La pandemia como pretexto para la profundización en el descontrol fiscal y monetario de gobiernos y bancos centrales

La eficiencia dinámica como condición necesaria y suficiente para que la economía se recupere de una pandemia

Toda economía que se vea afectada por una pandemia requiere una serie de condiciones que permitan, en un primer momento, su adaptación a las nuevas circunstancias con el mínimo coste posible, y una vez superada la pandemia, el inicio de una recuperación sana y sostenible. Ya hemos visto en la primera parte de este trabajo los posibles impactos estructurales que puede generar una pandemia a corto, medio y, eventualmente, a largo plazo y el papel que el natural incremento de incertidumbre que genera la pandemia tiene en un primer momento sobre el aumento de la demanda de dinero y su poder adquisitivo: en un entorno de confinamientos (sectoriales o generalizados) en el que temporalmente se paralice la actividad productiva es especialmente importante que se produzca una concomitante disminución de la demanda, para liberar bienes y servicios de consumo que permitan atender el mínimo que necesiten seguir consumiendo todos aquellos que se vean forzados a suspender su actividad productiva y laboral. Es decir, el aumento de los saldos de tesorería y la reducción de los precios nominales facilitan la adaptación de los consumidores y agentes económicos a las difíciles circunstancias, a la vez que hacen posible una rápida respuesta de todos ellos, una vez que se vea el final del túnel y la confianza empiece a recuperarse. Pero, en todo caso, es preciso que la economía sea “dinámicamente eficiente”[34] para que sea capaz de descubrir las oportunidades que comiencen a surgir y haga posible su aprovechamiento y el comienzo del despegue de la recuperación. Las condiciones de la eficiencia dinámica vienen dadas por todo aquello que haga posible y facilite el libre ejercicio de la función empresarial, a la vez creativa y coordinadora, de todos los agentes económicos de manera que sean capaces de movilizar los recursos económicos disponibles hacia nuevos proyectos de inversión rentables y sostenibles y que se centren en la producción de los bienes y servicios que satisfagan las necesidades de los ciudadanos y que sean demandados autónomamente por estos a corto, medio y largo plazo. En un contexto de economías fuertemente intervenidas, como en el que nos encontramos, ello exige que se desenvuelva con toda agilidad el proceso de formación y fijación de los precios propios del sistema de libre empresa, para lo cual hay que liberalizar al máximo los mercados y, en especial, el mercado laboral y el del resto de los factores de producción, eliminando todas las regulaciones que rigidizan la economía. Adicionalmente es preciso que no se dilapiden por el sector público los recursos que necesitan las empresas y los agentes económicos, primero para hacer frente a los estragos de la pandemia y sobrevivir, y después para cuando las cosas mejoren echar mano de todos los ahorros y recursos ociosos disponibles para construir la recuperación. Es, por tanto, imprescindible proceder a una reducción generalizada de impuestos que deje el máximo de recursos en los bolsillos de los ciudadanos y, sobre todo, que libere al máximo de gravamen a los beneficios empresariales y a la acumulación de capital. Hay que recordar que los beneficios son la señal imprescindible que guía a los empresarios en su insustituible labor creativa y coordinadora a la hora de detectar, emprender y culminar proyectos de inversión rentables y sostenibles que generen empleo permanente. Y promover, y no castigar fiscalmente la acumulación del capital, es necesario si se quiere favorecer a las clases trabajadoras, y especialmente a las más vulnerables, pues el salario que cobran viene determinado, en última instancia, por su productividad que será tanto mayor cuanto más elevado sea el volumen per cápita de capital, en forma de bienes de equipo cada vez más cuantiosos y sofisticados puestos a su disposición por los empresarios. Y en cuanto al mercado laboral deberán de evitarse todo tipo de regulaciones que reduzcan su oferta, movilidad y plena disponibilidad para reincorporarse de forma rápida y ágil a los nuevos proyectos de inversión. Por tanto, son especialmente perjudiciales la fijación de salarios mínimos, la rigidización y sindicalización de las relaciones laborales en el seno de la empresa, la obstaculización y sobre todo la prohibición legal de efectuar despidos, y la creación de subsidios y ayudas (en forma de expedientes de regulación de empleo temporal, subsidios de desempleo, ingreso mínimo vital) que de forma combinada pueden desincentivar la búsqueda y el deseo de encontrar trabajo y colocarse, si es que se hace evidente que para muchos es más interesante vivir de los subsidios, sin trabajar oficialmente, dedicando su esfuerzo a la economía sumergida[35]. Todas estas medidas y reformas estructurales han de combinarse con la necesaria reforma del Estado de Bienestar dirigida a devolver la responsabilidad de las pensiones, sanidad, y educación a la sociedad civil, permitiendo que aquellos que lo deseen subcontraten en el sector privado sus prestaciones con la correspondiente deducción fiscal (ya hemos indicado en el apartado anterior como casi el 80 por ciento de los millones de funcionarios españoles optan cada año en libertad por la sanidad privada frente a la pública; por algo será…).

