Vamos ahora a analizar cuál está siendo la influencia de este mal japonés sobre otras áreas económicas, sobre todo con posterioridad a la última crisis financiera y Gran Recesión de 2008.
Sobre Estados Unidos no me voy a extender mucho. Ya he comentado que la diferencia fundamental entre la economía japonesa y la norteamericana es que ésta es mucho ágil y flexible. Por eso, y a pesar de todos los errores y agresiones monetarias, la economía norteamericana se ha reasignado con relativa rapidez. Es decir, a pesar del cuantitative easing han salido de la recesión porque han reestructurado muy significativamente gran parte de los errores cometidos. Aunque no del todo: todavía hay empresas y sectores muy importantes de la economía norteamericana que son muy dependientes del dinero barato. Pero en todo caso se han atrevido a subir los tipos de interés, aunque con marcha atrás y muchas dudas, por lo que podrían estar en la fase típica de una nueva expansión crediticia que anunciaría el reinicio de un nuevo ciclo de aquí a pocos años. La nota discordante la da la política proteccionista de Trump, pues de consolidarse los nuevos aranceles, se forzaría artificialmente una asignación errónea de los factores productivos hacia una estructura económica y empresarial más cerrada y, por tanto, menos abierta al comercio exterior y menos productiva. Precisamente esta incertidumbre añadida ha sido utilizada por la Reserva Federal como pretexto para suspender temporalmente e incluso revertir su política de normalización monetaria. Y es que los Bancos Centrales siempre se aprovechan del menor pretexto para justificar bajadas de los tipos de interés pero les cuesta, Dios y ayuda, empezar a subirlos. No obstante, dejemos a Estados Unidos, aunque sea la economía más importante del mundo, con sus peculiares problemas, y pasemos al área económica más próxima a nosotros y que ahora más nos importa.
Y es que el caso de la Unión Europea es muchísimo más interesante. Para empezar la política del banco Central Europeo podría caracterizarse por haber tenido dos etapas muy diferenciadas. Hubo una etapa previa, en la que el Banco Central Europeo intervino, más o menos como los Estados Unidos, pero sin dar todavía el paso hacia el cuantitative easing agresivo. Durante esta primera etapa que duró hasta el año 2015 el euro actuó disciplinando a los gobiernos europeos más manirrotos, sobre todo periféricos. Como había unos compromisos de déficit público que cumplir, se generó una crisis de deuda soberana (que no del euro) en determinados países, incluyendo España, que el Banco Central Europeo utilizó como presión para forzar que se llevaran a cabo en determinados países, como España, las necesarias reformas. Incluso, se intervinieron economías, como las de Irlanda, Grecia y Portugal. Donde se llevan a cabo las reformas las economías se reestructuran y terminan saliendo de la crisis. Este es el caso de nuestro propio país, España, en el que el Gobierno, a trancas y barrancas, de una manera muy tibia y cometiendo el grave error de poner el acento más en el incremento de los impuestos que en la reducción del gasto público, dio unos pasos en la buena dirección acometiendo ciertas reformas estructurales que necesitaba nuestra economía.
El problema mas grave surge en la segunda etapa que es cuando el BCE inicia sin ninguna necesidad (pues el crecimiento de la M3 ya se acercaba al 4% a comienzos de 2015) su política monetaria ultra laxa de reducción a cero (e incluso por debajo de cero) de los tipos de interés y sobre todo cuando inicia su propio cuantitative easing muy agresivo: de hecho se llega a comprar deuda soberana y corporativa al ritmo de 80 mil millones de euros al mes, lo que supone casi un millón de millones de euros de nueva creación monetaria (o incremento del balance del Banco Central Europeo) al año, lo que viene a ser el 10% del PIB de la eurozona, casi durante cada uno de los cuatro largos años, 2015, 2016, 2017 y hasta el 2018 en que se interrumpió momentáneamente este programa, para ser reiniciado, en medio de una fuerte polémica y con la oposición expresa de Alemania, Francia, Holanda y otros países en noviembre de 2019 (al ritmo de 20.000 millones al mes).
