Algunos mitos económicos insostenibles

Me gustaría terminar refiriéndome críticamente a algunos mitos económicos importantes que una y otra vez escuchamos y leemos machaconamente en la prensa y en la televisión.

Un primer mito es el de que la subida del salario mínimo en España (de 600 a 900 €, y eventualmente 1.000 o 1.200 €) no está teniendo un efecto negativo sobre el empleo. Toda la teoría económica demuestra que la subida del salario mínimo sí tiene el efecto de incrementar el desempleo, la economía sumergida y la mala asignación del factor trabajo. La única posibilidad teórica de que esta subida no tenga estos efectos negativos es que el nuevo salario fijado por el gobierno quede por debajo del que libremente ya existía en el mercado; pero entonces, ¿para qué fijarlo? Pero esto no es así, y además basta con que en la constelación de diferentes tipos de trabajo y salarios haya alguno cuyo valor descontado de su productividad marginal sea inferior al mínimo legal, para que el trabajador afectado deje de ser contratado o sea despedido como consecuencia del cambio. Y es que no hay ninguna duda de que se va a generar, y ya se está generando, desempleo y mala asignación de los recursos (aunque en economía los cambios sean siempre paulatinos y en el margen). Y el propio Banco de España ha publicado un estudio en el que se prevé que se van a destruir al menos 150 mil empleos y además en el ámbito de las personas más vulnerables (jóvenes en su primer empleo, mujeres, inmigrantes, etc.). Es obvio que, por ejemplo, un inmigrante que con grandes dificultades haya conseguido los papeles, muy difícilmente va a ser contratado, si resulta que al empresario le va a costar, con seguridad social, más de dieciseis mil euros al año (novecientos al mes, en catorce pagas, más el 30 por ciento de seguridad social). ¡No lo va a contratar nadie! (y desde luego son muy pocas las familias que van a poder pagar esos 16.000 euros al año a los cuidadores de sus mayores, o a su servicio doméstico, sector en el que hasta ahora trabajaban centenares de miles de personas). Por tanto, lo más probable es que nuestro inmigrante se vea condenado a vagabundear de un sitio a otro en la economía sumergida. La hipocresía gubernamental que hay aquí es tremenda: recibimos a todo el mundo (refugees welcome!), pero eso sí, aquí nadie va a poder conseguir trabajo en el mercado oficial, porque ahora el salario mínimo son 900€, y además el gobierno planea subirlo a mil e incluso a mil doscientos (y ¿por qué no a dos mil o más, si ello no afecta al empleo?).
Un segundo mito al que me he referido a menudo es el de que gracias a los bancos centrales se salvaron nuestras economías en la Gran Recesión. Este es el mito del bombero pirómano: y es que fueron precisamente los propios bancos centrales los que orquestaron la expansión crediticia, los que generaron la burbuja que después ineludiblemente dio lugar a la crisis y a la recesión. Y ahora aparecen como salvadores de la patria, porque han evitado que se hundan los bancos. Eso si: se salva a Bankia, pero se deja que Popular se hunda, porque es más pequeño; y otras veces se equivocan y dejan caer a Lehman y casi todo se desmorona. Como se ve, una intervención ad hoc e irresponsable que genera gran incertidumbre y una inestabilidad financiera continua.

Un tercer mito es el de que el cuantitative easing fue necesario para evitar una crisis deflacionaria. No es cierto. Por ejemplo, el cuantitative easing europeo no era necesario. Cuando se inició en enero de 2015, la M3 europea ya crecía de manera autónoma al 4%, es decir, a un ritmo muy próximo a la referencia-objetivo del cuatro y medio por ciento. No hacía falta para nada y además, como hemos argumentado, ha tenido un efecto muy perjudicial auto frustrante y de bloqueo absoluto de las reformas que necesitaba la eurozona. E incluso la antigua retórica de Mario Draghi relativa a que la política monetaria no sustituye a las necesarias reformas estructurales que tienen que hacer los diferentes países para cumplir con sus compromisos de Maastricht, a partir del cuantitative esasing prácticamente se olvida por completo y es sustituida por una petición a la desesperada de más gasto fiscal. Ya es tan obvio que nadie está haciendo reformas estructurales porque el Banco Central Europeo está financiando gratis a los gobiernos, que sería hipócrita seguir mencionándolas. Y es que es evidente que el BCE ha traicionado sus principios fundacionales: en última instancia está financiando el déficit público de todos los países (tengan en cuenta que ya es propietario del 30% de su deuda pública viva, incluyendo la española). Y además pretende impulsar el crecimiento económico (como la FED) cuando su mandato es exclusivamente de estabilidad monetaria. Como consecuencia de ello el BCE es rehén y se encuentra atrapado por sus propios errores, por su política monetaria ultra laxa. Porque en el mismo momento que anuncie que la retira surge una recesión que nadie está dispuesto a asumir. Y si sigue inyectando japoniza completamente la eurozona y la condena a una atomía indefinida en un entorno de continuas desavenencias en el seno de un consejo de gobierno ya completamente politizado como es el del Banco Central Europeo.