Es bastante clara, por tanto, la hoja de ruta de la política económica más adecuada para enfrentarse a una pandemia y, sobre todo, recuperarse de la misma. Sus principios esenciales son ampliamente conocidos unos, e incluso un “secreto a voces” otros, estos últimos especialmente por parte de todos aquellos que caen en la trampa de alimentar la demagogia populista creando expectativas falsas e irrealizables entre una población tan atemorizada y desorientada como la que comprensiblemente surge en épocas de pandemia[36].

 

 Agotamiento de la política monetaria ultralaxa durante los años previos a la Pandemia

Centrándonos ahora en la actual Pandemia de Covid-19, que venimos analizando como principal ilustración en este trabajo, cabe destacar una peculiaridad muy importante que viene a condicionar y sesgar más negativamente de lo que sería necesario el futuro de su evolución económica. En efecto, esta Pandemia surge y se extiende por todo el mundo a partir de 2020 en un contexto en el que, previamente, y desde hacía muchos meses antes e incluso años y so pretexto primero de ayudar a la incipiente recuperación tras la Gran Recesión de 2008, y después para hacer frente a las supuestas o reales incertidumbres que siempre van surgiendo (proteccionismo populista de Trump, Brexit, etc.), los bancos centrales de todo el mundo ya habían iniciado una política monetaria ultralaxa, de tipos de interés nulos e incluso negativos y de inyección monetaria, que por su grado de intensidad, extensión y coordinación internacional nunca se había visto antes en la historia económica de la humanidad.

En mi artículo sobre “La Japonización de la Unión Europea”[37] explico como las políticas monetarias ultralaxas emprendidas por los bancos centrales con anterioridad al surgimiento de la Pandemia han tenido un efecto autofrustante. Por un lado, y en primer lugar, han fracasado ostensiblemente a la hora de hacer subir los precios hasta un nivel próximo al dos por ciento. En efecto, la inyección monetaria masiva ha quedado en gran medida esterilizada, en un entorno de gran rigidez institucional e incertidumbre, por un concomitante y generalizado incremento en la demanda de dinero por parte de los agentes económicos al reducirse a cero el coste de oportunidad de mantener saldos de tesorería; además de no surgir claras oportunidades de inversión sostenible en un marco de constante regulación e intervencionismo económico que lastra las expectativas de beneficio e impide que se recupere totalmente la confianza perdida a partir de la Gran Recesión de 2008. Y, por ello, tampoco ha podido culminarse el necesario saneamiento de todos los errores de inversión cometidos en los años de burbuja y expansión crediticia previos a 2008. Por otro lado, y en segundo lugar, en el momento en que los bancos centrales emprendieron sus políticas de inyección monetaria masiva, “quantitative easing” y reducción a cero de los tipos de interés se eliminaron “ipso facto” todos los incentivos que podían tener los diferentes gobiernos (de España, Italia, Francia, etc.) para iniciar o culminar las reformas económicas, regulatorias e institucionales que tienen pendientes y que son imprescindibles para impulsar un entorno de confianza en el que los empresarios, libres de ataduras y obstáculos innecesarios, puedan dedicarse a desarrollar su creatividad y a invertir a largo plazo generando puestos de trabajo sostenibles. En efecto, ¿qué gobierno va asumir el elevado coste político de, por ejemplo, sanear sus cuentas y liberalizar el mercado de trabajo si, de facto, no importa el déficit en que incurra, este será financiado directa o indirectamente y a coste cero, es decir, completamente monetizado, por el Banco Central? Así, por ejemplo, el Banco Central Europeo ya es titular de casi la tercera parte de la deuda soberana emitida por los estados miembros de la Eurozona y desde el momento en que empezó su política de compras indiscriminadas de la misma, detuvo todo el proceso de reformas económicas e institucionales que necesitaban “como agua de mayo”. La conclusión de la teoría económica no puede ser más clara: en un entorno de gran rigidez institucional e intervencionismo económico, las políticas monetarias ultralaxas solo sirven para mantener indefinidamente la rigidez y atonía de las economías afectadas y para incrementar el endeudamiento de los respectivos sectores públicos hasta límites muy difícilmente sostenibles.