Esta segunda etapa del BCE ha sido fatal. En efecto, en el mismo momento en que se inició esta política monetaria ultra laxa, como se ilustra con el caso de España, se interrumpieron de golpe todas las políticas de reforma estructural, reducción del gasto y de liberalización que necesitaba la muy rígida economía europea. Es claro que, en comparación con Japón, Europa está constituida por un conjunto heterogéneo de economías. Mientras que Japón constituye una economía y sociedad muy uniforme, en Europa la variedad económica es mucho mayor: hay economías que ya estaban relativamente saneadas, por otras razones históricas y políticas, como es el caso de la economía alemana. Hay otras economías muy rígidas, y en cierto sentido más japonizadas, a pesar de su riqueza, y que son los verdaderos “enfermos de Europa”: Francia y, sobre todo Italia. Estas economías tienen una lista muy importante de reformas estructurales pendientes y no han llevado a cabo prácticamente ninguna, especialmente desde que el BCE empezó a comprar su deuda pública. Y, finalmente, hay otro grupo de países que habían iniciado las reformas estructurales en la buena dirección; unos prácticamente ya las han culminado, como Irlanda o Portugal, o incluso Grecia; pero otros se han quedado a medias, como es el caso de España. Los que las han logrado culminar son muy afortunados. Pero en España, se interrumpieron todas las ulteriores reformas planeadas que estaban pendientes, y esto en cuanto nos descuidemos va a tener un coste social y económico muy elevado, especialmente si se consolida el populismo basado en el incremento de los impuestos, subsidios y gasto público anunciado por el gobierno socialista.
La economía alemana es en muchos sentidos una economía paradigmática. Para empezar es una potencia exportadora. Pero ¿cómo ha llegado a exportar tanto? Exporta tanto, porque produce productos de gran calidad. Y ¿por qué produce productos de enorme calidad?, porque la cultura empresarial alemana tradicionalmente se ha desenvuelto en un entorno comercial muy difícil, es decir, con una moneda, el marco alemán, que nunca dejaba de apreciarse y hacer cada vez más difícil exportar. Y en ese contexto la única forma que tienes para exportar es haciendo que tus productos sean los mejores del mundo. Es decir, en esas circunstancias para los alemanes no había otra salida que descubrir, innovar, producir e introducir los mejores productos del mundo, fueran vehículos, instrumentos de precisión, maquinaria, etc, etc. Y así Alemania, contra toda la falsa lógica de las depreciaciones monetarias competitivas patrocinadas por keynesianos y monetaristas, se convierte en una de las potencias exportadoras más importantes del mundo. Justo lo contrario, lo opuesto, del análisis proteccionista de keynesianos y monetaristas. ¡Es la moneda fuerte, – y no la débil – la que a la larga impulsa el éxito empresarial y el triunfo a la hora de exportar! Pero la mayoría de los analistas se encuentran conceptualmente mutilados con sus modelos matemáticos, en los que las depreciaciones competitivas aparecen como la receta ideal, porque inducen de inmediato y a corto plazo una aparente prosperidad derivada del crecimiento efímero de las exportaciones que hace posible toda depreciación. Pero esta prosperidad es “pan para hoy y hambre para mañana”, esencialmente engañosa y efímera y tiene el coste ineludible de rebajar el ímpetu de creatividad e innovación empresarial para hacer las cosas cada vez mejor. ¿Para qué esforzarnos si con una divisa débil nuestros productos se venden “solos”? Recuerden mi best test for a good economist: ninguna manipulación monetaria o fiscal va a producir una prosperidad económica sostenible, sino todo lo contrario. Pero la mayoría de mis colegas suspenderían mi examen; muestra de ello es que no dejan de alabar el cuantitative easing siempre que se lanza en Europa. Esta política, indudablemente, depreció el euro y al depreciarse el euro, Alemania ha podido exportar, a corto plazo, mucho más fácilmente, por lo que ha descuidado en términos relativos su tradicional ventaja competitiva basada en la mejora continua de la calidad. El euro depreciado ha tenido un efecto droga, de generar grasa en vez de músculo, sobre la economía alemana, permitiendo que esta se duerma hasta cierto punto en sus pasados laureles. Y por eso hoy Alemania al menos se ve obligada a recuperar el músculo perdido, si es que no entra en recesión.
Las cosas en Francia e Italia son punto y aparte: economías rigidísimas en las que es prácticamente imposible culminar una sola reforma. Para que vamos a hablar de Macron, con toda su serie de reformas prometidas, prácticamente ninguna de las cuales ha podido culminar. ¿Hacer reformas en Francia?, ¡ninguna! Prácticamente imposible, y así tenemos a Francia, que es un país muy rico, pero que se aproxima a marchas forzadas a la japonización y a la enfermedad de la atonía indefinida.
El caso de Italia es incluso peor que el de Francia, pero en plan más “folclórico”. Y, sobre el resto de los países periféricos, ya los hemos comentado y, en especial, el caso de nuestro propio país, España. Todos los indicadores anuncian ya una ralentización de ese crecimiento económico que España ha disfrutado fruto de esas tímidas reformas en la buena dirección hechas en el pasado y de una serie de “vientos de cola” que tienden a apagarse y que desde luego no apuntan a nada bueno, especialmente si, como anuncia el gobierno socialista, se suben los impuestos, aumenta el gasto público y se endurece la reglamentación (subidas del salario mínimo, regulación del mercado de alquileres, obligación de fichar para todos los trabajadores, etc, etc.).