El cuarto mito (o más bien dogma de fe) es que hay que conseguir una inflación inferior al dos por ciento pero próxima al dos por ciento. Pero, ¿por qué? ¿de dónde ha salido esa cifra mágica? Pues de los modelos matemáticos. Se encerraron todos los “expertos” en un seminario, los gobernadores del BCE, de Japón, de la Reserva Federal, de Inglaterra, etc. Y ¡bingo! Salió el dos por ciento pero ¿por qué el dos por ciento? Es un objetivo totalmente arbitrario, estrambótico y muy difícil de alcanzar en un entorno de crecimiento de la productividad tan grande como en el que se ha experimentado en este comienzo de siglo, como resultado de la revolución tecnológica y de la introducción de múltiples innovaciones. En este contexto, el dos por ciento es un objetivo irreal, que exige para su consecución una política monetaria super laxa que genera todo este tipo de efectos que hemos comentado y que desestabilizan la economía, el mundo de las finanzas e induce, como hemos visto, en economías rígidas como la nuestra, el proceso de japonización. Hace un par de años fui invitado a una reunión en el Instituto de Economía de Kiel, a la que también asistió, entre otros expertos, un antiguo jefe de economía del Banco Central Europeo y en ella llegamos a la conclusión de que, en las actuales circunstancias, el objetivo no tenía que ser el dos, sino el cero por ciento de inflación, con una referencia de crecimiento de la M3 de entre el dos y el dos y medio por ciento. Si este hubiera sido el objetivo, nos hubiéramos ahorrado la política monetaria ultra laxa y el proceso de japonización. Y paradoja de paradojas, muy recientemente se ha hablado de flexibilizar el objetivo, pero no para suspender la política ultra laxa (innecesaria si el objetivo de inflación se reduce al 0 o al 1%), sino para justificar inflaciones más altas a lo largo del ciclo (que “compensen” los desfases previos a la baja). ¡Menuda lógica!

El quinto mito que habrán escuchado es el siguiente: que la tasa de interés natural está cayendo. ¡Pero qué hipocresía! ¡Reducen artificialmente a cero (o incluso hacen negativo) el tipo de interés y luego argumentan que es que su tasa o tipo natural está cayendo! Nadie puede observar el tipo de interés natural, lo único que se puede constatar es el tipo de interés bruto del mercado crediticio que, en ausencia de intervenciones coactivas, incorpora el tipo o tasa de interés natural más las primas por la inflación o deflación esperada, y las primas de riesgo (y eventualmente y a muy corto plazo una prima negativa de liquidez). Pero lo que es obvio es que nadie puede observar cuál es esa tasa o tipo de interés natural. Algunos dicen: bueno, un proxy podría ser el interés de los bonos “sin riesgo”. Pero ¡oiga, si son precisamente los bonos soberanos sin riesgo los que usted está comprando compulsivamente y generando una burbuja en sus mercados como no se había visto nunca! Que cinismo e hipocresía.
El sexto y último mito al que vamos a referirnos es el mantra de que los tipos de interés están muy bajos porque la gente ahorra mucho y porque se está produciendo un envejecimiento de la población. La japonización, se dice, se debe a que Japón está cada vez más envejecido y ahorra mucho. Este argumento es erróneo y está confundiendo el ahorro con la inflación (inflación en su sentido tradicional austriaco de crecimiento monetario). Ya lo decía Benjamin Anderson, según este argumento ¡cuanto más grande la inyección monetaria, más grande será el ahorro!. Claro, se inyecta y todo el mundo se lo guarda en el bolsillo, como hemos visto, y entonces se argumenta que se está ahorrando mucho. Pero no, lo que se produce es un incremento de la demanda de saldos de tesorería (stock), que no hay que confundir con un incremento del ahorro (flujo). Y respecto al envejecimiento de la población también el argumento es deleznable: cuando la gente se jubila, lo que hace es consumir lo que había ahorrado antes. Dense cuenta que en Japón lo que hay es un aumento tremendo de la demanda monetaria, que en gran medida se coloca en deuda pública que se considera como si fuera efectivo. ¡Menuda bomba de relojería para Japón como los mercados de renta fija se desplomen!

Recuerden lo que hemos dicho sobre estos mitos, que se repiten machaconamente para que puedan rebatirlos cuando los escuchen desarrollados incluso por mentes supuestamente prestigiosas en el ámbito de nuestra disciplina.