 

Reacción de los bancos centrales ante el surgimiento por sorpresa de la Pandemia

Y es sobre este escenario económico tan preocupante, y en el que los bancos centrales prácticamente ya habían agotado todo su arsenal de “armas no convencionales” de política monetaria ultralaxa, cuando surge por sorpresa la Pandemia de Covid-19 a partir de enero de 2020. La reacción de las autoridades monetarias ha consistido, simplemente, en más de lo mismo: redoblar la inyección monetaria, aún más si cabe, no solo incrementando sus programas de adquisición de activos financieros (cuyo precio para regocijo de los grandes inversores como fondos de inversión, hedge funds, etc., no ha dejado de crecer, incrementando de esta forma aún más los bancos centrales la fortuna de unos pocos, cuando la economía de la mayor parte de los ciudadanos se contrae y entra en recesión), sino que además, empieza de facto a distribuirse de manera creciente el nuevo dinero, a través de ayudas y subsidios directos que se financian vía déficit público monetizado, de forma que ya empieza a llegar directamente al bolsillo de las propias economías domésticas una parte importante del nuevo dinero creado. Pero ya sabemos, al menos desde Hume[38] en 1752, que la mera distribución paritaria de unidades monetarias entre la ciudadanía carece de efectos reales[39]. Por este motivo las autoridades monetarias en el fondo no quieren ni oír hablar del famoso “helicóptero de Friedman” como instrumento de su política monetaria, pues esta solo produce efectos aparentes de expansión cuando son solo unos pocos sectores, empresas y agentes económicos los que reciben en un primer momento el nuevo dinero, con todas las consecuencias colaterales de incremento de la desigualdad en la distribución de la renta a favor de unos pocos que ya hemos mencionado en relación con los efectos de las políticas de “quantitative easing” como factor determinante del enriquecimiento de los actores en los mercados financieros. Pero, en todo caso, lo que es incuestionable es que, tarde o temprano, el nuevo dinero, en la medida en que no sea esterilizado por unos bancos privados[40] y sectores empresariales desmotivados, terminará llegando al bolsillo de los consumidores y generando tensiones inflacionistas, conforme se manifieste el efecto Hume de perdida inexorable del poder adquisitivo de la unidad monetaria. Y este efecto se hará cada vez más evidente conforme se vaya superando la incertidumbre inicial de las economías domésticas y estas consideren que no es preciso mantener saldos de tesorería tan elevados, o simplemente se vean obligadas a gastar el dinero que reciben en forma de subsidios para subsistir mientras sus miembros están desempleados y no puedan producir. En todo caso todo apunta en la misma dirección: una creciente demanda monetaria sobre una producción contraída como consecuencia de la Pandemia lleva inexorablemente a una creciente presión al alza de los precios[41]. Y esto es, precisamente, lo que ya empieza a constatarse en el momento de escribir estas líneas (enero 2021). Por ejemplo, el precio de los productos agrícolas no deja de subir y ha alcanzado su máximo en tres años; y lo mismo está sucediendo con los fletes y con muchas otras materias primas (minerales, petróleo, gas natural, etc.) que están alcanzando precios muy elevados, incluso record…

 

El callejón sin salida en que se encuentran los bancos centrales

La conclusión no puede ser más clara. Los bancos centrales se han metido en un verdadero callejón sin salida. Si huyen hacia adelante e impulsan aún más su política de expansión monetaria y monetización de un déficit público que no deja de aumentar, corren el riesgo de generar una grave crisis de deuda pública e inflación. Pero si, ante el miedo de pasar del escenario de “japonización” previo a la Pandemia a un escenario próximo a la “venezuelización” con posterioridad a ella, detienen su política monetaria ultralaxa, entonces de inmediato se hará evidente la sobrevalorización de los mercados de deuda pública y se generará una importante crisis financiera y recesión económica, tan dolorosa como saludable a medio y largo plazo. Y es que, como demuestra el “Teorema de la imposibilidad del socialismo”, es imposible que los bancos centrales (verdaderos órganos de planificación central financiera) sean capaces de acertar en la política monetaria más conveniente para cada momento.

Ante lo obvio de la actual dificilísima tesitura es muy ilustrativo observar las recomendaciones y reacciones, que de manera cada vez más nerviosa e inquieta (yo incluso diría “histérica”), vierten los inversores, “expertos”, comentaristas, e incluso los responsables económicos y autoridades monetarias más renombrados.

