Los cuatro posibles escenarios que pueden darse tras una crisis financiera

Los cuatro escenarios que teóricamente pueden producirse cuando ha estallado una burbuja y surgen la inevitable crisis y recesión posteriores son los siguientes: en un primer lugar, puede ser que las autoridades monetarias y económicas se empeñen en seguir inyectando dinero en una huida ilimitada hacia adelante tendente a impedir el advenimiento de la recesión. Esto eventualmente daría lugar a una hiperinflación, como la que históricamente hemos conocido en determinados momentos: por ejemplo, la hiperinflación alemana posterior a la Primera Guerra Mundial, que prácticamente acabó con la destrucción de su sistema monetario e impulsó la llegada de Hitler al poder. Este primer escenario, es un escenario posible, e históricamente ha sucedido en diversas ocasiones, aunque no es el escenario acaecido ni en el último ciclo, ni en el caso japonés.

El segundo escenario, es el escenario justamente opuesto. Es un escenario en el que se produce un derrumbamiento total y absoluto del sistema bancario y financiero. Al desaparecer el sistema monetario, es preciso empezar evolutivamente desde cero a elegir el nuevo dinero que sustituya al dinero fiduciario previamente destruido y desaparecido. Este es otro escenario posible y catastrófico que tampoco ha sucedido históricamente en el último ciclo (ni en los anteriores pues los bancos centrales fueron precisamente creados para apoyar lo que sea necesario a los bancos privados antes de que suspendan pagos en cadena).

El tercer escenario es el escenario normalmente más común. Es aquel en el que, a atrancas y barrancas y a pesar de las manipulaciones monetarias más o menos tímidas o puntuales, retóricas o fácticas, la economía real termina restructurándose y reajustándose a la nueva situación. Es decir, se despiden masivamente factores productivos de las líneas de inversión insostenibles y, en un entorno de relativa libertad empresa, los empresarios terminan recuperando de nuevo la confianza y empiezan a detectar nuevas líneas de negocio y proyectos de inversión sostenibles, iniciándose así, poco a poco, la recuperación. Es cierto que los seres humanos no aprenden y una vez que surge la recuperación sostenida los incentivos políticos e institucionales llevan a que tarde o temprano de nuevo se reinicie la expansión artificial de crédito que pondrá las semillas del ciclo ulterior, y así sucesivamente.
Este tercer escenario es el que con carácter más general ha acaecido en el mundo occidental, después de las diferentes crisis financieras y recesiones que lo han asolado. Y es el escenario que, por ejemplo, se ha hecho realidad en Estados Unidos tras el último ciclo de la economía norteamericana. Hay que tener en cuenta que la economía norteamericana fue el origen de la burbuja y tras la crisis la Reserva Federal inyectó una cantidad inmensa de dinero (y de hecho el cuantitative easing junto con Japón fue protagonizado y dirigido por ellos). Sin embargo, la de Estados Unidos es una de las economías más flexibles del mundo. En efecto, si algo la caracteriza en términos relativos es su gran flexibilidad, su plena capacidad para despedir con rapidez factores de producción y reasignarlos nuevamente hacia otras inversiones sostenibles descubiertas por una empresarialidad muy libre, inquieta y creativa. De manera que a pesar de todas las agresiones sufridas de tipo monetario y el creciente intervencionismo de la economía norteamericana, finalmente esta una y otra vez se termina reestructurando y reiniciando una senda de recuperación sostenible. Es cierto que a veces la recuperación despega con mucho plomo en las alas, y de hecho la plena reestructuración de la economía norteamericana ni siquiera aún hoy se ha culminado, a la par que la normalización de la política monetaria no ha terminado de culminarse: como ya sabemos, a los bancos centrales les cuesta un mundo subir los tipos de interés y, sin embargo, siempre están buscando el menor pretexto para bajarlos. En este contexto se subieron los tipos de interés a largo plazo hasta el tres por ciento (nivel insuficiente, pues los intereses han de estar entorno al cuatro o al cinco por ciento cuando la inflación esperada es del dos por ciento). Y más recientemente, ante las presiones políticas y so pretexto del incremento de las incertidumbres no solo se ha paralizado la normalización monetaria sino que se ha dado marcha atrás reduciéndose en un cuarto de punto los tipos de interés… Pero en todo caso la economía norteamericana, por ser una economía muy ágil sería un caso típico de recuperación que tarde o temprano termina haciéndose realidad.

Pero existe, finalmente, un cuarto escenario, y que es el que surge cuando el entorno económico, y en agudo contraste con el de Estados Unidos, es un entorno económico muy rígido y plagado de impuestos, intervencionismo y regulaciones. En este contexto de gran rigidez, y cuando las autoridades monetarias se empeñan en inyectar una gran cantidad de dinero es cuando inexorablemente se desencadena este síndrome que yo he calificado de enfermedad económica nipona o de japonización de la economía. Y es que este cóctel de gran rigidez institucional, elevados impuestos, mercados laborales muy regulados, junto con una creciente intervención estatal de la economía a todos los niveles, y una gran manipulación e inyección monetaria descontrolada, es precisamente lo que caracteriza a la economía de Japón y amenaza con extenderse a otras áreas económicas del mundo empezando por la Unión Europea.

En efecto, las autoridades japonesas reaccionaron al estallido de su burbuja con una política monetaria ultra laxa, en la que además se decidió proceder a un “roll over” continuo de créditos; es decir, a las empresas que no podían devolver sus créditos se les facilitaron nuevos préstamos para devolver los antiguos, y así sucesivamente, y todo ello respaldado e impulsado por el Banco Central de Japón. Y es que en Japón culturalmente no es aceptable que una empresa quiebre; culturalmente no se considera aceptable que los trabajadores puedan ser despedidos. Cada empresa es como la madre de una gran familia que debe de mantener a todos sus miembros colocados y seguros. Pero aunque oficialmente las cifras de desempleo sean muy bajas y aparentemente todo el mundo permanezca ocupado, debemos recordar las fotografías de esos grandes departamentos en múltiples empresas japonesas, con sus empleados durmiendo o sin hacer nada; oficialmente están ocupados, aunque obviamente el desempleo encubierto es tremendo, y la caída en términos de productividad y la pérdida continua de competitividad relativa es muy grande (especialmente frente a China, Corea y las otras economías emergentes del entorno asiático). Además se redujeron casi a cero los tipos de interés, y a todo ello el gobierno añadió una agresiva política fiscal que disparó el gasto público.

Pues bien, todo este “mix” de medidas de política económica es lo que genera este cuarto escenario que hemos denominado “de japonización”, y al que dedicamos nuestra intervención de hoy. Y es que, en un entorno de gran rigidez institucional y económica, como es el caso de Japón, la manipulación monetaria masiva y el incremento descontrolado del gasto público lo que hacen es bloquear cualquier incentivo que pueda existir para que se reestructure de forma espontánea la economía, impidiendo que se trasladen los factores de producción, desde donde se encontraban erróneamente invertidos hacia otras líneas alternativas y sostenibles de inversión, que solo en un entorno de libertad, flexibilidad económica y confianza serían descubiertas por los empresarios. Fue así como Japón entró en un periodo de recesión y atonía económica indefinida que viene durando ya varias décadas y del que todavía no ha logrado salir.