, y mis comentarios a lo indicado por John Hicks al respecto (Capital and Time: A Neo-Austrian Theory, Clarendon, Oxford 1973, pp. 12-13) incluidos en Jesús Huerta de Soto, Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, 7ª edición, Unión Editorial, Madrid 2020, pp. 61 y 276.

[5] Ibidem, pp. 275-276.

[6] Al margen, claro está, de los que ya existieran antes de la Pandemia y quedaron pendientes de liquidación o reconversión.

[7] En la llamada “Gripe española” este periodo fue de algo más de dos años. En la actual Pandemia de COVID-19, y a pesar de las vacunas, creemos que esta segunda fase tendrá una duración similar, si acaso de algunos meses menos.

[8] Véase, entre otros muchos estudios, el de Hans Rosling, Factfulness, Sceptre, Londres 2018.

[9] Jesús Huerta de Soto, “La Japonización de la Unión Europea”, Procesos de Mercado, Vol. XVI, nº 2, otoño 2019, pp. 317 a 342.