Así, por ejemplo, continuamente se publican nuevos artículos y comentarios, especialmente en los periódicos “asalmonados”, liderados por el Financial Times, tendentes siempre a tranquilizar a los mercados y que invariablemente envían el mensaje de que los tipos de interés nulos (e incluso negativos) permanecerán así durante muchos años más, pues los bancos centrales no van a cejar en sus políticas monetarias ultralaxas, por lo que los inversores pueden estar tranquilos y seguir enriqueciéndose operando y comprando en los mercados de renta fija. Los bancos centrales, a su vez, poniéndose la venda antes de la herida, anuncian la revisión de sus objetivos de inflación, con el objetivo de “flexibilizarlos” (obviamente al alza), so pretexto de compensar así los años en que se han visto incapaces de alcanzarlos, y para justificar no tomar medidas de control monetario incluso aunque se dispare la inflación[42]. Otros asesores de las autoridades monetarias incluso proponen abandonar el objetivo de inflación para introducir directamente como objetivo el mantener una determinada curva de tipos especialmente reducida (es decir, de tipos nulos e incluso negativos durante muchos años de la curva de tipos, para lo cual se efectuarían todas las operaciones de “mercado abierto” que fueran precisas). Y todo ello jaleado por los corifeos de la denominada “Modern Monetary Theory” que, a pesar de su denominación, ni es moderna ni es teoría monetaria, sino tan solo un popurrí de viejas recetas Keynesianas y mercantilistas más propias de arbitristas de siglos pasados (pues mantienen que el déficit es irrelevante pues puede financiarse sin límite emitiendo deuda y monetizándola) que de verdaderos teóricos de nuestra disciplina, y que está haciendo estragos entre nuestros responsables económicos y monetarios[43]. Y así llegamos a la última de las “ocurrencias” que está alcanzando una creciente popularidad: la condonación de la deuda pública adquirida por los bancos centrales (y que, como hemos visto, ya se aproxima a un tercio de la total).

Ante todo, es obvio que aquellos que de manera creciente se han sumado al corifeo a favor de esta condonación se ponen en evidencia, pues si como afirman, los bancos centrales siempre van a recomprar la deuda que se emita para hacer frente a los vencimientos que vayan llegando a un tipo de interés cero, no se precisaría entonces condonación alguna por su parte. El mero hecho de que se pida precisamente ahora esta condonación pone de manifiesto su nerviosismo ante las crecientes señales de repunte inflacionario, y su concomitante temor a que los mercados de renta fija se hundan y vuelvan a subir los tipos de interés. En estas circunstancias para ellos sería clave que la presión sobre los gobiernos manirrotos se viera suavizada con una condonación que equivaldría a una quita próxima al tercio del total de deuda por ellos emitida y que solo perjudicaría a una institución tan abstracta y alejada para la generalidad del público como es el banco central. Pero las cosas no son tan fáciles como parecen. De llevarse a cabo una condonación como la que ahora se solicita se haría evidente lo siguiente. Primero, que los bancos centrales se han limitado a crear dinero y a inyectarlo en el sistema a través de los mercados financieros enriqueciendo desorbitadamente a unos pocos sin conseguir a la larga efectos reales apreciables (al margen de la artificial reducción de los tipos de interés y de la simultánea destrucción de la asignación eficiente de los recursos productivos[44]). El clamor popular en contra de esta política alcanzaría tal magnitud de llevarse a cabo esta condonación, que los bancos centrales, en segundo lugar, perderían no solo toda su credibilidad[45] sino también la posibilidad de repetir en el futuro sus políticas de compras de mercado abierto (“quantitative easing”), viéndose obligados por las circunstancias a limitarse a efectuar las inyecciones monetarias directamente a los ciudadanos (“helicóptero de Friedman”), las únicas “equitativas” desde el punto de vista de sus efectos sobre la distribución de la renta, pero que al carecer de efectos reales de expansión constatables a corto plazo, supondrían la muerte definitiva de la capacidad de los bancos centrales de influir en las economías del futuro de una forma apreciable con su política monetaria.

Y es en este contexto en el que la única recomendación sensata que se puede dar a los inversores es que vendan todas sus posiciones en renta fija cuanto antes, pues no se sabe por cuánto tiempo más los bancos centrales seguirán manteniendo de forma artificial un precio de la misma tan desorbitado como jamás se ha visto en la historia de la humanidad. Y de hecho existen indicios más que suficientes de que los inversores más alertas, tipo Hedge Funds y otros, utilizando derivados y otras técnicas sofisticadas ya están apostando por el derrumbe de los mercados de renta fija, a la vez que oficialmente no dejan de filtrar en los medios mensajes y recomendaciones tranquilizadoras, utilizando a los comentaristas más prestigiosos[46], como no podía ser de otro modo, pues desean “salirse” de los mercados de deuda sin que se note y al precio más alto posible.

 

La “traca final” de gasto público

Y así llegamos a la última receta que se propone con carácter fundamental para salir de la crisis generada por la Pandemia y recuperar la normalidad: nada de sanear las cuentas públicas, ni de adelgazar el gasto público improductivo de las mismas; nada de reducir la presión fiscal ni aligerar la carga burocrática y regulatoria a los empresarios para que estos recobren la confianza y se lancen a invertir. Nada de eso, sino todo lo contrario: recurrir al máximo a la política fiscal incrementando el gasto público todavía más y de manera desorbitada, eso si, se dice, dando prioridad a las inversiones medioambientales, en digitalización e infraestructuras. Pero este nuevo coletazo de la política fiscal es procíclico y perturbadoramente contraproducente. Así, por ejemplo, cuando lleguen a partir del próximo verano de 2021 el “maná” de los 140.000 millones de euros concedidos por la Unión Europea a España a fondo perdido (de un programa total de 750.000 millones organizado por las autoridades de la Unión y ampliable hasta 1,85 billones en forma de préstamos), es más que probable que tanto la economía de España, como las del resto de la Unión Europea, ya se estén recuperando de forma autónoma, por lo que esos fondos absorberán y desviarán recursos escasos que son imprescindibles para que el sector privado pueda iniciar y culminar los necesarios proyectos de inversión que, por su verdadera rentabilidad puedan generar por si solos, y sin ayudas públicas, un elevado volumen de empleo sostenible a corto, medio y largo plazo, y que contrasta con el empleo siempre precario y dependiente de decisiones políticas que genera el gasto público consuntivo aunque sea en proyectos faraónicos de “transición” ecológica y digital. Y ello sin que sea preciso mencionar la consustancial ineficiencia del sector público a la hora de canalizar los recursos que se reciban y la inevitable politización en el reparto de los mismos, siempre muy vulnerable a la búsqueda y mantenimiento del correspondiente clientelismo político. Todos recordamos, por ejemplo, el mayúsculo fracaso del denominado “Plan E” de inyección de gasto público promovido por la administración del gobierno socialista de Zapatero para hacer frente a la Gran Recesión de 2008. O el lamentable fracaso de la política fiscal de gran incremento de gasto público en Japón, que no ha tenido más efectos apreciables que el de convertir a ese país en el más endeudado del mundo. En fin, la historia se repite una y otra vez.

 

Conclusión

No existen atajos milagrosos para salir de una crisis tan grave como la generada por la actual Pandemia. Aunque los gobiernos y autoridades monetarias se esfuercen por presentarse ante la ciudadanía como sus imprescindibles “salvadores”, gracias a su esfuerzo y actividad frenética haciendo cosas aparentemente beneficiosas. Aunque unos y otros sistemáticamente oculten su intrínseca incapacidad, tal y como ha puesto de manifiesto la Escuela Austriaca, para acertar y hacerse con la información que necesitan para dar un contenido coordinador a sus mandatos. Aunque sus acciones sean sistemáticamente irresponsables y contraproducentes por dilapidar los recursos escasos de la sociedad e imposibilitar la correcta asignación de recursos y el cálculo económico racional en los procesos de inversión. A pesar de todo ello, es decir, a pesar de los gobiernos y bancos centrales, de aquí a pocos años la Pandemia de Covid-19 será simplemente un triste recuerdo histórico que pronto será olvidado por las generaciones futuras, de la misma manera que nadie recordaba ya los muchos mayores estragos sanitarios y económicos producidos por la “Gripe española” hace un siglo. Ahora, como entonces, saldremos adelante como resultado de nuestro esfuerzo individual y colectivo, tratando de sacar adelante con creatividad nuestros proyectos vitales en los resquicios de libertad de empresa y mercado no intervenido que, a pesar de todo, sigan abiertos.

 

_______________

[34] Jesús Huerta de Soto, “La teoría de la eficiencia dinámica”, Procesos de Mercado, vol. 1, nº 1, primavera 2004, pp. 11-71.

[35] Véase, además, lo indicado en Jesús Huerta de Soto, Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, ob. cit., pp.356-357.

[36] Véase, por ejemplo, a P. Bagus, J.A. Peña Ramos y A. Sánchez Bayón, “Covid-19 and the Political Economy  of Mass Hysteria”, Int. J. Environ. Res. Public Health, 2021, 18 (4) 1376.

[37] Jesús Huerta de Soto, “La Japonización de la Unión Europea”, Procesos de Mercado, Vol. XVI, nº 2, otoño 2019, pp. 317 a 342, ob. cit. Por otro lado, es plenamente aplicable el “Teorema de la imposibilidad del socialismo” a los bancos centrales, tal y como se demuestra en Jesús Huerta de Soto, Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, ob. cit., pp. 503-525.

[38] David Hume, “Of Money” en Essays, Moral, Political and Literary, E. F. Miller (ed), Liberty Classics, Indianápolis, 1985, pp. 281 y ss. Hume se refiere expresamente a que si, por un milagro, cada hombre de Gran Bretaña se encuentra con cinco libras más en su bolsillo durante la noche, ello no tendría ningún efecto real salvo el de disminuir el poder adquisitivo del dinero (es decir, incrementar los precios nominales), pues la capacidad productiva del Reino Unido permanecería idéntica (p. 299). Con su famoso “helicóptero” Friedman se limitó a copiar y actualizar este ejemplo de Hume (sin citarlo).

[39] Por ejemplo, el propio Mervyn King, ex Gobernador del Banco de Inglaterra, no ha tenido más remedio que terminar reconociendo lo siguiente: “la narrativa en vigor dice que la combinación de estímulos fiscales y monetarios ha sido un éxito contra la pandemia, pero yo no termino de ver ahora el beneficio del activismo de los bancos centrales. Llevo días discutiendo con mi mujer si es el momento de ir a cenar en nuestro restaurante favorito: el tenor de esa discusión no va a cambiar porque nos sigan bajando los tipos de interés”. El País, Madrid, domingo 17 de enero de 2021, p. 38.

[40] La relación de las autoridades monetarias con los bancos privados es “esquizofrénica”: por un lado, los inundan de liquidez para que presten, a la vez que los amenazan continuamente con exigirles más capital y vigilar muy de cerca a quien prestan.

[41] Véase, entre otros, a Michael D. Bordo y Mickey D. Levy, “The Short March Back to Inflation”, The Wall Street Journal, 4 de febrero de 2021, p. A17.

[42] La adopción de esta política tensionaría de tal manera la gobernanza del euro que muy posiblemente le pondría en trance de desaparecer.

[43] Véase, por ejemplo, Patrick Newman, “Modern Monetary Theory: An Austrian Interpretation of Recrudescent Keynesianism”, Atlantic Economic Journal, nº 48, 2020, pp. 23-31, así como los artículos críticos de Mark Skousen y Gordon L. Brady, publicados en el mismo número de esa revista. Entre los más abducidos por la “Modern Monetary Theory” se encuentra el propio Mario Draghi: véase, por ejemplo, “Las claves del plan Draghi” para salvar Italia, ABC, 4 de febrero de 2021, p. 30.

[44] Es una verdadera tragedia que expertos, políticos y ciudadanos hayan olvidado que el más importante de entre todos los precios y, por tanto, el que es más trascendental que sea fijado por el mercado libre, el tipo de interés, o precio de los bienes presentes en función de los bienes futuros, no puede ser manipulado impunemente por gobiernos y bancos centrales sin que se bloque el cálculo económico y la correcta asignación intertemporal de los recursos productivos.

[45] Entre otras cosas, sin activos que vender, por haberlos condonado, no podrían drenar reservas del sistema si es que, en el futuro, ello hace falta ante un repunte de la inflación. Solamente, en el contexto de una transición irrevocable a un sistema bancario con coeficiente de caja del 100 por cien como la que planteo en el capítulo IX de mi libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos (ob.cit., pp. 615 y ss), tendría sentido condonar la deuda pública en poder del banco central para evitar que éste pasara a ser titular de una parte significativa de la economía real cuando, como propongo, se canjeara la deuda por los activos bancarios que hoy contrabalancean los depósitos a la vista.

[46] Véase, por ejemplo, la letanía de comentarios y recomendaciones de política monetaria y fiscal del prestigioso Martin Wolf en el Financial Times, o del propio Paul Krugman en el suplemento económico de El Pais, en los que prácticamente no hay semana en la que no dejen de recomendar más inyección monetaria y más gasto público.